Wonderland: “En este lugar estamos todos locos”

En Wonderland se enseña el idioma inglés pero con una apuesta a los juegos, la creatividad y el trabajo en equipo. Clementina Alba y Ana Serradell generan un espacio distinto en el barrio Lowo Che de Toay y tienen 230 chicos y chicas en una minipyme en la que trabajan 14 personas y está en pleno crecimiento.
“We are all mad here”. La frase, pintada en un verde que resalta en la pared blanca, es lo primero que se observa apenas se traspasa la puerta de entrada. Y está justo detrás del escritorio adonde se dirigen madres, padres, proveedores, visitantes. Una ubicación estratégica, casi una declaración de principios. “En este lugar estamos todos locos”, se traduce al castellano.
“Cuando se nos ocurrió pintar la frase decíamos: ‘¡Uh, qué van a pensar! ¡Mirá si lo toman a mal!’, pero en realidad es un prejuicio que una tiene. Es una frase de Alicia en el País de las Maravillas y todo lo que es el logo y lo que tiene que ver con la ambientación lo sacamos de ese libro. De hecho Wonderland quiere decir tierra de asombro. Nos gustó transmitir esa idea desde el vamos”, cuenta Clementina sobre un detalle que hace al todo. Que hace a una propuesta distinta sobre algo tan trascendente como enseñar y aprender.
Clementina Alba y Ana Serradell son santarroseñas, tienen 40 años, recibieron sus títulos como docentes de Inglés en la UNLPam y -desde esas épocas de aulas, apuntes y mates compartidos- forman una dupla cargada de amistad, labor profesional, química de trabajo, sueños y espíritu emprendedor: el que las llevó a generar Wonderland, una escuela de inglés que es mucho más que eso, es un espacio “diferente” que se corre de la enseñanza tradicional.
“Un día charlábamos sobre nuestros hijos, sobre la manera en que aprendían inglés, de una forma quieta, sin movimiento ni estímulos distintos. Cuando una da clases busca la sonrisa de los nenes, además de que aprendan por supuesto. Pero nos preguntábamos: ¿’Y adónde los llevamos’? Hasta que dijimos ‘¿Por qué no lo hacemos nosotras?’ Nuestras familias y amigos también nos decían: ‘Dejen de quejarse y hagan algo’, así que ese fue el disparador para decirnos: ‘dale, vamos para adelante'”, recordó Ana sobre el germen de Wonderland.
“Las dos estábamos cómodas, con un buen trabajo, pero había algo que no cerraba, que nos faltaba, así que decidimos salir de lo que hoy tanto se habla, la famosa zona de confort -valoró Clementina-. A mediados de 2015 empezamos a idear todo y en 2016 nos pedimos un año de licencia en el colegio Santo Tomás donde trabajábamos desde hacía tiempo. Al principio no sabíamos muy bien cómo direccionar el plan, entonces Sebastián Sánchez Fay, que fue nuestro asesor, nos dijo que si teníamos el corazón del proyecto todo lo demás iba a empezar a llegar”.
En la esquina de la Avenida Perón y Águila había una casa abandonada con un amplio espacio verde tapado de yuyos y malezas. Pero para ellas era “El lugar”. Costó tiempo, sudor e insistencia. Hasta que lo consiguieron. Y ahí sí “el corazón” de Wonderland empezó a latir.
“Contratamos a un arquitecto y en principio iban a ser dos aulas, pero al final fueron cuatro. Estábamos con la construcción a pleno y nosotras debajo de un gazebo recibiendo a la gente y cobrándoles la matrícula. No sé cómo nos creían…”, se ríen. “Es que era la única manera de financiar la edificación. Y de entrada se inscribieron 90 chicos, solo contándoles lo que íbamos a hacer más adelante”.

Montessori y Waldorf.
Era noviembre del año 2016. Y en marzo del año siguiente Wonderland ya estaba en marcha con 120 alumnos y alumnas de 4 a 13 años. Hoy son 230 repartidos en los dos turnos (de 9 a 11.30 y de 14.30 a 17), dos días a la semana, en un ámbito donde hay una huerta que se riega todos los días lo sembrado por los propios chicos y chicas, una pared musical para tocar y cantar, un espacio para jugar a las escondidas, al tateti, saltar el elástico, un rincón de lectura, uno de dibujo. Distintos lugares para jugar y aprender.
“Nos gusta mucho la pedagogía que propone María Montessori, el sistema educativo Waldorf y las neurociencias con sus aportes respecto a que el cerebro se enciende, se activa cuando te movés, cantás, jugás, porque de esa manera un chico incorpora mucho más. Es algo que veníamos viendo y trabajando desde hace rato y acá realmente pudimos juntar todo lo que más nos gustaba de esas corrientes y aplicarlo a la enseñanza del Inglés”, explicó Ana.
“También nos apoyamos mucho en lo que propone Catherine L’Ecuyer respecto al alejamiento de las pantallas. No está bueno que al niño desde tan chico se lo ponga delante de una pantalla porque eso no lo va a ayudar después. Lo que buscamos es focalizar en la imaginación y en la creatividad. Claramente no estamos plantadas en esa idea de que todo pasa por las tecnologías. No las desconocemos por supuesto pero nos gusta apuntar al trabajo en equipo, al aprendizaje de saber esperar, de escuchar. Hoy gran parte de las empresas busca gente que sea flexible, que se adapte a los cambios y que trabaje en equipo que es algo que cuesta muchísimo. Todos somos creativos, el tema es si lo desarrollamos o no, y nuestra apuesta es aprender el inglés jugando”.

Crédito.
En las aulas, con grandes ventanales y mucho espacio, el máximo es de 16 alumnos. Allí hay libros, pizarrones y equipos de audio pero el movimiento siempre está presente. “El juego nunca se deja de lado. Por supuesto que tienen su libro y estudian, pero se hacen actividades con objetivos lingüísticos, no es que vienen y hacen lo que quieren. La mejor respuesta que recibimos es que los padres nos dicen que a los chicos les gusta venir, no reniegan porque hay que ir a Inglés”, destacó Ana.
Wonderland sigue en expansión y también en construcción. Para 2019 estarán listas dos nuevas aulas y para ello fue clave el crédito que otorgó el Ministerio de Desarrollo Territorial de la provincia.
“Nos llegó en el momento justo, es un crédito que habíamos tramitado y que ahora lo tenemos disponible para las nuevas aulas. Es un buen respaldo que se le brinda a los emprendedores”, cuentan Ana y Clementina bajo el sol que se mete por entre los árboles, rodeadas de chicos y chicas que corren, cantan, disfrutan. Aprenden. Un ambiente en el que vale la pena “sentirse un poco loco”.

Una alimentación saludable.
Otra de las propuestas que incluye Wonderland es la de una colación o refrigerio cuando se hace la pausa de la clase diaria. “Una nutricionista nos trae todos los días una colación saludable, con verduras y otros alimentos como cereales además de preparar algo adecuado para quienes son celíacos o tienen alguna intolerancia alimenticia. Está todo balanceado en el mes para que no se repita siempre la misma comida”, detalló Clementina, quien además dejó en claro que el horario está pensado para que los chicos y chicas “no se pierdan nada”.
“Terminamos a las 5 de la tarde porque así pueden ir a cumpleaños, a las actividades deportivas, musicales o lo que sea. Estudiar Inglés no tiene que ser una carga ni competir con otras pasiones porque si no hay emoción positiva seguramente no les va a quedar lo que aprendan”.
Tanto Ana como Clementina hicieron sus carreras en la Universidad pública pampeana y de allí se nutren para su cuerpo docente, con un plantel de 12 profesoras que saben que ingresan a trabajar en un lugar diferente, donde la idea es que los alumnos hagan todo el trayecto desde el primer grado y al que llegan desde distintos puntos de la ciudad: “Vienen chicos desde el barrio Las Artes, del Plan 5000, desde detrás del Casino, de muchos lugares de Santa Rosa. Está claro que más allá de la distancia se enganchan con la propuesta”.