Estanislada, el asombro de una niña

UNA MUJER Y LA PREPOTENCIA A LA VIDA

Un rebalse cloacal, que inundó una chacra, provocó que se conociera la turbulenta historia de Estanislada Prudencia. Tiene 89 años, es chaqueña y actualmente radica en Santa Rosa.
La presencia de Estanislada Prudencia impacta a primera vista. No pasa desapercibida. Antes de conocerla hay algo que impresiona en esa mujer, tal vez sea la categórica manera que tiene a la hora de emprender cualquier movimiento. Una mezcla de frescura, seguridad y desfachatez envuelven su figura. Tiene 89 años, y más vitalidad que el cronista. Pareciera que vive en cada momento: ahora, ni antes ni después.
Luego de entablar unas palabras con Estanislada, se capta lo que podría llegar a ser la segunda característica: el humor. Ella ríe mucho. Habíamos ido a su casa porque explotó una cloaca y su pequeña chacra, y parte de su casa, estaba cubierta de agua servida desde hacía tres días en la calle Donatti al 2500, de Santa Rosa. Apenas entramos, nos dijo: “Miren, cómo una criaturita como yo, puede estar en esta situación”, entre risas y miradas cómplices.
Nos acercamos por segunda vez y cuando apenas vio al reportero gráfico, le reclamó, en broma, una fotografía prometida: “A los bebés no se nos miente, los viejitos se han de olvidar, pero los bebés no olvidamos”.
Estanislada más de una vez se refirió a sí misma como una “criaturita” o una “bebé”, y quizás este sea el rasgo que más la define: el asombro de una niña. Cuando se traslada para mostrar su chacra, con su cosecha y sus animales, Estanislada danza y juega despreocupada, como una niña sensible. Dice que su chacra, con sus pollos y gallinas, son su “encanto”. Con ella, los extremos de la vida parece que se arquean y se tocan.

Caminos truculentos.
Detrás de los senderos que circundan su rostro, se puede observar un trayecto vivido.
No necesariamente “lo que no te mata, te fortalece”, no necesariamente hay que sufrir para tener fortaleza, a veces se tiene por naturaleza, de modo que sufrir se vuelve innecesario; este parece ser el caso de Estanislada. Ella recuerda momentos de su infancia, adolescencia y adultez con mucho “sufrimiento”.
Nació en el Chaco, “Margarita fue el pueblo que me vio nacer”,dice, pero se “malcrió” en otra localidad dentro de esa provincia. Siempre estuvo en el campo, en el monte, trabajando las chacras, en el arado, cosechando, fue domadora de caballos, hacía postes (y hace un golpe tremendo con sus manos curtidas, para mostrarlas), “mi mano es ‘crujj’, es fuerte”.
Fue la primera hija, su madre la tuvo en el monte, pero se crió con su abuela, su tía y sus primos. Su abuela falleció tempranamente y de muy chiquita comenzó a padecer los malos tratos de su entorno. Padeció fundamentalmente su condición de “guapa”. “Mi tía me decía que como sus hijos eran cobardes, y yo guapa, yo tenía que trabajar, me tenía que lastimar, entonces ni importaba si me moría”.
Sus compañeras de colegio le decían “perdete Lala, perdete”. Y un día, a los 17 años, se perdió. Conoció al padre de sus nueve hijos; pero luego falleció y se quedó sola. Entonces, al cabo de un tiempo, se puso en pareja con otro hombre, pero no fue lo que ella esperaba.

El calvario.
El hombre la maltrataba, bebía y la golpeaba. La apuñaló en el abdomen con un machete y fue entonces cuando Estanislada decidió “perderse” nuevamente, luego de dos años de tortura. Tomó tres caballos, en uno cargó a sus hijos, en otro un chivito y frazadas y en el último iba ella, lastimada, y con su escopeta en la mano. Recorrió 15 kilómetros. en esas condiciones.
Después de cinco días decidió volver a su casa con la policía para buscar sus pertenencias. Los policías le reprochaban que ella lo había abandonado, y ella les decía con firmeza: “De acá voy a volver, ¿ese me va a pegar a mí?, le daba sangre en vez de leche a mi hija y Ud. me pide que vuelva”. Estanislada recuerda: “Me quería abrazar, me rogaba, temblaba, ‘yo te quiero’ me decía, ‘andá a cagar’ le respondía. Yo estaba con un garrotito, dispuesta a reventarlo si se metía conmigo y con mis hijos”.
Estanislada escapó de aquel infierno, cruzó el río Bermejo con toda su historia a cuestas, sus hijos, sus 41 años y todo por delante. Llegó a Formosa. “De criatura sufría”, cuenta y se conmueve, pierde alguna lágrima. Siguió trabajando mientras su ex pareja la atormentaba. “Cuando pongo mi escoba en mi mano, y tiro la basura, no la vuelvo a recoger”. Hizo grandes esfuerzos por esconderse, pero solo la muerte de su ex pareja pudo liberarla del calvario.

Prepotencia a la vida.
Estanislada sufrió mordeduras de perros, picaduras de serpientes, heridas de machete, enfermedades complejas y delicadas, fuertes caídas de caballos. “He quedado muertita y luego he revivido”, afirma. “Yo no me doy por vencida, tampoco por rendida”. Sus hijos la trajeron de Formosa a Santa Rosa por un cáncer que se originó en su estómago, y que, como todo lo demás, superó con fuerza.
“No le tengo miedo a nada, solo a los perros y las serpientes, pero como también me han mordido, ya no tengo miedo”, cuenta. En su pierna izquierda tiene la mordida de una yarará, y en la cicatriz el relato. Se encontraba trabajando, la serpiente la mordió y a caballo se dirigió a ver a un médico, pero estuvo un día entero sin ser atendida.
“La yarará era así de grande, y así de ancha. A los tres días del hospital me pude ir. Y la víbora esa habrá quedado bien muertecita, de la envenenada que se habrá pegado conmigo”, dice Estanislada y su hija Delicia, el cronista y el reportero gráfico ríen a carcajadas.

Despedida.
Estanislada tiene mirada cálida, quiere seguir riendo, tiene sueños. “Lo que ya pasó, ya pasó; y lo que viene, está por venir”, dice y contagia el entusiasmo. Ahora tiene parte de sus hijos cerca, a unas pocas cuadras en Santa Rosa, su chacrita y sus queridos pollos. Vive en una pequeña y precaria casa, con lo necesario, aunque entra mucho frío.
Su cuerpo tan curtido y su admirable mentalidad y humor son herramientas que “Dios” (es creyente) le suministró para atravesar diversos atropellos que la vida, injustamente, le puso en su camino; con 89 años es hora de que, al menos, no tenga que tolerar más situaciones denigrantes que azotan a tantos barrios, como los rebalses cloacales.
“El gusto que yo tengo es cosechar y convidarle a mis hijos, mandioca, calabaza, choclo”, concluye Estanislada Prudencia, se despide con un beso en cada mejilla, y le regala al cronista tres granos de maíz, que ahora conserva en su mesa de luz, para ahuyentar la “yeta” o la mala suerte.(NYC)