Inicio Ford, Dodge y el capitalismo
Array

Ford, Dodge y el capitalismo

DOMINICALES

«Mi ambición es dar empleo cada vez a más personas, extender los beneficios del sistema industrial a la mayor cantidad posible de gente, ayudarlos a construir sus vidas y sus hogares. Para esto estamos reinvirtiendo la mayor parte de nuestras ganancias en la empresa». Quien pronunció estas palabras -que hoy serían calificadas de «populistas»- fue uno de los grandes próceres capitalistas, Henry Ford. Y este año se está cumpliendo un siglo del fallo judicial que sepultó estos ideales y acaso inició la actual deshumanización del sistema económico.

Dos hermanos.
Para 1916, la compañía Ford Motors había acumulado ganancias por más de sesenta millones de dólares. Pero su mentor y accionista mayoritario, aún cuando las ventas del Ford T tenían una demanda casi imposible de saciar, insistía en seguir bajando los precios de sus productos, y en aumentar lo más posible el salario de sus trabajadores. Su sueño declarado era que sus propios empleados pudieran acceder a poseer uno de los automóviles que fabricaba la empresa.
Como para lograr estos fines -y haciendo valer su mayoría accionaria- recortó dividendos a los accionistas de la empresa, dos de ellos, los hermanos John y Horace Dodge, lo demandaron ante las cortes de Michigan.
El fallo de la Corte Suprema del estado estableció que una sociedad anónima está organizada no para fines «caritativos» sino para procurar la mayor ganancia posible a sus accionistas. Los hermanos Dodge terminaron retirándose de la compañía y fundaron la propia, también dedicada a la fabricación de automóviles, que como la Ford, tuvo larga trayectoria en nuestro país. El nombre «Polara» aún hoy hace salivar a los fierreros vernáculos.

No siempre.
La anécdota sirve un poco para ilustrar cómo es que el capitalismo no siempre fue lo que es hoy en día, y que muchos de sus pioneros y genios, no estaban enceguecidos por la codicia, sino que perseguían fines mucho más altos que la mera acumulación de riqueza.
Contemporáneo de Henry Ford, Andrew Carnegie es considerado uno de los hombres más ricos de toda la historia, con base en la industria del acero. Lejos de regodearse en su fortuna, dispuso de ésta para la fundación de bibliotecas, museos, becas para la investigación científica, y hasta el teatro Carnegie Hall en Nueva York, una de las mecas musicales de todo el mundo.
Muchos se sorprenderán de saber que Carnegie se oponía fervientemente al incipiente imperialismo norteamericano, y en particular, a la anexión como colonia de las Filipinas, a las que incluso ofreció dinero para comprar su independencia.
¿Qué dirían Ford o Carnegie si vieran que hoy la General Motors se ha convertido básicamente en una compañía financiera? ¿O si presenciaran el espectáculo obsceno de los llamados «productos derivados» del sistema bancario internacional, carentes de toda utilidad social y capaces de hacer colapsar a toda la economía mundial como ocurrió en 2008?
Estos personajes podrán haber tenido sus claroscuros -Ford, por ejemplo, era un puritano fanático, capaz de despedir a un empleado adúltero-, pero su dimensión humanista haría palidecer a cualquiera de los miembros del 1 por ciento más rico del planeta.

No único.
Por eso parece una buena idea resistir el actual discurso neoliberal, que pregona la existencia de un único rumbo posible: la habilitación para que los ricos acumulen la mayor riqueza posible, llevando la desigualdad a niveles históricos nunca vistos, en la esperanza de que algún día se produzca un «efecto derrame» en favor del 99 por ciento restante de la humanidad.
Esta idea no sólo es falsa y errónea: también es profundamente antidemocrática. Al punto que sus mentores han creado la categoría de «populista», tan imprecisa como insultante, para descalificar a cualquier idea que se oponga a sus designios.
Y aún a riesgo de soportar ese mote, conviene decirlo claramente: hay muchos ámbitos de la actividad humana que no se llevan bien con el concepto de lucro que campea en el capitalismo extremo hoy en auge. La salud pública es uno de ellos. La educación, ¿qué duda cabe?
Pero hay algo más grave aún. Estos nuevos apóstoles del capitalismo están intentando imponer la idea de un pensamiento único, pretenden descalificar al pensamiento crítico como herramienta, y con su constante descalificación de todo oponente ideológico, pretenden clausurar todo debate. Algo no muy distinto de los totalitarismos del siglo XX que tanto dicen abominar.
Esta ideología es, entonces, incompatible con la democracia. Y si nos apuran lo decimos: es incompatible con la humanidad.

PETRONIO