Inmolarse por un padre… sí, es posible

UNA HISTORIA DE VIDA, UNA HISTORIA DE AMOR. LO QUE SE PUEDE LLEGAR A HACER POR UN SER QUERIDO

Era dueño de un videoclub, vendía algo de computación y jugaba al fútbol. Tenía las expectativas de cualquier persona joven. Lo dejó todo y hace 3 años cuida a su padre después de un terrible accidente.
MARIO VEGA
Diego es un joven de solo 34 años que dejó todo de lado para acompañar a su padre, Rubén Darío Trotta (57) en una larga y difícil convalecencia. Se trata de una conmovedora historia de vida… de esas que pueden emocionar a cualquiera, cuando se accede a conocer algunos aspectos de esa particular novela protagonizada por padre e hijo.
El amor por los padres, o por los hijos… o por los seres más cercanos y queridos, difícilmente se pueda dimensionar… porque cómo saber cuánto es capaz de aportar cada uno, cuánto se puede sacrificar alguien para apoyar a los familiares más apreciados. Eso no debe tener, seguramente, una única medida.
Cada uno es cada uno, y surgirán las más distintas respuestas. Estarán los capaces de ofrendar su propia existencia en determinados momentos, los que ante una circunstancia límite no lo pensarán demasiado y darán todo lo que tienen para asistir a alguien que sufre, o que está atravesando una situación muy complicada.

Diego, una vida activa.

Diego Andrés Trotta era jugador de fútbol, y diversos clubes lo vieron con sus respectivos colores: Guardia del Monte de Toay, General Belgrano, algún paso por All Boys, Pico FBC, Catriló, y también por Domingo Faustino Sarmiento. Un zaguero de buenas condiciones técnicas, de fuerte personalidad, que tenía aún para aportarle al fútbol cuando pasó lo que pasó.
Un joven que asimismo tenía intenciones de crecer desde lo personal, porque aún sin haber finalizado el secundario estaba encaminado en el terreno comercial -trabajó bastante tiempo atendiendo un mercadito de su mamá en Toay, y fue dependiente en una rotisería en Santa Rosa-, y el último tiempo había logrado abrir su propio comercio: un local de videos en pleno centro de su pueblo, en el que también se dedicó a la venta de algunos elementos de computación. Le iba bien, y parecía un emprendimiento que podía darle buenos dividendos. Pero el hombre propone… y el destino decide.
Desde hace tres años Diego vive consagrado a atender a su padre, Rubén, quien permanece cuadripléjico después de un tremendo accidente ocurrido en la avenida Perón.

El día fatídico.

“Estábamos almorzando en casa de mamá, cuando sonó el teléfono y recibimos le peor noticia: papá salía siempre a andar en bicicleta, y nos decían que había sufrido un accidente… Salimos enseguida para el lugar (frente al vivero Dadán, mano hacia Toay)… y cuando fuimos llegando nos dimos cuenta que era algo grave: demasiados policías, conos, el tránsito cortado…”. Era poco después del mediodía del 20 de junio de 2015, una fecha que no será olvidada nunca por la familia Trotta.
Efectivamente, un Renault 18 Break atropelló al ciclista que iba en el mismo sentido: Rubén había quedado muy golpeado y en estado sumamente delicado. El traslado al Hospital Lucio Molas, donde durante 57 días iba a pelear por su vida, y luego la necesidad de trasladarlo a Buenos Aires porque el cuadro resultaba a todas luces complejo.

Encadenado por un reclamo.

Diego, el menor de los hermanos -Noelia, la otra hija acompañaría dentro de sus posibilidades (hoy es mamá de cuatro niños)- se iba a poner al frente de la pelea por conseguir que el padre pudiera ser trasladado a Buenos Aires.
Toda la familia estaba hondamente preocupada, y el joven no quiere dejar de destacar el apoyo incondicional de su mamá Estela -separada hace años de Rubén-, que con su compañero “Mingo” estuvieron siempre ayudando en tan difícil momento.
Rubén Darío Trotta se desempeñaba como chofer de micros de larga distancia -por más de 20 años viajó para la empresa Dumas, de Santa Rosa a San Luis y también a Buenos Aires y a La Plata-, y en el momento del accidente contaba con la obra social de Camioneros, aunque justo estaba tramitando su pase a Osde.
Había dificultades para conseguir el traslado de Rubén a Buenos Aires, todo era muy complejo, confuso, enmarañado, hasta que Diego no aguantó más y tomó una decisión extrema: resolvió encadenarse frente a la Municipalidad de Santa Rosa, hasta que la obra social dispusiera el traslado.

A Buenos Aires.

Durante varios días Diego permaneció amarrado con una cadena al mástil ubicado frente a la comuna, hasta que se le informó que la situación se había resuelto, y que podían viajar con su papá a Buenos Aires.
Naturalmente eso significó todo un cambio para él: está dicho, jugaba al fútbol, y por supuesto llevaba la vida normal de cualquier muchacho de 30 años. Por otra parte se estaba encaminando con un comercio en el centro de Toay, e indiscutiblemente eso iba a ser distinto de allí en más… y cambió, vaya si cambió. Un día tuvo que vender su emprendimiento -ese que llevaba adelante con esfuerzo-, porque obviamente no podía atenderlo, y también se desprendió de un terreno porque no podía ir a Buenos Aires con lo puesto.
“Cuando llegamos estuvimos en un par de clínicas antes del traslado al Fleni… Yo había estado alguna vez, paseando unos días, pero en realidad no conocía demasiado, y me tuve que adaptar”, cuenta.

Antes de llegar al Fleni.

Luce sereno, templado, como si no fuera una carga esta “guardia” al lado de su papá que ahora mismo son más de 1.100 días de acompañamiento de todos los días. Sí, cada uno de ellos dedicados a su padre.
Y me digo: si esa no es una grandísima muestra de amor, qué sería… “No sé, lo que es verdad es que estuve casi tres años sin venir nunca, de quedarme todo el tiempo junto a papá” , indica.
“Por suerte en un momento aparecieron ‘ángeles inesperados’: familiares de mi papá que viven en San Miguel (provincia de Buenos Aires), para darme alojamiento… Marta, una tía, y sus hijos Gustavo, María Laura y Carlos, que fueron muy solidarios… Algunos meses papá estuvo internado en una clínica, hasta que lo trasladaron al Fleni, donde la habitación de un paciente tiene una cama para que se queden a dormir los familiares. Y así casi se puede decir me fui a vivir ahí”, rememora.
Al principio tomaba “un colectivo de San Miguel a Puente Saavedra, de ahí uno más para llegar a Núñez, donde estaba la clínica… y aprendí a moverme, y en un tiempito hasta conseguí trabajo. Fue cuando me quedaba en un hotel que estaba a 9 cuadras de la clínica, y metía algunas horas en una rotisería… pero ya digo, hasta que fuimos al Fleni”, agrega.

Viviendo en un hospital.

En ese lugar Diego habría de tener experiencias inolvidables… “Es increíble, porque la atención es buenísima, y allí se produce como una suerte de pacto de hermandad… será porque en eso de la enfermedad las diferencias sociales no existen: allí conocí a Mauro Giallombardo (piloto de Turismo de Carretera), al presidente de la Federación Paraguaya de Fútbol… y mucha gente que ni imaginamos que pasa por el Fleni”.
Trotta hijo tiene muchas cosas para contar de esa experiencia que, por supuesto, no hubiera querido vivir jamás… pero lo extraño, lo increíble, es que no lo toma como una carga.
Cuenta que cuando llegaba al hall de la clínica con el termo y el mate en las manos, se producían “cosas muy fuertes… porque allí la gente se acerca, empieza una conversación. Personas muy importantes en sus quehaceres, de aquí y de otros países, todos hermanados en la desgracia”, repasa.

La ayuda de un abogado.

“En el Fleni accedió Diego a historias de médicos y enfermeras, supo de la lucha de muchos pacientes con las corporaciones médicas y las obras sociales, conoció personas impensadas…”. El que precisa sobre aquellas experiencias es el abogado Fernando Gutiérrez que, enterado por una amiga de las dificultades que tenía la familia Trotta para regresar a Santa Rosa “con su padre en las mejores condiciones”, se ofreció para ayudarlos. “La colaboración de Fernando fue sumamente valiosa… y no se lo voy a terminar de agradecer nunca”, reconoce Diego.
La mediación del profesional consiguió que Rubén pudiera ser regresado a la provincia, con buenas condiciones en su atención y todo a cargo de la obra social. “Entré en contacto con él por una amiga, Paola, que me dijo: ‘¿Viste lo que publicó Diego en facebook? Hace un sorteo para juntar dinero, y de premio pone su moto. Necesita pagarle a un abogado de Buenos Aires para hacer un amparo y traer a su papá’. A partir de ahí hablamos y pudimos allanar todo… aunque los trámites llevaron tiempo se consiguió lo que queríamos: Rubén está de nuevo en su casa, con cuidados permanentes y de calidad”, refiere Fernando.
El profesional contó la situación como algo que se comenta en voz baja -sin la menor pretensión que su gesto fuera conocido- pero ya se sabe, los periodistas a veces cometemos alguna que otra infidencia. Fernando cuando me contó lo sucedido sólo quería anoticiarme que, quizás, la historia de Diego y su papá podía merecer una nota. Y por supuesto que es de esa clase de relatos que nos llegan, que nos conmueven y que, de verdad, merecen ser conocidos. ¿O no?

Quién es Rubén Trotta.

Rubén es, obvio, el papá de Diego y de Noelia, y el abuelo de cuatro nietos… pero además es un hombre aún joven; alguien que era vital, dispuesto, trabajador, pero ahora se encuentra postrado por un accidente impresionante, que lo mantiene en una cama desde hace tres años.
Desde sus 18 años fue chofer, primero de camiones, y más tarde conductor de colectivos de larga distancia durante 20 años, hasta que ocurrió lo que nadie hubiera pensado… En ese camino a Toay circulan diariamente cientos de bicicletas por día -muchos pedalistas salen a “hacer kilómetros”, a veces en grupos numerosos-, pero nadie quiere imaginar que un día a un familiar le puede suceder una fatalidad… como le pasó a Rubén.
“Claro que el viejo era un tipo inquieto”, agrega Diego, en tanto explica -a modo de ilustración- que ese poster que luce en el living de la casa en Villa Martita corresponde a un raíd que su papá realizó en moto hace algunos años, junto a un amigo -Tony Clara- desde la Quiaca a Ushuaia; actividad que haría en tramos en dos años consecutivos.

El amor a los seres queridos.

Diego se inclina sobre la cama en que está Rubén y lo abraza… y le habla, le susurra al oído palabras cariñosas, algo que hará todo el tiempo. Y puedo asegurar que la escena es simplemente conmovedora… emociona, claro que sí.
Miro hacia atrás y no puedo dejar de ver la imagen de mi propio padre y repaso… Y rememoro que él también estuvo muchos meses postrado antes de irse, y mi viejita del alma pasaría un trance parecido… Y allí estuvimos con mi hermana, hasta el final…
Pero hoy, a la distancia, confieso que quizás no llegué a decirles tan explícitamente todo lo que los amaba -como Diego lo hace con su padre- aunque ellos lo supieran.
Es cierto que cuando los tenemos bien, plenos, presentes, en muchas ocasiones quizás no consigamos tomar plena conciencia que alguna vez no estarán más… Y podría pasar que cuando caigamos en la cuenta tal vez ya sea demasiado tarde. Incluso para arrepentirnos de lo que no hicimos. Sólo porque no nos dábamos cuenta…

“Lo volvería a hacer. Siempre”.

Por eso lo entiendo a Diego. Es cierto, Rubén no es aquel hombre naturalmente inquieto y enérgico que fuera, pero al menos está allí para que su hijo pueda apreciar el calor de su piel en la caricia, y cruzar una mirada y saber que su papá lo siente… Diego dice que puede advertir que Rubén se despertó -“valoro eso”, afirma-, y que hay momentos que lo reconoce… y cree que él lo ayuda, lo estimula, le hace bien… “No tengas dudas -dice convencido-, esto lo volvería a hacer una y mil veces”.
Cabe decir que este hombre joven detuvo su propia vida desde aquel 20 de junio de 2015… o, en todo caso la puso a disposición de lo que su padre necesitaba. “Ya habrá tiempo para mí, y para mis cosas cuando todo se acomode”, expresa Diego… Lo suyo es, manifiestamente, un acto de amor. Una historia que entiendo merece ser conocida, y que nos deja algunas reflexiones… por ejemplo nos hace entender que a aquellas personas que queremos entrañablemente tenemos que disfrutarlas, porque no sabemos lo que nos va deparando el destino a cada paso.
En el caso de Diego no se podrá decir que no dio la talla: se subió al barco en un momento complicado, y con seguridad no le importa haberse inmolado por una causa como esta: por esta abnegada decisión de cuidar, todos los días, desde hace tres años, a su papá… Y sigue allí, sin dudarlo ni un instante.

FONDOS PARA ATENCION
Rifó su moto para ayudar al padre
Diego Trotta estuvo tres años cuidando a su padre en Buenos Aires. Durante todo ese tiempo no regresó ninguno de esos días a la provincia, hasta hace poco que se produjo el traslado a Santa Rosa… Hoy Rubén, su papá, está en su propia casa, en calle Grassi 556.
Allí, las 24 horas, merced a lo convenido con la obra social Rubén Trotta dispone de atención permanente. Una enfermera -lo hacen en distintos turnos- llega para asistirlo todo el tiempo, pero al lado de ella (en este día que fuimos al lugar Yanina), permanece Diego, que además colabora en la tarea de cambiarlo, higienizarlo, y que también lo ayuda en los ejercicios que su papá debe realizar.
“Me preocupé desde un primer momento, incluso en el Fleni, de estar al lado y preguntarle todo lo necesario a los médicos, y de ayudar en lo que pueda… Hasta llegué a hacer un curso de ayudante terapéutico en Buenos Aires”, completa.
Pero no sólo eso: Diego realizó casi todo el secundario en el Ites de Toay, pero le quedaron 9 materias pendientes, y mientras cuidaba a su padre se dedicó a estudiar a distancia (vía Internet) y pudo acceder al título de bachiller.
“Por ahora nos estamos acomodando, porque recién llegamos a Santa Rosa, pero la idea es salir a buscar trabajo… en cuanto nos acomodemos un poco”, señala.
“Papá tiene un desorden cognitivo… a veces escucha, y hay cosas que entiende y otras que no… Tiene lo que se llama Traumatismo Encefalocraneano Grave… pero está aquí, conmigo”, reafirma y se hace fuerte.
Hizo un gran sacrificio en todo este tiempo este muchacho. Tuvo que vender su negocio, también un terreno, pero además puso su propia moto de premio en una rifa que organizó porque estando en Buenos Aires necesitaban dinero: “La moto es una FZ16 150 cc, que solamente tiene 10 mil kilómetros… hice 200 números y el sorteo todo filmado… lo ganó una persona que compró 30 números, y que ahora la tiene que venir a buscar”, cierra. Un sacrificio más para cumplir con lo que es su firme determinación: acompañar a Rubén siempre. Siempre.

SIN BRONCAS
NI RENCORES
Han sido muchas emociones en tres años. Demasiadas podría decirse. No obstante eso, más allá de las peripecias de la familia para acomodarse a la nueva y terrible situación, Diego Trotta dice no sentir rencor: “Para nada… lo único que me hubiera gustado es que el hombre que manejaba el auto que atropelló a mi papá me llamara en algún momento, que me dijera qué fue lo que pasó ese día”, sostiene.
Agrega que “no tengo bronca… pero sí necesito hablar con esa persona, porque todos podemos mandarnos una macana alguna vez… Sería como cerrar un capítulo, pero de verdad no le tengo resentimiento, ni odio…”, cierra Diego.