Lucía Palermo: del deporte olímpico a la gastronomía

Las manos de Lucía Palermo resumen su historia. Cuando estaban creciendo lijaban botes para poder pagar la cuota del club en Tigre. Allí, remando y remando sobre el agua, comenzaron a sufrir por las ampollas, que las atormentaron durante los casi veinte años de carrera.
Fueron una herramienta indispensable para la conformación de una deportista que brilló en el plano nacional e internacional, con participaciones en tres Juegos Olímpicos incluidas. Y a la vez tuvieron que soportar el ‘rechazo’ de varias mejillas familiares, que preferían evitar las caricias de esas palmas llenas de cicatrices.
Al mismo tiempo, esas mismas manos empezaron a aprender el arte de la gastronomía. Siguieron los pasos de la abuela Angélica y se fueron transformando, estudios de por medio, en especialistas en repostería.
Cocinaron por todo el mundo acompañando a la deportista y empezaron a generar ingresos debajo de los botes. Ese talento para el arte culinario terminó de explotar con el retiro consumado, cuando Lucía fue mamá de Victoria y mientras los callos iban desapareciendo, preparándose para llenar de caricias suaves a la nueva integrante de la familia.
Hoy el destino las trajo a La Pampa. Victorica las recibió con los brazos abiertos y desde hace unos meses la localidad del oeste disfruta de las delicias que crean. Hoy las manos de Lucía se transformaron definitivamente en las de una cocinera.

Deportista sacrificada.
“Durante muchos años tuve las manos llenas de ampollas y callos. Era muy doloroso”, recuerda Lucía Palermo en una charla con LA CHUECA. “Mis sobrinos me decían ‘tía no me acaricies con esas manos’, porque los raspaba”, agrega la ex deportista olímpica, que hoy vive en Victorica.
Nacida en Tigre hace 32 años, Lucía se convirtió en una de las mejores remeras de Argentina (la más destacada en su especialidad), logrando varios títulos Sudamericanos, consiguiendo medallas en Panamericanos, destacándose en Copas del Mundo y participando de tres Juegos Olímpicos: Atenas 2004, Londres 2012 y Río de Janeiro 2016.
Lucía es la cuarta generación de una familia de remeros, pero antes de subirse a un bote tuvo que “remar” bastante fuera del agua. “Mi mamá fue madre soltera con cinco hijos; cuatro varones y yo, que soy melliza con uno de ellos. Con mis hermanos lijábamos botes para poder pagar la cuota del club y caminábamos varios kilómetros todos los días para ir a remar”, comenta Lucía.
“Todo en la vida tiene su sacrificio”, añade, mientras recuerda algunos sinsabores que tuvo que sufrir por la falta de apoyo estatal cuando ya era la mejor remera de su especialidad (peso ligero y single scull) en el país, y una de las mejores del mundo.
“Esa falta de apoyo (para viajar, comprar equipamiento, etcétera) genera un estrés muy grande, y por eso cuando quedé embarazada decidí dejar porque no quería transmitirle ese estado de nerviosismo a mi hija”, sintetiza al referirse a su decisión de colgar los remos, que se sumó al hecho de haber “cumplido un ciclo” tras los Juegos de Río 2016.

Repostera celíaca.
Con la pequeña Victoria en camino y la faceta deportiva a un lado, Lucía decidió dar un vuelco total hacia su otra pasión. Junto a Eduardo, un victoriquense al que conoció en Buenos Aires cuando él trabajaba para la Federación de Remo, decidieron que el futuro de la familia transcurriría en La Pampa, con la gastronomía como sostén económico.
Victorica los recibió en diciembre del año pasado, cuando Victoria aún no había cumplido el año de vida, y en el oeste pampeano sus renovadas manos se dedicaron de lleno a la repostería, una profesión que había acompañado a la deportista y que desde hace unos meses tomó un rol protagónico.
“Mi abuela era profesora de repostería y de ahí viene mi amor por la cocina. Estudié en el Instituto Argentino de Gastronomía (IAG) y me capacité durante mucho tiempo. Eduardo (su marido) tuvo un restaurante en Buenos Aires y por eso decidimos dedicarnos a esto”, explica Lucía, que mientras competía al máximo nivel empezó a sumar unos pesos extras -a las exiguas becas- vendiendo tortas y otras delicias en Buenos Aires.
“Una vez me habían hecho un pedido de una mesa dulce para un casamiento, y en la noche previa a una evaluación que yo tenía que dar para ir al Mundial de remo, estuvimos con Eduardo hasta las tres de la mañana terminando las tortas”, recuerda hoy con una sonrisa.
La faceta de cocinera la acompañó y la ayudó durante su carrera, especialmente por su condición de celíaca, porque le permitió ‘meterse’ en diferentes cocinas del mundo para preparar sus propios alimentos y los de sus compañeros, atendiendo a una dieta estricta que debían llevar. “En muchos hoteles veían mi interés y me invitaban a cocinar”, señala Lucía, destacando experiencias en Francia, Holanda y Corea, de donde se trajo muchos presentes y enseñanzas.

Sabores nuevos.
Los primeros meses de Lucía en Victorica fueron de adaptación: a un lugar desconocido (aunque cada tanto viajaban a visitar a los familiares de su marido), al saludo de cada uno de los vecinos de la localidad (“se conocen todos”) y a los gustos de los potenciales clientes.
“Lo que más se vende es la tarta de ricota y la Selva Negra, que son tradicionales. Al principio me costó sumar sabores nuevos, pero ya me van conociendo. No es fácil, pero lo bueno es que me recibieron y me aceptaron muy bien”, dice, ya como una victoriquense más.
Hoy, además de sus tortas y unos churros que son muy demandados, Lucía y Eduardo cocinan veinte viandas diarias de comida, que poco a poco han ido encontrando a sus clientes.
“Lo que más me gusta, igualmente, es la pastelería y la repostería; la decoración de tortas”, destaca la ex deportista, que asegura “extrañar mucho” el remo aunque no duda en decir que “se cumplió un ciclo” y que ya no hay vuelta al agua.
Las cicatrices quedaron atrás, guardadas en el cajón de los recuerdos al igual que todas sus medallas, que reposan en una caja que no fue abierta desde la mudanza a La Pampa. Hoy hay que cumplir con una incesante demanda de caricias y de delicias, y la adaptación ha sido mágica. Sus manos se han transformado definitivamente.

Trabajar en el deporte.
“Me gustaría, tengo ganas”, responde Lucía Palermo cuando es consultada sobre la posibilidad de transmitir sus conocimientos como deportista de elite a los chicos de Victorica y la zona.
“Fui deportista durante muchos años, viajé por todo el mundo, tengo muchos contactos y sin dudas tengo muchas cosas para compartir”, agrega quien fue la mejor del país en su especialidad.
“Sería una buena oportunidad para devolver algo de lo que me dio el deporte”, insiste, destacando que hay muchas actividades para hacer en una ciudad como Victorica, tanto para adultos como para jóvenes y niños. Y en el mismo sentido añade: “Hay un Polideportivo que se podría aprovechar mejor para despertar un interés deportivo en los chicos”.
“El proyecto o la idea está, pero no es fácil. Tiene que ver principalmente con una decisión política de hacerlo”, sostiene Lucía, que también planteó la intención de hacer un “intercambio cultural” con Tigre, a raíz de su buena relación con las autoridades de la ciudad bonaerense.

El apoyo en la iglesia.
Lucía Palermo es miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días (mormones), y asegura que ese espacio ha sido clave para su formación como deportista y como persona. “El deporte te ayuda mucho a ser responsable y a esforzarte por un objetivo. Pero si yo no hubiera sido deportista, igualmente iría por el mismo camino gracias a la Iglesia”, explica. “No fumamos, no tomamos alcohol, siempre hacemos hincapié en el cuidado del cuerpo y en el apoyo a la familia y el respeto”, agrega.