sábado, 21 septiembre 2019
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Una mamá con corazón de leona

Valeria utiliza una frase: «Si quieres, puedes». Un mensaje similar a una flecha que arranca las entrañas. Un postulado que le pega un puñetazo a todo aquel que quiera bajar los brazos. Valeria tiene 30 años. Su apellido es Gasa. Vive en Salto, provincia de Buenos Aires, a poco más de 500 kilómetros de Santa Rosa.
La joven se recibió hace ocho años de psicopedagoga y, título en mano, la vida gracias a su trabajo le presentaría enseguida a una persona que la cambiaría para siempre: se llama Ezequiel y tiene parálisis cerebral. Ella estaba recién recibida y él tenía tan solo dos años y vivía institucionalizado en un hogar de niños de Salto.
Valeria comenzó a trabajar a la par con Ezequiel y allí surgió lo inesperado: el corazón le ganó a la responsabilidad. «Fui su acompañante terapéutica y empecé a trabajar con él. Realicé un tratamiento más que nada de contención y estimulación, acompañándolo además a los diferentes centros de salud», le dijo a LA ARENA.

Adopción.
Pasaron las horas, los días y los meses y ambos construyeron un lazo inquebrantable que traspasaría toda frontera. «He pasado muchas horas de viaje con él y hasta lo asistí en el Hospital Garrahan donde se atendió desde bebé. Siempre me ocupé de su salud generando un espacio recreativo donde se sienta cómodo y feliz», expresó la mujer.
Ezequiel, sin pensarlo, como cosa del destino, había conocido finalmente a su mamá, a Valeria. La casa de la joven ahora se llenó de sillas de ruedas, andadores y rampas.
«Cuando terminé mi trabajo, hablé con el hogar de niños y les dije que quería darle una mejor calidad de vida. Quería hablar con un juez, no sabía mucho de leyes, estaba sola, y tenía un montón de preguntas», afirmó.
La lucha tuvo sus frutos y en marzo del 2014 consiguió la guarda provisoria de Ezequiel, con quien ya vive hace seis años, mientras avanzaba el proceso de adopción.
«Ezequiel no puede caminar pero entiende la vida», resaltó ella. Y tanto la entiende que quiere acompañarla a todos lados. A todos los imaginables posibles. Y así lo hizo. El lazo ya no se desatará.

«Carrito argentino».
Hace tres años Valeria conoció a Ignacio Muñoz, un ecuatoriano, padre de dos chicos con discapacidad, que diseñó una bicicleta inclusiva. Conocerlo hizo dar el segundo vuelco en su vida: en su cabeza aparecieron miles de imágenes, de objetivos y lágrimas de emoción,.
Pensó en viajar con Eze por todos lados en estas simpáticas bicicletas y participar de cuanta competencia se les presente y, de esa forma, llevar consigo el aprendizaje de la superación en carne propia. «Todo fue un proceso duro, la gente me decía que me había arruinado la vida», explicó.
Ella siguió firme en su convicción y con la ayuda de mucha gente, pudo fabricar su bicicleta inclusiva, con un carrito, para que se siente su hijo, al que llamó «Carrito argentino». Desde allí, fue un ejemplo para el «mundo runner», que en cada competencia arengaba al dúo. Ambos compitieron en carreras de Concordia, Lincoln, Luján y Mendoza. Próximamente, si la fuerza y el apoyo de la gente lo permite, estará presente en la próxima edición de la maratón internacional de «A Pampa Traviesa».
«Nos cambió la vida, nos dio vida, muchas satisfacciones, luchas, peleas, es un medio mas allá de las competencias que nos hace libres, estar en contacto con los demás, con la naturaleza», aseguró.

– ¿Empezaron a correr maratones?
– Así es. Empezamos a viajar por todos lados. Con la inscripción que dice «si quieres, puedes». Corrimos en estos años en maratones de calle de todo el país los dos juntos. Yo en la bicicleta y Eze en el carrito.

– ¿Qué es el carrito?
– Es un sistema que le permite a la gente con capacidades diferentes llegar a la montaña. Una silla de ruedas con dos soportes que permite que dos personas puedan llevar a Ezequiel. Tiene dos tablas de snowboard para poder ingresar a la nieve. Hace un tiempo lo construimos para disfrutar un poco más de la naturaleza.

¿También corrieron?
– Sí. Conocimos lugares impensados y participamos de varias carreras de aventura. Una de ellas fue el Copahue Extremo, en Neuquén, en la nieve. Conocimos gente que todavía hoy nos acompaña. La repuesta de todos, cuando nos ven, es impresionante.

«Todo es posible».
«Quedó demostrado que todo es posible, que si uno tiene ganas lo puede hacer, demostramos con Eze que mas allá de las limitaciones que tenemos todos, si lo querés hacer siempre vas a encontrar la forma de llegar y lograrlo», destacó, sumando otro mensaje, no solo para deportistas: «Las excusas sobran».

– Se habla de la posibilidad de que vengan a participar de «A Pampa Traviesa».
– Hay gente de Santa Rosa que está gestionando para que podamos ir. Tenemos muchas ganas de estar allí. Ojalá se concrete. Es muy posible.

Más allá del lugar donde concurran, en las competencias solo basta escuchar la risa de Eze, y su mirada hacia arriba, donde su mamá pedalea y lucha, no solo contra el viento, y el cansancio, sino contra el prejuicio y el abandono. Una mamá que pedalea, que corre, con su hijo a su lado, para llegar a la meta que por fin premiará un amor inagotable.