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El raidista que pedalea el continente

Debe tener su encanto, su atractivo, algo especial que lo debe tornar irresistible. De qué otra manera explicarse el placer que sienten algunos por salir a la ruta y proponerse cruzar de una punta a la otra del mundo… o en este caso de Centro América a la austral Ushuaia.
Personajes de este tipo aparecen de tanto en tanto… aventureros que por meses -quizás años- se despreocupan de lo terrenal, de las urgencias de todos los días, de eso que supone vivir en una comunidad organizada. Sin urgencias, sin bancos, sin obligaciones cotidianas, sin observar horarios.
Como si de eso se tratara la vida, de estar consigo mismo durante largos trayectos del camino. Peche conoce que allí es él y el viento pegándole en el rostro; muchas veces en medio de paisajes que son un regalo para los ojos. Al cabo él y la naturaleza…
Una persona «normal» -nótese el encomillado- lo pensaría dos veces -y aún muchas más- antes de lanzarse a la aventura. ¿Los lectores se imaginan cada uno dejando detrás familias, hijos, trabajos, amigos? ¿Se piensan a sí mismo en condiciones de renunciar a la seguridad de la cercana certidumbre de una vida igual, o parecida, todos los días?

¿Quién se anima?
Pareciera que no todos se atreverían a tamaño desafío, por más que a veces cueste la rutina, y aún cuando alguna vez se pueda llegar a rumiar lo bueno que estaría dejarlo todo por un tiempo… abandonar una vida habitual y repetida.
Hace un par de meses dábamos cuenta de la historia de Lucas Alanís, un chico de General Pico que ya hizo en bicicleta el trayecto hasta Usuhaia, y ahora mismo está rumbo a Alaska. Y también venimos siguiendo el periplo de «Kucky», el veterano que con su carricoche a cuestas intenta caminando una hazaña parecida.

«A las 5 de la tarde, en Acha».
Ayer mismo, en Avenida Luro al 1.300 -comiendo una pizza que Alicia y Guillermo le ofrecieron en el kiosco «El Shadday»- pudimos ver a un hombre de piel morena, sombrero, y equipo de buzo y pantalón -húmedos porque la lluvia lo sorprendió en el camino-, y calzado con sandalias, que emprendía rumbo a General Acha. «Calculo que a las 5 de la tarde voy a estar por allí…», dijo sonriente, mientras agradecía el «regalo» de sus nuevos amigos, de los tantos que el camino les fue dando. Peche Ruiz (39), así se llama, viene nada menos que de El Salvador, y su destino es Usuhaia. Sí, alguien podrá decir -no sin cierta razón-, cada loco con su tema.

La soledad del camino.
Cuando se circula en una ciudad -inmersos en ese tipo de aventuras-, debe estar bueno el compartir con gente de distintos lugares, ir sabiendo de otras costumbres y culturas, pero en medio de la soledad de la ruta tiene que haber algo más, una magia singular en eso de sentir el arrullo de las ruedas sobre el asfalto, pensando quién sabe en qué. O en quién… O simplemente haciendo el esfuerzo y disfrutando de lo que uno va viendo.
Peche se ríe todo el tiempo, larga una frase y la acompaña de una risotada, y trata de mostrarse amable todo el tiempo. Está agradecido de sus anfitriones y lo dice. «Es que allá en El Salvador la pizza es muy cara, y aquí los amigos me dieron una para mí solito», y vuelve a reír.

Pueblito de pescadores.
«¿De dónde soy? De Garita Palmera… ¿Sabes? A veces ni en mi país saben dónde queda. Es un pueblito muy pequeño frente a la playa, sobre la costa del Pacífico, que tiene nada más que unos 1.800 habitantes. Allí se vive de la pesca, y un poco de la agricultura, y se cosecha maíz y frijoles. ¿Sabes? El Salvador es un país muy pobre, tenemos una economía dolarizada, y se asienta mucho sobre lo que 3 millones de compatriotas mandan lo que llamamos remesas. Viven en el exterior y envían a los familiares», explica Peche.

Hacía soldaduras.
Y agrega que en Garita Palmera viven indígenas, campesinos y pescadores. «Yo me dedicaba a hacer soldaduras… de esa manera fui juntando la platita para poder hacer el viaje. Así compré la bici y me largué: arranqué en Guatemala, pasé por Honduras, por Colombia donde estuve tres meses trabajando, Ecuador, Bolivia, Paraguay, y llegué a Buenos Aires. Ahí conocí el Obelisco, Caminito…», y la sonrisa se le hace amplia al mencionar lo que fue viendo en su itinerario.
El hombre se declara admirador del pueblo argentino, sabe un poco de política, ubica a Cristina y a Evo, y hasta se da un momento para hacer referencia a Malvinas. «Hay que recuperar ese territorio, porque los ingleses siempre andan en eso de quedarse con tierras ajenas, como hicieron con Belice», refiere al último país de América en alcanzar su independencia en 1981, aunque oficialmente la reina Isabel II de Reino Unido se mantiene como «soberana», igual que en otros territorios en el Caribe.

Pedaleo y descanso.
Le contamos a Peche que -siendo el mediodía del lunes- era improbable que llegara a esa ciudad a las 5 de la tarde, como se lo había propuesto. Porque viene desde Buenos Aires entusiasmado por la llanura, pero se va a encontrar con las lomas del camino que seguramente retrasarán su traslado. «Entonces me voy ahora mismito», dijo Peche mientras acomodaba su bici y sus mochilas sobre el rodado.
Antes había contado que el médico le aconsejó que anduviera «cuatro días seguidos, e hiciera uno de descanso», que es lo que hará precisamente en Acha. (¿Habrá llegado hoy?).

Cada cual…
Allá en la ya lejana Garita Palmera quedó su familia, y principalmente su hija de 18 años que «recién acaba de terminar el secundario». Está dicho… tiene que haber una parte muy atractiva para emprender esta clase de aventuras. Esto de dejarlo todo y salir a beberse los vientos, a gozar de nuevas experiencias, a dejar atrás la rutina que agobia. Simplemente montado en una bicicleta.
«No tuve problemas hasta aquí, todo estuvo muy bien, salvo que ya llevo 8 cambios de cubiertas de la bici», y vuelve a reír.
Lo dicho… cada loco con su tema. (M.V.)