¡Qué me van a hablar de fútbol!

Esta es una nota netamente futbolera, valga como aviso. Tiene que ver con la pasión inigualable de gente corriendo detrás de una pelota, sumado a que refiere a veteranos disputando un torneo nacional.
MARIO VEGA
¡El último penal!! No será el más largo del siglo, pero es sí un penal especial…
Cuántas veces se habla de esa caminata que lleva de la mitad de la cancha hasta el área donde se realiza una definición por penales… lo que va pensando el ejecutor, esa responsabilidad que pesa de un modo singular…
Que este no será por la Copa del Mundo, o una dilucidación entre profesionales… o un campeonato de alguna liga importante… pero se trata, sí, de una definición trascendente, al menos para el que va a patear, pero también para sus compañeros de equipo, y aún de sus rivales.
El partido entre Granjas Argentinas (La Pampa) versus el fuerte representativo de Córdoba (una selección que incluye antiguos cracks de la Docta), había concluido 0 a 0, y se imponía dirimir desde los 12 pasos quién pasaba a las semifinales del Campeonato Argentino de Veteranos, que reunió nada menos que 3.000 futbolistas de todo el país en canchas de Santa Rosa y Toay.

Penal y festejo.
El ejecutor (camiseta con el número 21 en su espalda) toma la pelota entre sus manos, camina casi cansinamente mientras escucha el grito de aliento del diputado provincial Darío Hernández -ubicado detrás del arco-, pone el balón en el piso y mira de reojo al golero cordobés: hay tensión, expectativa. Corta carrera, cuatro pasos, y el toque sutil para empujar el balón hacia el palo derecho del arquero que ya se ha inclinado levemente hacia el otro lado… la pelota viaja a ras del piso, suave, mansa, hasta tocar la red… Es gol, es triunfo, es clasificación, es la eliminación de Córdoba, uno de los favoritos del torneo… El grito del ejecutor, los abrazos de los compañeros…
¿Está soñando?, ¿lo imaginó?… No, ha pedido tirar el quinto, el último penal… y fue gol. Disfrutó el momento con una sonrisa que mostraba calma: porque había sido gol… Sin dudas fue algo mínimo comparado con la grandeza de tantos fenómenos desparramados por el mundo que podemos ver todo el tiempo por televisión, pero era su pequeña historia.

La alegría del gol.
El hombre se mira rodeado de camisetas amarillas y disfruta. Simplemente está contento, y nadie le puede quitar esa alegría que perdura… ese regocijo íntimo de sentir que, a su edad, aún puede correr detrás de una pelota…
Obviamente nadie que no guste del fútbol -no son tantos- podrá entender esta circunstancia… solamente aquellos que amamos la pelota desde niños, que aprendimos de lo lúdico pateando en un potrero, o en una canchita improvisada en medio de la calle con los arcos hechos con montoncitos de ropa, lo podemos entender.
El querido Gordo Soriano en uno de sus cuentos relató “el penal más largo del siglo”. Contó Osvaldo que ese penal se tiró en 1958 en algún lugar del Valle de Río Negro, y en esa genial narración del tiempo que transcurrió con el fútbol en el centro de la escena -esperando un penal que se pitó un domingo y se ejecutó varios días después-, trazó el sentir de una pasión inigualable (ver aparte).

El sueño del pibe.
Cuando chicos la enorme mayoría alguna vez soñamos con ser futbolistas, pensando en convertirnos -en esos tiempos- en un Ermindo Onega, un Luis Artime, un Loco Gatti, o un Mouzo (¡que antiguo deben decir los más jóvenes!), y hoy están los imitadores de Messi, de Ronaldo, o alguna otra mega estrella ahora sí al alcance de la mano a través de la pantalla, aunque jueguen en el lugar más alejado de la tierra.
Pero después el tiempo, la vida, las circunstancias que fueran -incluyendo las condiciones técnicas (tenerlas o no)-, determinaron que pudiéramos ser solamente jugadores aficionados. En el caso de quien esto escribe incursiones “oficiales” con la camiseta del antiguo Deportivo Penales (antes que el club dejara de hacer fútbol allá por los ’70), o más tarde en Sarmiento, Pampero de Ataliva y algún breve paso por Independiente de Doblas… Aún lejos de esos poderosos All Boys de tantos torneos regionales, o de ese Atlético Santa Rosa que se dio el gusto de ser el primero -y el único en estos lares- en disputar un torneo Nacional.

Los grandes de por aquí.
Hubo por aquí tremendos jugadores que resultaron reconocidos por la afición: Juan Carlos Facio, Edilio Zabala, Pity Kraemer, el Gato Villalba, los hermanos Estergidio y Julio Pérez, Carlitos Aymú, por nombrar algunos alboyenses; o Cacho Peralta, Alberto Pereyra, el Ruso Marusich, Ricardo Galera, y Tito Mansilla y Daniel Petrucci más aquí, entre tantos otros de Atlético Santa Rosa. O aquellos del equipo de Belgrano de 1978 que iba a dejar en el camino al gran All Boys, con los hermanos Gustavo y Miguel Díaz, Corita, Horacio Rosales, Chachi García, Ñoqui Lescano…
Se podrían mencionar cientos que estuvieron por encima de la media… Y de todos ellos sólo unos pocos lograron llegar al profesionalismo: los Mac Allister, Claudio Biaggio, Daniel Martínez (hoy médico de la selección), el Pampa Gelabert, y algunos más. Pocos, muy pocos entre tantos. Lo que quiere decir que fácil no debe ser.

Los veteranos.
La cuestión es que uno juega al fútbol desde siempre, y desde hace un tiempo -por suerte- puede estirar por muchos años la posibilidad de despuntar el vicio. Los torneos de veteranos, la proliferación de canchas en mejor estado que posibilita que un grupo de amigos se encuentre periódicamente para sentir esa adrenalina que se apodera de uno desde que empieza a cambiarse para ir a jugar… Desde la ceremonia del vendaje -que no todos saben usar-, pasando por tener el calzado adecuado, ponerse los cortos y llevar un poco de “pomada” para masajear las rodillas si hiciera falta…
El reciente torneo de veteranos que se jugó por aquí la semana anterior desbordó los hoteles de la zona con la presencia de 3.000 futbolistas, conformando 130 equipos de distintas categorías: desde los más “jóvenes” llegando a los 40, hasta aquellos que superaban largamente los 60 años. Y hasta la excepcionalidad de un jugador que, con sus 81 años a cuestas, se dio el gusto de participar como uno más…

La camaradería.
Era increíble en esos cuatro días que duró el torneo advertir el clima de camaradería, de auténtica alegría que se dibujaba en los rostros de los protagonistas de todas las edades, que gozaban verdaderamente de esa locura que solamente el fútbol puede mostrar. Es verdad que una vez en competencia -por más años que se tengan encima-, todos quieren ganar, pero al cabo lo más importante era jugar, estar ahí, sentir la emoción de ver la pelota flamante rodando por la cancha, de usar la vestimenta de un equipo y sentir que el referí es “de verdad”, y está allí para dirigir un partido que parece oficial.
Obviamente no pude ver todo el campeonato -sólo pedazos de algunos partidos de distintas categorías-, y lo viví desde adentro por primera vez (aunque creo que ya van 14 ediciones) porque alguna otra oportunidad que me invitaron decliné jugarlo.

Nuestro equipo.
Pero esta vez era aquí, a la vuelta de casa, y el llamado de Jorge Miceli (“Tarro”) fue un acicate… Después la conversación con “Pantera” Rodríguez -habitual protagonista de estos torneos- me convenció. “Van a jugar Julio y Estergidio Pérez, Cacho Ledesma, ‘Pucho’ Arroyo (ex Estudiantil de Castex)… vamos a hacer ruido. Sumáte”, me dijo.
Todo fue apenas un par de semanas antes, algún “picado” para “conocernos” un poquito más, y el inicio del torneo. Dos empates al comienzo del campeonato, y luego sí tres triunfos al hilo para consolidar lo que ya era una buena actuación. En otras canchas jugaban los “otros” veteranos de La Pampa -podría decirse el equipo oficial de la Liga que los agrupa-, que aún con buenos jugadores no podrían avanzar a la instancia semifinal.

Los arcos, allá lejos.
En realidad nuestro grupo parecía, al principio, como integrado por los kelpers del torneo… nos tocaron nuestros primeros partidos en canchas del Regimiento de Toay -casi parecía que jugábamos un torneo distinto al resto que lo hacía en La Barranca o en el Ricardo Forestier- que estaban lejos de ser más o menos potables, y el bueno de Horacio Tessitore (parte de la organización) se tuvo que aguantar las quejas -las nuestras, y las de los ocasionales rivales-: “La gente mayor tiene que jugar en terrenos que estén en condiciones…”, se le reprochaba, a la vez que se discutía por las dimensiones de una cancha donde los arcos les quedaban verdaderamente “lejos” a los delanteros (¿cuánto medía la cancha n° 14 del Regimiento?).

Buena campaña.
Pero no obstante el equipo, nuestro equipo (Granjas Argentinas La Pampa, se llamó) se fue consolidando, asentado en la calidad y la experiencia de Estergidio Pérez y de Cacho Ledesma, la vigente jerarquía de Julio Pérez, las pinceladas de Bocha Olguín, la confianza que brindaba “Pucho” Arroyo desde el fondo; la picardía de José Miranda ocupando el arco pese a sus dificultades físicas; la enjundia de Ricardo Valerga, de Mingo Campo (llegó desde Marbella, donde vive hoy en día, especialmente para jugar); y la entrega de todos: de “Tarro” Miceli (que se movió como loco para organizar la participación del conjunto), Pety Ojeda (sabe jugar), del Chileno Salazar, de Cacho Pena, del profe Coghland, de Juan Machuca (llegado de Trenel), de René Fernández (Anguil) y del buen delantero que es Eduardo Gelabert (padre del Pampa, jugador de San Martín de San Juan). Y para completar el equipo Héctor Cuevas en las veces de delegado.

Un lindo grupo.
A medida que pasaban los partidos el físico -poco preparado, vale admitir- empezó a pasar factura: lesiones de los dos mejores (los Pérez, aunque Julio iba a jugar hasta el final aún en una pierna), de Mingo, de Ricardo Valerga, y “pinchazos” y “tirones” inoportunos en varios más hicieron mella. Pero todos se la aguantaron hasta el último partido, el domingo a la mañana. Nada menos que siete partidos en cuatro días, llegando a semifinales y dejando afuera a Córdoba, nada menos (allí estuvo Raúl Carballo, ex Boca Juniors que llegó a jugar una Copa Libertadores), no puede menos que considerarse deber cumplido… ¿O no?
Desde afuera, todos los partidos, Cachete Miranda (hijo de José), Juan Vico, Hugo Detoni, Fabián Braun, Ernesto Olguín, las hijas y nietos del director técnico Pantera Rodríguez, decían presente y colaboraban en lo que podían. Además los queridos ex Belgrano Chachi García, Ñoqui Lezcano y Luis Cora, más otros veteranos como Sergio Guardia y Miguel Rivero, eran un aliciente para cada pase bien dado, o para un despeje apurado y necesario desde el fondo. Y por cuatro días el grupo resultó, casi, una familia.

Las sensaciones del fútbol.
En lo personal hacía mucho tiempo no experimentaba una sensación así. Y lo digo sin rubores: me sentí feliz de compartir ese grupo, de apreciar el aliento de Estergidio, de Cacho, de todos…
Se podrá decir que no parece posible que alguien se pueda sentir feliz simplemente por entrar a una cancha a disputar un partido de fútbol, por vivir esa sensación de acariciar una pelota, o de gritar un gol. Se podrá argumentar que hay cosas que son mucho más importantes que eso… y nadie lo niega. Pero…
El que así lo piense debe ser -necesariamente- alguien que nunca jugó a la pelota… Seguramente.
Algo más. El manager Bill Shankly, por años al frente del Liverpool inglés, solía definir en una frase de qué se trata: “Algunos creen que el fútbol es sólo una cuestión de vida o muerte, pero es algo más que eso”.
¿Exageración? ¿Una expresión grandilocuente? Puede ser… pero de alguna manera resume lo que siente un futbolero. Algo que aquellos -esos que varios párrafos más arriba ya se alejaron de la lectura de esta página- no logran entender. Ni lo lograrán nunca.
Ah! Finalmente: sí, el jugador con la camiseta número 21 en la espalda era yo…

“Penal más largo”.
El hermoso cuento de Osvaldo Soriano, “El penal más largo del siglo”, refiere a un partido que definía un torneo, entre Estrella Polar -club de billares y mesas de baraja, boliche de borrachos…-, frente al siempre fuerte Deportivo Belgrano, “el eterno campeón, el de Padini, Constante Gauna y Tata Cardiles”.
El Gordo refiere que tenía 15 años cuando -según narra- sucedió aquello, y dice que esos jugadores le parecían “viejísimos. Díaz, el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En el campeonato participaban dieciséis clubes y Estrella Polar siempre terminaba más abajo del décimo puesto”, cuenta el escritor.
Las canchas se llenaban para ver perder “de una buena vez” a Estrella Polar. Sus jugadores festejaban y “por las noches su gente aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaba botellas de vino refrescadas en la tierra húmeda. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana y la gorda Leticia se quejaba de que se comieran los restos del pollo que ella guardaba en la heladera. Eran la atracción y en el pueblo se les permitía todo”.

El día de la final.
Pero, cuenta Soriano, un día pareció que algo cambiaba: “Deportivo Belgrano los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que la normalidad empezaba a restablecerse. Pero el domingo siguiente los de Estrella Polar ganaron 1 a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron a la primavera con apenas un punto menos que el campeón”, describe El Gordo.
“El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El estadio estaba repleto y los techos de las casas también. Todo el mundo esperaba que Deportivo Belgrano repitiera los siete goles… El día era fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los árboles”, pinta la escena el escritor.

El penal.
Por si acaso estaba convenido que el árbitro debía otorgar un penal a favor de Deportivo B elgrano. Era Herminio Silva, Un epiléptico que vendía las rifas del club local… Los de Belgrano se tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y daban volteretas”, pero como con el empate Belgrano era campeón Silva no daba la pena máxima… no obstante cuando imprevistamente Estrella Polar se puso 2 a 1 con un tiro libre el referí pensó en conservar su empleo y sobre el final del juego pitó un penal inexistente para el Deportivo Belgrano.
Pero enseguida un defensor de la Estrella Polar le metió un piñazo y durmió al árbitro. Batahola imaginable y el Tribunal de la Liga que decide que “debían jugarse 20 segundos a partir de patearse el penal…”.
“El duelo entre Constante Gauna, shoteador de Belgrano, y el Gato Díaz al arco, tendría lugar el domingo siguiente, en el mismo estadio a puertas cerradas. De manera que el penal duró una semana y fue (…) el más largo de toda la historia”.
Hubo cabildeos y reflexiones, porque Constante pateaba siempre a la izquierda… pero el Gato Díaz sabía; y el shoteador sabía que el arquero sabía…
El relato del Gordo Soriano apunta que el propio intendente le pidió a la rubia de Ferreyra -de la que el arquero estaba enamorado- que fuera su novia… por lo menos hasta que atajara el penal… Y hasta le envió flores a la mujer de parte del Gato.
El arquero por un momento se creyó el novio, y en una salida a pasear en bicicleta le preguntó a la rubia: -¿Y si no lo atajo?
-Entonces quiere decir que no me querés -respondió la rubia.

Ataque de epilepsia y penal que no vale.
El domingo siguiente todo estaba listo para ejecutar el penal: Silva “se llevó el silbato a la boca y sopló con todas sus fuerzas. Pero un ataque de epilepsia le impidió al referí ver lo que pasaba: la atajada del arquero. “Cuando todo Estrella Polar se tiró sobre el Gato Díaz, el juez de línea corrió hacía Herminio Silva con la bandera parada y desde el paredón donde estábamos sentados -obviamente fuera del estadio- oímos que gritaba: “¡no vale, no vale!”.
“Hasta que Herminio Silva se puso de pie, desencajado (…) y dijo que había que patear de nuevo porque él no había estado allí y el reglamento decía que el partido no puede jugarse con un árbitro desmayado… Entonces el Gato Díaz apartó a los que querían pegarle al vendedor de rifas de Deportivo Belgrano y dijo que había que apurarse porque esa noche él tenía una cita (con la rubia) y una promesa y fue otra vez bajo el arco”.

De la gloria a la ruina.
“El pelotazo salió hacia la izquierda y el Gato Díaz se fue para el mismo lado con una elegancia y una seguridad que nunca más volvió a tener. Costante Gauna miró al cielo y después se echó a llorar. Nosotros saltamos del paredón y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, el grandote, que miraba la pelota que tenía entre las manos como si hubiera sacado la sortija de la calesita”.
Y cuenta Soriano: “Dos años más tarde, cuando él era una ruina y yo un joven insolente jugador, me lo encontré otra vez, a doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en puntas de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo de matrimonio que no era de la rubia de los Ferreyra sino de la hermana del Colo Rivero, que era tan india y tan vieja como él. Evité mirarlo a los ojos y le cambié la pierna; después tiré de zurda, abajo, sabiendo que no llegaría porque estaba un poco duro y le pesaba la gloria.

Vas a contar…