Un artista en el semáforo

ADEMAS DE LIMPIAVIDRIOS, SE VEN ALGUNOS BUENOS ARTISTAS CALLEJEROS

Desde hace mucho tiempo Santa Rosa -como casi todas las capitales del país, o las ciudades más grandes- se han visto invadidas de jóvenes y aún personas mayores que, en los semáforos, limpian los parabrisas de los autos. Pero también están los que, en algunos casos, hacen distintos malabares.
Por supuesto no faltan los clásicos “trapitos” en distintas cuadras, prestos a ofrecer lavar el auto a quien tenga que estacionar por el lugar. Pero en las esquinas el “trabajo” es distinto: allí se dispone sólo de un par de minutos, tanto para enjuagar el parabrisas y pasarle un cepillo, o para mostrar alguna habilidad que despierte la curiosidad y la simpatía de los conductores.
Es verdad que la proliferación -hay cientos en distintas esquinas-, hacen que no pocos santarroseños se muestren disgustados con esas presencias. Gente que ni los mira, que pretende ignorarlos y hasta se llegan a enojar cuando alguien se pone demasiado insistidor.

Juntar unos pesos.
Pero allí están, con su intención de juntar algunos pesitos, “para la birra”, un sándwich o lo que sea… No son pocos los que de esa manera llevan el sustento a sus hogares. Son personas con necesidades, muchas de los cuales tienen familia y no encuentran trabajo… Aunque no faltan los que aseguran que están los que no lo buscan con demasiado ahínco.
Algunos los comprenden y se interesan -más o menos- en lo que hacen. Otros francamente los aborrecen. Y así están las cosas.

También artistas.
Pero en ese diario transcurrir por la ciudad -en los últimos días- se pudo ver en distintas esquinas, obviamente donde hay semáforos, jóvenes que sorprenden con sus destrezas: concretamente artistas -porque eso es lo que demuestran ser- que parecen salidos de algún espectáculo circense.
En una esquina, con una velocidad digna de Carl Lewis, un joven coloca una cinta elástica de una vereda a la de enfrente -adosada a las columnas de uno y otro lado- y camina por allí, y salta, y va de un lado a otro… y de verdad dan ganas de aplaudirlo.

El flaco del monociclo.
Pero no es el único: otro flaco, subido a un alto monociclo -en el semáforo de Villegas y Avenida Uruguay- subido al artefacto se coloca y hace equilibro con una pelota de fútbol en la cabeza, mientras al mismo tiempo lanza al aire varias clavas para hacer malabarismo… una prueba verdaderamente dificilísima… ¡y si ese muchacho no es un artista!. Y lo cierto, claro que sí, es que a él también dan ganas de aplaudirlo.
“Me llamo Ignacio Nicolás Mauricio -dice ante la curiosidad del cronista-, y estoy paseando unos días en Santa Rosa, visitando a mi mamá”. Agrega que ella -su madre- se llama Carina Gabriela Castillo, “y también es artista, porque es fotógrafa”.

Viviendo en Brasil.
“¿Si vengo de algún circo? No, nada que ver: aprendí malabares y destrezas en un Colectivo Social y Cultural que había hace algunos años en la calle Juan XXIII… Y sí, me gusta mucho esto que hago”, agrega.
Hoy el joven, que tiene 25 años, y que está viviendo en Mato Grosso do sul, en Campo Grande, está de regreso por algunos días en esta tierra de la que fue hace 7 años, detrás de esa “locura” de conocer, de sentirse libre y ser feliz… “Ahora estoy viviendo en Brasil, donde vivo bien con lo que hago (dice recaudar unos 20 mil pesos argentinos por mes)… no pienso en venirme, porque allá tengo mi hijita, Frida Esmeralda, que tiene tres añitos”, dice con una sonrisa.

El espectáculo continúa.
Con su arte ha viajado por Sudamérica, y estuvo afincado algún tiempo en Bolivia, pero también en Paraguay y ahora Brasil… “Claro que me gusta lo que hago, pero tengo el sueño algún día, porque todavía soy joven, de venir a Buenos Aires a estudiar Arte Escénico… Sí, lo voy a hacer, seguro”, dice convencido.
Pregunta cuándo saldrá su foto en el diario -esa que la acaban de sacar-, saluda amable y vuelve al centro de la calle para cumplir con su rutina, al cabo el escenario para continuar con su show… que de verdad, es muy bueno.