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Un sismo que desconcertó a propios y ajenos

FERNANDEZ, DE KIRCHNER

Este cambio de frente entusiasma a algunos e irrita a otros dentro del peronismo. Varios precandidatos ya desistieron (Agustín Rossi, Felipe Solá), otros ratificaron su participación (Daniel Scioli) y hay quienes vacilan entre competir o aliarse (Sergio Massa).
Por Horacio Verbitsky
La candidatura presidencial de Alberto Fernández postulada a las 5 de la mañana del sábado 18 por Cristina es uno de esos sismos con los que sólo Perón, Menem, Alfonsín y Kirchner solían trastornar el escenario político y desconcertar a propios y ajenos. En todos los casos, mostraron por un lado la centralidad de quien adoptaba la decisión inesperada y por otro la búsqueda de una salida a un encierro. Algunos lo lograron, otros se agotaron en la sorpresa.

El pacto Perón-Frigerio.
El Pacto negociado por Perón y Frigerio permitió romper en 1957 los planes continuistas y proscriptivos de la Revolución Fusiladora y lograr la recuperación de algunos derechos y garantías para los dirigentes sindicales y políticos y un programa opuesto a la reprimarización de la economía y su dependencia de Gran Bretaña. Pero no fue una alianza duradera.

La fórmula Framini-Perón.
En 1962, la fórmula Framini-Perón para la gobernación bonaerense desbarató las maniobras del neoperonismo contra el ex presidente, que contra lo que pueda pensarse en forma retrospectiva, fue siempre cuestionado y discutido, desde adentro y desde afuera. Por supuesto, fue vetado y lo sustituyó un dirigente de segunda línea, Francisco Anglada, de Las Flores. Esa fórmula venció al candidato del oficialismo y precipitó el golpe contra el presidente Arturo Frondizi, pese a su intento de intervenir la provincia para impedirlo. Mostró la fuerza de Perón pero también sus límites.
En aquel caso, que poco tiene que ver con el actual, construyó un eslabón más de la larga cadena que culminó diez años después con su regreso a la Argentina.

Mover la Dama.
El mismo sentido tuvo en 1966 el viaje a la Argentina de Isabel Martínez, para incidir en las elecciones provinciales de Mendoza, donde Augusto Vandor impulsaba un peronismo sin Perón. La candidatura peronista de Ernesto Corvalán Nanclares permitió que los demócratas conservadores ganaran la elección provincial pero liquidó el proyecto vandorista encarnado por Alberto Serú García. Apenas dos meses después un nuevo golpe derrocó al gobierno radical de Arturo Illia, para impedir una victoria nacional del peronismo en las próximas elecciones presidenciales.

Los comandantes al banquillo.
El juicio a los ex comandantes anunciado por Alfonsín en cuanto asumió la presidencia fue un extraordinario gesto de fortaleza de un presidente que nació y terminó débil. Sin esa audaz propuesta, que interpretó los mejores valores que aún perduraban como rescoldos en la cenicienta sociedad argentina hubiera sido derrocado como tantos de sus predecesores y si no pudo concluir su mandato fue por su inhabilidad para el manejo de la economía y el exceso de concesiones que hizo a los poderes fácticos. Ese riesgo está presente ahora.

El Pacto de Olivos.
Con la reforma constitucional acordada en el Pacto de Olivos de 1993, Menem logró la habilitación de una nueva candidatura al concluir el mandato único para el que había sido electo, y Alfonsín aseguró la supervivencia de la UCR, con el tercer senador por provincia, y un lugar en la mejor historia nacional con la constitucionalización de los tratados internacionales de derechos humanos. Fue la más equilibrada de esa serie de transacciones, por más que Alfonsín desilusionara a quienes creían posible organizar un frente opositor que acabara con el ruinoso experimento neoliberal.

La creación de la Primera Alianza.
Una vez más Alfonsín anunció en 1998 el acuerdo con el FREPASO para desalojar del gobierno al menemismo en las elecciones del año siguiente. Pero el candidato fue Fernando De la Rúa y su desastroso gobierno terminó con la crisis de 2001.

Pingüino o pingüina.
En 2006, Kirchner concibió la idea de que Cristina lo sucediera al año siguiente, sin buscar la reelección. Como cuenta la ex presidente en Sinceramente, pensaba que necesitaban no menos de 20 años para asegurar la transformación del país, y la alternancia entre ambos era la manera de impedir que el poder se les escurriera al transcurrir el segundo mandato de quien fuera reelectx.
Lo que no dice allí es que Kirchner supo que el diputado Maurizio Macrì pensaba dejar la Capital y postularse para la gobernación bonaerense, por lo cual necesitaba un candidato que lo disuadiera o lo venciera, y sólo se le ocurrió Daniel Scioli. Ante la objeción de que había tiempo para instalar un candidato propio para una elección en la que además Cristina traccionaría al postulante bonaerense, Kirchner replicó: «Es al revés. Necesitamos alguien que traccione a Cristina, porque si no ganamos en primera vuelta, se unen todos y nos liquidan en la segunda». De allí a la candidatura presidencial de Scioli en 2015 siguieron una serie de episodios que mostraron fortalezas y limitaciones del proyecto que hasta hoy encarna Cristina.

Blues de Balcarce 50.
Activo partícipe de la candidatura presidencial de Duhalde en 2009, Alberto Fernández se acercó a los Kirchner al constituirse el Grupo Calafate y fue su puente para el desembarco del matrimonio provinciano en Buenos Aires. Eficaz jefe de gabinete durante los años de la reconstrucción de un país en ruinas, formó parte de la mesa chica que comandaban el presidente y su esposa y a la que también se sentaba Carlos Zannini.

Cuando Cristina asumió la presidencia, Alberto pensó que él podría manejar el gobierno o, a lo sumo, que se trataba de un trío presidencial. «Durante el día acuerdo una línea con Cristina, pero a la mañana siguiente viene con otro planteo después de hablar con Kirchner», dijo durante las tensas negociaciones con la Mesa de Enlace de las patronales agropecuarias, que culminaron con su sorpresiva renuncia el 23 de julio de 2008, pocos días después del voto no positivo del vicepresidente Julio Cleto Cobos. Su explicación es que, de otro modo, sería removido, como ocurrió con el secretario de agricultura Javier de Urquiza, dos días antes. Cristina ya le había ofrecido el cargo a Sergio Tomás Massa, de lo que tendría tiempo para arrepentirse. Once años después, se ofrece con candidata a vice de Alberto y Massa asoma como postulante a la gobernación bonaerense, aunque todo parece indicar que tanto Cristina como Alberto preferirían a Axel Kicillof. Massa podría ocupar un cargo en el gabinete. Cristina escribió en Sinceramente que el kirchnerismo nació con la resistencia de las patronales agropecuarias, la estatización del sistema jubilatorio, la ley audiovisual y la recuperación de Aerolíneas Argentinas. Son algunas de las cosas que Alberto cuestionó, lo cual señala contradicciones que todos están dispuestos a superar ante la gravedad de la situación económica y del contexto regional y global. Una frase que se escuchó entre otras explicaciones fue que no se trata de lo mejor, sino de lo posible.

Ir y venir.
Fernández deambuló años sin encontrar un sitio. Todos reconocen su habilidad como operador, pero no pudo mostrarla como jefe de campaña de Sergio Massa ni de Florencio Randazzo, en elecciones sucesivas y en contra de Cristina, porque no se puede ser operador de la nada. Su acercamiento a la ex presidente, bajo la consigna sin Cristina no se puede, sólo con ella no alcanza, traza una línea que llega hasta el anuncio de la madrugada, pasando por la presentación del libro en la Feria, donde ella le hizo un cálido reconocimiento.
Algunos allegados dicen que la decisión se tomó al día siguiente de esa imponente reaparición. Otros replican que Cristina la viene madurando desde hace meses porque, como dijeron tanto ella como su hijo, para gobernar hace falta una coalición más amplia que para ganar la elección. Macrì deja una deuda en dólares superior a la que heredó Kirchner y con el agravante de que cerca de la mitad es con el acreedor más implacable: el Fondo Monetario no sólo exige cobrar, sino que también pretende gobernar el país víctima.
El gobierno nacional está dilapidando cada dólar que consigue con el propósito de sostenerse hasta los comicios de octubre. Según la Agencia de Administración de Bienes del Estado, AABE, en los últimos dos años y dos meses, el gobierno vendió inmuebles del Estado por 1.131.120 millones de dólares. El gobierno de Estados Unidos lo apoya en ese intento. Si lo consigue, consumará su proyecto de exclusión. De lo contrario, tratará de que las consecuencias las pague el que venga. Varios lectores de El Cohete y Hebe de Bonafini venían planteando que Cristina debía preservarse de esa alternativa.
Enfrentar esa coyuntura requerirá un acuerdo que involucre a todos los partidos políticos y los sectores económicos (a los que Cristina se refiere en su libro y sobre los que se explayó en la presentación) y sociales. Máximo lo extendió a los medios de comunicación, lo que vale más como un señalamiento de su responsabilidad que como una hipótesis viable.
Está por verse cuál será el balance (cuantitativo) entre lo que sume y reste la nueva fórmula.
El miércoles, cuando la Asociación de Magistrados fulminó a Alberto Fernández con un comunicado virulento porque se permitió criticar la actuación de algunos jueces que dan vergüenza ajena, el abogado de Cristina, Alberto Beraldi, le dijo a su defendida que Fernández era una persona extraordinaria. Ambos son profesores universitarios y Cristina suele azuzarlos con cuestionamientos a la enseñanza teórica de un derecho que no es el que se aplica en los tribunales del país. Ese mismo día, Cristina visitó la sede del Partido Justicialista, que preside José Luis Gioja. Allí dijo que era preciso formar una gran coalición que permitiera derrotar al macrismo y que ella colaboraría en el lugar que fuera necesario.
El sábado después del anuncio de la fórmula, Beraldi la llamó para felicitarla. «No era para tanto lo que te dije de Alberto», chanceó. También recibió el beneplácito de Gioja, quien le dijo que le hubiera gustado saberlo el día del encuentro en la sede partidaria. «Ni Alberto lo sabía en ese momento», le respondió.
Al principio, Alberto parecía uno más de quienes se acercaban con la ilusión de tener los votos de Cristina pero sin ella al frente. Cuando definió una posición menos especulativa y dijo con todas las letras que si ella era quien tenía los votos, carecía de sentido pensar en otra candidatura, Cristina imaginó la combinación que ahora comenta todo el país.
Hará falta tiempo para evaluar sus varios aspectos, entre los que Cristina mencionó la aptitud electoral y la capacidad para gobernar, que a su vez tiene varias facetas. El impacto fue logrado con creces, pero es prematuro pronunciarse sobre el resto.

Del entusiasmo a la irritación.
Este cambio de frente, sorpresivo y complejo, entusiasma a algunos e irrita a otros dentro del peronismo. Varios precandidatos ya anunciaron su desistimiento (Agustín Rossi, Felipe Solá) pero otros ratificaron su participación (Daniel Scioli) y hay quienes vacilan entre competir o aliarse (Sergio Massa, a quien algunos quieren como candidato en la provincia de Buenos Aires pero Alberto y Cristina preferirían en un cargo ejecutivo). Con el intacto pragmatismo, el mismo sábado apareció la primera pintada con la fórmula en Hurlingham, donde Juanchi Zabaleta busca la reelección como intendente.
Sólo algunos marginales, como el ex senador Eduardo Duhalde, quien siempre sabe más que nadie; el ex secretario de comercio Guillermo Moreno o el multioperado multioperador Julio Bárbaro cuestionaron la fórmula, además de la izquierda marxista y los partidarios del gobierno, que para eso están.
Desde el Peornismo Federal, Micky Vanilla fue el primero en tirarse contra la fórmula, ninguneando a Alberto. Esto es exactamente lo contrario de lo que piensan desde la izquierda. Será muy interesante medir la repercusión en las redes desde el punto de vista cualitativo. Pero el Partido Justicialista saludó la decisión como un valioso aporte, lo cual tampoco significa que cada uno de sus integrantes siga en esa dirección. Lo mismo hicieron el secretario general de la CGT, Héctor Daer y la Corriente Federal de Trabajadores. Lo mismo se recibe desde la CTA aunque hasta el cierre de esta edición no había declaraciones oficiales.
El reelecto gobernador cordobés, Juan Schiaretti, afirmó que Cristina forma parte de otro espacio político. Una de las vertientes que se acercaron a Cristina desde la izquierda no marxista, considera la fórmula un viraje conservador y hubo lágrimas entre quienes entienden que Cristina era la única candidata de los trabajadores y de los pobres. La lógica de la decisión es que también ellos la pasarán mejor con una coalición amplia que ponga límite al avasallamiento adicional de sus derechos.
Desde otra vertiente afín también se señala que Cristina se sitúa como principal líder político del país y «deja constituido el instrumento político apto para derrotar en elecciones el programa de Macri (no importa quién sea candidatx de Cambiemos): un frente patriótico antimacrista» en el que la candidatura «del ultra-acuerdista Alberto Fernandez puede resolver el obstáculo que imponía la figura de Cristina a la idea del contrato, la unidad y giro al centro». El presidente que surgiera de este dispositivo garantizaría a los poderes «un acuerdo sincero junto a una vice que conserva el poder político suficiente para asegurar un programa mínimo de reconstitución de derechos».

Una recesión encadena 11 meses de caída.
El Presidente Mauricio Macri se abstuvo de festejar el primer cumpleaños del acuerdo entre su gobierno y el Fondo Monetario Internacional con el entusiasmo con que nos anunció su nacimiento. Aquel 8 de mayo de un año atrás, Macri comunicó la buena nueva con un mensaje grabado en la Casa Rosada. Desde entonces, el crecimiento planeado ha devenido una recesión sin fondo ni final que encadena once meses consecutivos de caída de la actividad económica. El repunte modesto que la industria y la construcción habían insinuado en el verano se revirtió sin concesiones en marzo. Las últimas cifras difundidas por el INDEC muestran que ambos sectores, además de acumular en los últimos doce meses un deterioro de 13% y 12%, respectivamente, han vuelto a caer respecto del mes anterior: 4,3% la industria y 3,5% la construcción.
La única crisis que el préstamo del FMI ha logrado evitar por ahora es la que estallaría en el corazón de Cambiemos si esos recursos dejaran de alcanzarle al gobierno para permitir que los argentinos sigan dolarizando sus ahorros sin límite alguno y pagar lo que les debe a los acreedores privados que financiaron ese dispendio. Durante los siete meses que faltan hasta el balotaje, el equipo económico tiene un solo objetivo: ahorrarle el disgusto a Macri de tener que elegir cuál de esos dos compromisos prefiere quebrar para seguir cumpliendo el otro. La decisión de la cúpula gerencial del FMI de autorizar que el Banco Central utilice los dólares prestados para intentar frenar futuras corridas del tipo de cambio es un sincericidio que confirma que la principal meta cuantificable del programa stand-by es el 51% de votos que necesita sumar Macri para ganar en segunda vuelta.
No sabemos si el FMI le ha impuesto algún tope a la cantidad de dólares que el Banco Central podrá vender en el mercado cambiario porque concedió el permiso informalmente, mediante un comunicado carente de detalles de su Subdirector Gerente, el estadounidense David Lipton, sin un informe del staff que explicara la modificación del acuerdo ni una reunión del directorio que la aprobara. La descripción de la nueva política cambiaria publicada por el Banco Central sugiere que, al menos en teoría, no lo hay: mientras el precio del dólar se mantenga por debajo de $51,44, “el monto y frecuencia” de las ventas de dólares del Banco Central “dependerá de la dinámica del mercado”; por encima de ese precio, el Banco Central podrá realizar “intervenciones adicionales” de U$S 250 millones o más por día “para contrarrestar episodios de excesiva volatilidad si lo considerase necesario”. Pero, en la práctica, son dos los límites insoslayables: el monto de las reservas netas del Banco Central que pueden venderse porque no son propiedad o garantía de terceros (como el swap con China y los encajes que respaldan depósitos en dólares de clientes bancarios) y la cantidad de dólares que el gobierno debe retener en la cuenta del Tesoro para que el mercado no concluya que la deuda externa es impagable, más allá de cualquier resultado electoral.
El Banco Central no publica el monto de sus reservas netas y los analistas que se toman el trabajo de calcularlas difieren en cuanto a método y resultado. Evitemos sumar a la confusión y demos por buenas las sumas y restas del propio FMI, que en su último informe las estimó en U$S 22.000 millones al 31 de marzo. Desde entonces no han variado mucho porque el gobierno ya gastó para pagar deuda, cubrir déficit y satisfacer demanda de dólares un monto equivalente a los U$S 9.600 millones del FMI que las engrosaron transitoriamente en abril. La cuenta es sencilla. Si el mercado decidiera testear la convicción intervencionista del Banco Central, esos U$S 250 millones diarios (más los U$S 60 millones que ya vende diariamente el Tesoro para “soporte fiscal”) durarían unos tres meses.
Los U$S 5.400 millones adicionales que el FMI podría prestarle al gobierno en junio, si su directorio aprueba el último arrebato heterodoxo de sus gerentes, le alcanzarían para un mes más. Casi, casi hasta las elecciones. Con una salvedad, los dólares que se venderían son los mismos dólares que se precisan para pagar la deuda. Y como ya lo señaló el Fondo en su informe de marzo, tanto la deuda total como las necesidades de financiamiento de este año exceden los niveles considerados de alto riesgo según sus propios criterios de auditoría.
Por Sebastián Soler