Inicio La Pampa "Una lástima que todo esté igual o peor"

“Una lástima que todo esté igual o peor”

ANGEL GARAY, EL HOMBRE QUE LE ESCRIBIO A PERON

Este miércoles que pasó manejó de un tirón la distancia que separa Viedma de la capital de la provincia de La Pampa… lo hizo solo, conduciendo su moderna camioneta Chevrolet S10, a una velocidad crucero de 130 kilómetros por hora. “Para no gastar demasiado combustible”, habría de explicar. Cualquiera diría que no se trata en realidad de ninguna hazaña fantástica, pero quien acceda a conocer al protagonista del viaje tendrá -seguramente- un motivo para el asombro. Porque resulta que el hombre anda ya por los 98 años.
Se llama Ángel Garay. Dicho así un nombre casi común, que a muchos les dirá poco y nada, pero todo cambia si se aclara además que es el policía que hace nada menos que 72 años le dirigió una carta al mismísimo General Juan Domingo Perón -entonces presidente de la Nación-, para contarle de la angustiante situación que soportaban en el oeste de nuestra provincia los pobladores de las márgenes del río Atuel, provocando la muerte de personas -entre ellas muchos niños- y una notable mortandad de animales.

Volver a Paso de los Algarrobos.
Garay aguardaba sentado en la oficina de Relaciones Públicas de la Jefatura de la Policía provincial, esperando al equipo periodístico de LA ARENA. Estaba acompañado del titular de la fuerza que se había acercado a saludarlo. “Estamos viendo, si él tiene ganas, de llevarlo otra vez a Paso de los Algarrobos y que vea cómo está aquello después de tantos años”, dice el comisario Roberto Ayala.
Garay llegó a Santa Rosa convocado por una familiar que está enferma, y que quería verlo. Se incorpora inmediatamente ante el ingreso del periodista y estira su mano… su gesto es firme, y la fuerza del apretón se hace sentir de manera tal de sorprender a quien lo recibe.

No usa anteojos para leer.
Chomba blanca, pantalón oscuro y rompevientos azul, Garay se muestra vital y con muchas ganas de conversar… No se necesita mucho para que entre en clima y hable animadamente… “Sí, estoy casi en los 98, y me siento bien. Me vine desde Viedma manejando tranquilo… tengo comprobado que poniendo la camioneta a andar a 2.000 revoluciones se viaja a 130 kilómetros, y el consumo de nafta no es tanto”, dice con un conocimiento que llama la atención. “¿Si viajo solo? Casi siempre, y ahora también… me siento bien, si ni siquiera necesito anteojos para leer”, comenta afirmando que nunca fue operado de la vista. Cabe señalar que es un hombre que, obviando su edad, supo acomodarse a los tiempos de la tecnología y la computación: “Sí, claro que uso celular, por supuesto… y también tengo una computadora y navego en internet”, indica con total naturalidad.

Sin pedir permiso a nadie.
“Hace poco fui al médico, me hice todos los estudios y me encontró muy bien, pero me jorobó porque me dijo que iba a poner una observación: que no debo manejar de noche. ¿Pero por qué si veo mejor que él?”, comenta y se ríe con una carcajada para nada estentórea. “La verdad es que a veces no le hago caso y un poco manejo de noche… me gusta andar, y por ahí me voy al Puerto, o a Las Grutas, o a Bariloche… Los otros días uno de mis hijos me andaba buscando porque hacía dos o tres días que no me veía, y cuando me llamó le conté que estaba en Mar del Plata… ¿Y qué haces ahí solo?, me dijo. ‘¡Y qué, no te voy a pedir permiso a vos!’, le contesté”, y vuelve a sonreírse.

Tostados y mermelada.
Su voz suena clara, como la de una persona mucho más joven. “¿Comer? Como de todo, no hay nada que no me guste… asado sí por supuesto, pero mi comida preferida es el guiso de arroz con un tuco bien hecho. Pero aclaro que soy muy dulcero: hace unos días viajamos a Mendoza porque un bisnieto mío juega al handbol, y como no habíamos comido fuimos a una confitería y pedimos un café y tostados (jamón y queso), pero cuando llegó el mozo no resistí la tentación y le pedí que me trajera un poco de mermelada”, cuenta como si fuera lo más normal ese “agridulce” particular que se inventó entre los “Carlitos” y el dulce con que untó el pan de los sandwiches que iba a comer. “Tenía hambre… qué tiene de malo”, nos mira a los que compartimos la charla y casi no lo podemos creer.

El café, con azúcar.
La comisaria inspectora Claudia Corgniati y el subcomisario Walter Benéitez, jefa y subjefe de Relaciones Públicas de la Policía asisten al diálogo y hacen su aporte. “Recién le ofrecimos café -una gran taza- y le sugerimos si quería edulcorante u otro endulzante… ‘no, yo le pongo azúcar’, nos dijo. Sí, se ve que es dulcero”, comenta el subcomisario.
Y sigue Ángel: “A veces me pregunto por qué es así, con esta edad… pero bueno, siempre llevé una vida sana, no fumo ni tomo alcohol… el cigarrillo lo dejé ya cuando estaba en Algarrobo del Águila, trabajando de telegrafista”.

Nietos y bisnietos.
Ángel sostiene que es santarroseño, pero alguna cuestión de papelerío hace que aparezca asentado como nacido en Pellegrini (provincia de Buenos Aires), y cuenta que tuvo una única hermana mayor que él, Mercedes, quien ya no vive. Narra que en la capital provincial supo trabajar en la antigua tintorería de Britos, que más tarde derivaría en Righetti. Fue allí que conoció a quien sería su mujer, Placeres Felicitas Alcala, quien falleció hace 4 años cuando tenía 88. Tuvieron tres hijos -hoy hay uno fallecido-, y que el mayor anda por los 70 años, los que le dieron nietos y bisnietos. “Ahora una de mis bisnietas cumplió 24 años, y ya le dije que no quiero que me convierta en tatarabuelo… por ahora”, y vuelve a reír.

Ángel Garay, el policía.
Hizo nada más que la escuela primaria, pero se advierte en Don Ángel una inteligencia natural -“sí, es eso”, dice sin pretender ser presumido-, se observa en su manera de expresarse, y en los amplios conocimientos que indudablemente posee. Ingresó a la Policía en 1945 como agente, y se retiró en 1968 con el más alto rango de entonces, comisario mayor. En La Pampa fue policía de Territorios, hasta la provincialización, y después en la misma condición se desempeñó en Río Negro para llegar al punto más alto del escalafón.

El recuerdo de Favaloro.
Rememora que en nuestra provincia tuvo también un paso por Jacinto Aráuz, donde iban a nacer dos de sus hijos, ambos partos atendidos nada menos que por René Favaloro. “Lo conocí bastante… Llegó a Aráuz solo con su maletín y resultó un médico sumamente apreciado. Había alquilado una casa grande, y se movía en sulky para atender a los vecinos, a veces teniendo que ir a algún campo. Después nos enteramos que -ya siendo famoso en Buenos Aires- se mató y fue doloroso, porque para quienes lo conocimos resultaba algo increíble. ¡Qué preocupaciones tendría para llegar a esa decisión!”, reflexiona sobre aquel momento en que Favaloro explicó a través de una carta lo que le estaba pasando.

Futbolista, con Gavazza y Regazzoli.
Ángel es simpático, dicharachero y no elude temas ni preguntas. Obviamente cabe preguntarle qué actividad hace para mantenerse tan bien de tal manera que, quien lo vea, no le adjudicará la edad que tiene. “Hago un poco de gimnasia, y camino, eso hace bien… pero por sobre todo estoy activo todo el tiempo”, completa.
Agrega que en sus tiempos mozos supo jugar al fútbol en el Club Estudiantes, compartiendo equipos con “El Negro Gavazza, que era un gran jugador del club, y también con (Angel) Paloma… (José) Regazzoli era arquero de All Boys y en Belgrano en esa época jugaba Licer Moreno”, aporta con una memoria que resulta admirable.
Le gusta el fútbol, y es hincha de Boca. “¿Dónde vio el partido el 9 de diciembre de 2018?”, le pregunta el cronista aludiendo al River-Boca del Bernabeu, por la Copa Libertadores… “No, ese día no vi nada de televisión”, contesta presto y con una sonrisa eludiendo la chanza del simpatizante millonario.

Informando del desastre.
Precisamente ingresó a la fuerza cuando corría 1945 desempeñándose como telegrafista en Algarrobo del Águila. Dos años después, impresionado por la terrible sequía y las consecuencias del corte del río Atuel, fue que se decidió a escribirle al General Juan Domingo Perón, por entonces presidente de la Nación.
A 72 años de ese suceso Ángel recuerda que no lo hizo como un simple ciudadano, sino en su condición de policía: “Fue un acto de servicio”, manifiesta. E insiste con el concepto: “fue un acto de servicio, no la ocurrencia de un ciudadano en forma particular… y me siento orgulloso de haber actuado de esa manera. Una lástima que después de tanto tiempo transcurrido las cosas estén igual o peor que entonces…”, completa.
“El tiempo ha transcurrido y las cosas están igual o peor”, enfatizó el hombre, quien cargó la responsabilidad de que no se haya hecho nada para remediar la situación en los funcionarios ‘que son los que dejan pasar el tiempo’.
Su carta sería la primera alerta que recibiría el Gobierno nacional del desastre ecológico que estaba produciendo la provincia de Mendoza en el oeste de La Pampa. Su misiva se constituiría en el primer antecedente de la lucha pampeana por el Atuel. Por eso en la Legislatura provincial, en ocasión de un homenaje que se le realizó a Ángel Garay, quedó instituido el 8 de agosto como el “Día por la lucha por el río Atuel”. Era, justamente, el día en que estaba fechada aquella carta a Juan Domingo Perón.

Su vida hoy.
Como quedó dicho, don Ángel vive en Viedma, Río Negro, donde se dedica a “negocios inmobiliarios”. Tiene un buen pasar, y es dueño de algunas propiedades que le permiten vivir sin sobresaltos económicos.
En los últimos tiempos ha sido objeto de diversos homenajes en nuestra provincia, justamente por haber sido el iniciador de una gesta pampeana que aún continúa: en 2015 la Legislatura provincial lo homenajeó -fue declarado ciudadano ilustre-, y el 29 de agosto de 2018 -Día de la Policía Provincial- fue distinguido por la fuerza, por el Gobierno y por el pueblo pampeano por aquella acción que se recuerda siempre.

Cuando el Atuel corría.
Menciona que sólo esporádicamente pudo ver correr el Atuel, y que solamente quedaban algunos bañados naturales de donde bebía la hacienda. El problema empezó “porque en Locovaca había un par de terratenientes que en sus campos hicieron un dique artesanal e impedían el paso del agua”, señala.
Antes de eso había un brazo del río que semejaba un arroyo, y allí se había construido un jagüel de unos dos metros, de donde se extraía el agua para beber… En esa época en la zona había pobladores, también un stock de ganado y pasturas… la gente en general era de los pueblos originarios, y habían construido sus ranchos al borde mismo del río”, se explaya.

La lucha que continúa.
Después la historia conocida. El atropello mendocino, el desprecio permanente de los cuyanos a cualquier reclamo de los pampeanos…
Don Ángel Garay es el testigo más antiguo de tanta injusticia y tanto dolor. Lo señaló primero dirigiéndose -en un acto de servicio, ya quedó dicho- nada menos que al presidente de la República, lo contó en muchísimas oportunidades, y ahora lo reflejará en el libro que está escribiendo desde hace un tiempo en su propia computadora… Don Ángel Garay, un hombre que es un paradigma de lucha y tenacidad. Un ejemplo de la firmeza de siempre de los reclamos de La Pampa. Más precisamente desde aquel 8 de agosto de 1947…

“Familias enteras se iban dejando sus casas”.
“Aquella escena fue espantosa… una señora se acercó llorando y me mostró el
hijo que llevaba en sus brazos envuelto en una manta: estaba muerto… fue terrible. ‘Mire oficial, se me murió por la peste del agua’, me dijo la mujer mostrando el chiquito que tendría poco más de un año”, narra todavía como consternado don Ángel Garay. Era nada más que una terrible muestra de aquel desastre ambiental que estaba provocando el corte del río Atuel.
“Los pobladores se iban de la zona, a caballo, llevando su ropa y sus cosas como podían. Todo eso me impactó de una manera especial… era muy triste ver familias enteras que se iban dejando sus casas abandonadas. No había agua para tomar, y donde había no servía para el consumo: era una gran sequía y una enorme epidemia que llevaba a que murieran personas y animales”, contó en varias oportunidades.
El entonces oficial -telegrafista- señala que a unos 50 metros del destacamento de policía, donde él vivía, estaba la escuela hogar; hecha de barro. “Salíamos con la maestra a caballo a buscar algún animal para darle de comer a los chicos, fue muy bravo todo aquello”.

La carta.
Por eso se decidió, y el 8 de agosto de 1947, desde Paso de los Algarrobos, Ángel Garay, escribió una extensa carta al entonces presidente Juan Domingo Perón.
Decía entre otros conceptos: “El saldo de la larga sequía que atraviesa esta zona genera la muerte del ganado (…) porque en Mendoza se obstruye el curso de las aguas por el cauce de los ríos referidos (Atuel y Salado) por el regadío de campo en el paraje Loncovaca, del que se benefician sólo dos personas”, le refirió al entonces presidente.
En su misiva a Perón el policía telegrafista dejó en claro que tenía en claro que desatendía disposiciones dentro de la repartición, al eludir el orden jerárquico. “Quise cubrirme de alguna manera, pero nunca me sancionaron por eso”, admite.
El entonces presidente habría de tomar, a partir de eso, algunas previsiones. Se dispuso por una Resolución del Consejo de Administración de la Dirección de Agua y Energía de la Nación, que Mendoza debía realizar sueltas periódicas.
Más concretamente se indicaba que debían ser durante 7 días corridos en los meses de enero, marzo y septiembre. Sería la primera normativa sobre el uso compartido que debían hacer los dos estados litigantes por las aguas del río Atuel.
Como se sabe la provincia cuyana incumplió permanentemente ese acuerdo, argumentando que Nación no tenía jurisdicción sobre un río que “nace y muere en Mendoza”. Nada ha cambiado en la postura mendocina, y por eso la lucha continúa. Hasta que se cumpla con la Justicia. (M.V.)