Una protesta inédita en Santa Rosa

Hace 35 años, a días de las elecciones que ganaría Alfonsín, militantes del PI hicieron una huelga de hambre reclamando que no hubiera impunidad para los que perpetraron el golpe de 1976.
MARIO VEGA
El 30 de octubre de 1983 el pueblo argentino iba a volver a las urnas,
y se produciría el 10 de diciembre del mismo año el regreso formal a
la democracia después de siete años de la oscura noche de la
Dictadura.
Pero antes, en los prolegómenos -quizás de manera inmediata al dolor que siguió a la Guerra de Malvinas, cuando los militares se vieron obligados a
abandonar sus planes de perpetuarse en el poder-, hubo un despertar, y
los partidos políticos comenzaron a vislumbrar que venían nuevos y
mejores tiempos para los argentinos. Los mitines empezaron progresivamente a ganar las calles, con oradores encendidos en sus discursos. El luego presidente Raúl Ricardo Alfonsín recorría el país recitando el Preámbulo de la Constitución Nacional, reivindicando que todos los derechos que les habían sido conculcados a la ciudadanía iban a retornar, y que habría castigo para quienes impusieron los argumentos de la fuerza y de las armas por sobre la razón, para producir el golpe de 1976 que aún hoy duele en las almas de los argentinos.

La tercera fuerza.
Paralelamente el peronismo llevaba a Italo Lúder como su candidato, en este caso sin promesas de que se iban a revisar los delitos perpetrados por la cúpula militar que llevó adelante el terrorismo de Estado. Pero además se producía la aparición de una tercera fuerza política que, de alguna manera, seducía a una enorme masa juvenil, liderada por don Oscar Alende, “El Bisonte”: el Partido Intransigente (desprendimiento de la Unión Cívica Radical Intransigente).
Por estas tierras esa agrupación política iba a ir concitando la atención de buena parte de la sociedad, que no se decidía entre el peronismo y lo que manifestaba el radicalismo a través de Alfonsín. Se recuerda que Oscar Alende también tenía una verba enfervorizada, y muchos se entusiasmaban con su retórica.

Jóvenes militantes.
En la que ahora es la sede del Sindicato de Prensa y del Movimiento Pampeano por los Derechos Humanos, en Yrigoyen 468, se reunía gran cantidad de simpatizantes, muchísimos jóvenes, para ir delineando futuras plataformas -tanto para el nivel provincial como el municipal para las próximas elecciones-, con unas enormes ganas de participar, de ser protagonistas de los buenos tiempos que habrían de venir.
Y lo cierto es que personalmente vi muy de cerca ese proceso, porque ya trabajando en este diario, accedí a conocer -en la esquina misma de Yrigoyen y 25 de Mayo (hoy hay allí una pizzería)-, a Ricardo Di Nápoli, dueño de la Librería “Amerindia” -a la sazón sede “alternativa” del Partido Intransigente-, quien visitaba frecuentemente la Redacción de LA ARENA, a la que supo pertenecer especialmente como corresponsal cuando estudiaba en Buenos Aires.

Afiliados al PI.
El Ruso Di Nápoli fue columna vertebral de aquella movida del PI en nuestra provincia, y sobre todo en Santa Rosa. Él también tenía argumentos para persuadir, y en varias de esas visitas -en sucesivas incursiones-, entre mate y mate, nos afilió a una quincena de entonces jóvenes laburantes de este diario. Y accedimos así a la militancia, para mí -y creo que para casi todos, después de 7 años de Dictadura- una experiencia nueva y apasionante.
Y allí íbamos, entusiasmados, a trabajar en ese proyecto que veíamos
progresista, y recuerdo perfectamente a varios de aquellos que concurrían cada tarde-noche a la sede partidaria. Entre ellos al Negro Jorge Rojas, ese querido compañero de trabajo en el diario (un tipeador excepcional), con el que cimentamos una amistad que no necesita de cotidianeidad para manifestarse, y se traduce en nuestros encuentros ocasionales en una sonrisa, un abrazo y el revivir de anécdotas que nos marcaron para siempre.

Aquella historia singular.
Pero también en el PI conocí a los demás que ahora, en plena plaza San
Martín, acceden a las fotos, y recuerdan… aquellos tiempos tan especiales del advenimiento democrático: Carlos Ortellado (Hormiga), José Perrota (trabajaba como “armador” en LA ARENA), Miguel de la Cruz (el poeta que en esos momentos, también en el diario, oficiaba de “corrector”), y Aníbal Prina (siempre músico y entonces estudiante universitario).
En algunos casos fervientes militantes que aún hoy no abandonan la
lucha, en cualquier ámbito que fuere. Todos ellos, pero principalmente Hormiga Ortellado y el Negro Rojas, serían los que me iban a aportar más datos para intentar rearmar aquella historia. Se han cumplido de aquellos sucesos nada menos que 35 años…

Otras protestas populares.
Por estos días, la huelga de hambre de Sergio García -el muchacho que reclama justicia acampando en la Ciudad Judicial, tras un accidente que lo dejó parapléjico- nos hizo reflexionar en la Redacción: ¿Hay muchos antecedentes de huelgas de hambre en nuestra provincia?
Sí se conoce de otras movidas históricas como la huelga de los salineros, la lucha por la nacionalización de la Universidad de La Pampa, la emprendida por el Movimiento de Mujeres Agropecuarias, la larga pelea por el río Atuel… y tantas otras. ¿Pero huelgas de hambre? Creo que no han sido demasiadas aunque algunos otras deben haberse producido.

Génesis de otras movidas.
Pero aquella que se llevó a cabo entre el viernes 29 de septiembre y el domingo 3 de octubre de 1983 fue, podría decirse, antecedente y génesis de otros movimientos populares de importancia. Es que después de concluida se pondría en marcha el Movimiento Popular de los Derechos Humanos en La Pampa; y además surgía colateralmente la Asociación Pampeana de Escritores.
Faltaba un mes para las elecciones nacionales, y aunque la Dictadura estaba en plena retirada, pretendía imponer condiciones para atemperar cualquier posible accionar judicial sobre los que fueron responsables de la tragedia argentina.
Un proyecto que propiciaba una amplia amnistía, y otro bajo el engañoso título de “Defensa de la Democracia”, suponía echar un manto de olvido para aquellos siete años de terror.

La huelga de hambre.
Fue Hormiga Ortellado quien, militando en el Partido Intransigente, les propuso a sus compañeros que se necesitaba “una demostración de rechazo” a la propuesta militar: “Fui con la idea de la huelga de hambre, acción muy poco puesta en práctica en esos tiempos. Los compañeros, conscientes que el aparato represivo estaba intacto no estaban en principio muy de acuerdo, y mucho menos el Ruso Di Nápoli, de alguna manera nuestro conductor”, rememora.
Pero la intervención de José Perrota sumándose, y enseguida de Miguel de la Cruz, y de Jorge Rojas, más la adhesión de Aníbal Prina y Horacio Maldonado (hoy fallecido), los decidió.

Al pie del Monumento.
Esa tarde del 24 de septiembre, acompañados por un grupo importante de militantes, los muchachos ofrecieron una pequeña conferencia de prensa, y a las 16.30 comenzaron con su medida de protesta. Sentados al pie del monumento al General San Martín, mirando al norte, empezarían a transcurrir aquellas horas que quedarían para siempre registradas en sus mentes y en la memoria popular. Fue un momento especial, claro que sí. Aquel día -quizás por los nervios- Hormiga tuvo una descompostura y algún vómito, pero habría de recuperarse para iniciar con la huelga de hambre.
Elvira “Tita” Alcaraz, esposa de Raulito D’Atri, la mamá del mismo Ortellado, y algunas otras mujeres se veían en la plaza, como necesitadas de brindarles a los huelguistas su cariño y su protección.

Siempre los Servicios.
Había nerviosismo, todos sabían que todavía habría servicios vigilando cada movimiento, y por eso las miradas intranquilas de los compañeros desparramados por la plaza para que nada extraño sucediera.
Entre ellos se distribuían las horas en que permanecerían en la plaza San Martín, para evitar que en algún momento los cinco muchachos quedaran solos. “El
compromiso de los compañeros fue maravilloso, y por suerte quizás por la
característica de la medida y el momento político siempre hubo gente”, cuenta Ortellado.
El Ruso Di Nápoli iba y venía, y parecía más inquieto que los que protestaban, en tanto se sucedían las visitas de distintas personas, de gente común que les acercaba su solidaridad, pero también de militantes de otras agrupaciones políticas y sociales.

El apoyo de LA ARENA.
En una de esas jornadas llegó hasta la plaza don Raúl Isidoro D’Atri, entonces director de LA ARENA, quien después de charlar un rato con el grupo prometió que mientras durara la medida su diario iba a estar permanentemente cubriendo la información. Una manera más de proteger a los huelguistas.
Aquella primera noche casi no pudieron dormir: los nervios, los naturales temores, la presencia de policías que circulaban todo el tiempo por la plaza, y también de gente desconocida que merodeaba la zona, produjo una suerte de insomnio.
Cuando llegaron las primeras luces del día hubo un poco más de tranquilidad después de la primera jornada: los jóvenes pudieron disponer de algunos lugares para usar los baños, como la Universidad o la estación de servicio del ACA.

Llega Pérez Esquivel.
Pero ese primer día iban a tener una muy especial sorpresa. Llegaba a Santa Rosa, invitado a una conferencia en el marco del 50° aniversario de LA ARENA, nada menos que el Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, un emblema en la lucha por los Derechos Humanos.
Al mismo tiempo otro joven se iba a unir a los que permanecían en la plaza: “El Tano” Mareque, en representación de la Juventud Universitaria.
Cuando el Nobel de la Paz los visitó -interrumpiendo una marcha multitudinaria que encabezaba- los muchachos se vieron embargados por la emoción: hubo fotos de ese episodio singular cuando Pérez Esquivel los saludó uno a uno, y ese gesto no hizo más que ratificarles y convencerlos que lo que estaban haciendo era nada más ni nada menos que lo que correspondía en ese momento de la historia argentina.
Aún conmovidos por lo vivido -acompañados de amigos que les hacían el aguante- les pareció que esa noche resultó más corta.

Dos pibes se suman.
Al día siguiente habrían de agregarse dos nuevos compañeros al ayuno. “Fue muy particular -dice Ortellado- y si bien nos emocionó también nos preocupó, porque se trataba de casi dos pibes. Venían en nombre de la juventud secundaria Pablito D’Atri (hijo de Raulito y de Tita, hoy director del suplemento “Eco”) y Nicolás Di Santo (hijo del Flaco Di Santo)”.
A los ayunantes les resultaba “increíble ver a esos chicos haciendo presencia en un reclamo de justicia. Porque ellos también padecieron el dolor y la injusticia por la que atravesaron sus padres, víctimas de la dictadura”.

Alfonsín y el valor de la lucha.
Pero no sería todo. Por esas horas estaba previsto un gran acto del Partido Radical, y el orador iba a ser Raúl Ricardo Alfonsín, quien un mes después iba a ser ungido en las urnas como próximo presidente de los argentinos. Acompañado de Pacheco Berhongaray, entre otros dirigentes, el futuro presidente se habría de acercar a ofrecerles su solidaridad. Ninguno de los huelguistas -sea cual fuere su extracción partidaria- olvidará jamás las palabras sentidas de Alfonsín, refiriendo al valor de la lucha y de la vida.

Se levanta la medida.
Después de muchas horas de ayuno -a través de cuatro días-, persuadidos por sus compañeros de militancia, decidieron el levantamiento de la huelga de hambre. Lo hicieron convencidos que había sido un aporte a la lucha contra la Dictadura y su pretensión de impunidad, y ahora a la distancia pueden juzgar que fue la génesis de movimientos que hoy perduran y están fuertemente arraigados y fortalecidos, vinculados a la lucha por los Derechos Humanos.
A 35 años de aquello, pueden contar con auténtico orgullo que fueron partícipes de una gesta que conmovió por varios días a la ciudadanía pampeana. Recorrerán los viejos recortes, antiguas fotos, y al compararlas con las de estos días admitirán -obviamente- que el tiempo pasó… pero no fue en vano. Claro que no fue en vano…

“Sentimos el respaldo de la población”.
Eran tiempos convulsionados de la historia argentina (¿hubo algunos que no los fueran?), y los titulares de LA ARENA se encargaban de mostrar el repudio de los políticos a la recientemente sancionada ley antisubversiva; también la negativa de algunos jueces a aplicar la ley de amnistía que los militares habían redactado a su medida; mientras la CGT confirmaba cuándo se haría el paro general.
En esos mismos días se conocía que un militante del Partido Intransigente estaba desaparecido, y se sabía a ciencia cierta que la Dictadura -aunque en retirada- permanecía agazapada como un riesgo, aún cuando a fines de octubre -apenas un mes adelante- estaban previstas las elecciones que iban a devenir en la restauración de la Democracia.

Militantes de la vida.
En la plaza San Martín, 35 años después, con naturales diferencias por el tiempo transcurrido, pero con la particularidades que los caracterizaron aquellos muchachos que protagonizaron la huelga de hambre -hoy hombres mayores-, se saludan, se emocionan con el encuentro y muestran el compromiso de siempre. Sí, porque siguen siendo militantes de la vida.
Con el pelo emblanquecido, con las barbas largas y abundantes algunos -José Perrota (61) y Miguel de la Cruz (60)- algo más recortadas otros -Carlos Ortellado (63) y Jorge Rojas (64)-, y con la fisonomía de casi siempre El Flaco Prina (61), allí estaban.
Como hace 35 años al pie del monumento al General San Martín, donde llevaron adelante aquella medida de fuerza por entonces inédita -o casi- por estos lares.
“Se había dado en ese momento la desaparición de un compañero del PI, y también se producían algunas otras en el país, a pesar que estábamos a fines de septiembre de 1983”, rememora Ortellado.
Decidieron, en ese marco, realizar una huelga de hambre en señal de protesta por las leyes de auto amnistía que querían imponer los militares antes de dejar definitivamente el poder.

La militancia sigue.
José cuenta que hoy tienen “distintos ámbitos donde militamos. Somos luchadores sociales, siempre movilizados por la realidad política y social que nos
atraviesa”, cuenta el profesor de Historia, que da clases y es además director del Colegio Nocturno de Adultos “Aquiles José Regazzoli”.
Prina -profesor en la Facultad de Agronomía- explica que aquello “ocurrió hace 35 años en un contexto como el actual de seria pérdida de derechos de todo tipo: de derechos laborales, y también en los derechos de las personas hay un retroceso. Por eso recordar aquello es situarnos un poco en lo que sucede hoy”, compara.

Las provocaciones.
Jorge Rojas expresa que “en momentos difíciles sentimos el respaldo de buena parte de la población, pero andaban los servicios dando vueltas, y vinieron mujeres de militares de un edificio cercano: nos gritaban y nos insultaban queriendo provocar. Un día llegaron chicos que se sentaron a comer delante nuestro… algunos pasaban y nos decían qué hacíamos ahí tirados, que al país se lo sacaba adelante trabajando”. El Negro Rojas se jubiló hace un tiempito como Jefe de Imprenta de la Legislatura provincial.
Hormiga Ortellado -histórico dirigente sindical, jubilado en el Hospital Lucio Molas- dijo que aquellos que iban a molestarlos “eran hijos de militares que una tarde se instalaron frente a nosotros con una actitud provocativa, comiendo helados o alguna otra cosa… hubo compañeros nuestros que se molestaron y se pusieron mal pero nadie reaccionó”.

“Estamos como estamos”.
Miguel de la Cruz -empleado en el Museo de Artes- admite que él tiende “a ser pesimista”, y que advierte que “la historia erosionó muchas cosas. En aquellos años había pujanza, un despertar que se sostuvo hasta fines de los 80; después declinó hasta que llegó el kirchnerismo y se retomó… pero ahora estamos como
estamos”, reflexiona. Miguel de la Cruz señala que no milita políticamente, pero lo hace “con la poesía. Y sí, también desde ahí se milita”, completa.
Todos coincidieron en recordar y agradecer a dos médicos, también militantes del PI, Miguel Dastolfo y Chacho Taborda, quienes los atendieron durante aquellos días de ayuno.
Los cinco son padres -también abuelos-, y mientras alguno admite que aquella protesta que realizaron es una charla aún pendiente con sus hijos, otros mencionan que los suyos saben porque siguen el mismo camino de la militancia.
Aquella huelga de hambre, según se estima, fue visitada por una enorme cantidad de personas -algunos calculan unas 10 mil-, y habría de convertirse en el origen del Movimiento Popular de los Derechos Humanos; “y de la Asociación Pampeana de Escritores”, agrega Miguel.