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Una terapia diaria para el buen humor

Reunirse a tomar un café tiene aristas positivas, libera a las personas y -al menos por un rato- las ayuda a escapar de los momentos duros de cada día. Para muchos es casi un ritual la hora del café.
MARIO VEGA
Un buen café, encuentro con amigos, risas… y toda contrariedad pareciera dejar por momentos de serlo, o al menos volverse un poco más sencilla.
Es una suerte de atractivo, de deleite, de instantes tal vez algo catárticos, que ayudan a aligerar tensiones… alrededor de la mesa de un bar, en cualquier lugar que fuere.
Son de esas reuniones que derivan en conversaciones a veces interesantes, otras no tanto, mientras se disfruta de un brebaje caliente que, además, según dicen los que dicen saber, genera cambios muy positivos en nuestro cerebro (como excusa casi científica, la verdad, suena fantástico. ¿O no?)
Es un hábito que algunos grupos mantienen en el lugar donde vivan… estarán los que en las grandes urbes lo tienen incorporado como parte de su rutina diaria; y en algunos otros sitios -no tan importantes como por ejemplo podría ser la porteña Buenos Aires- es una costumbre que adoptan muchísimas personas.

Solucionando el país.
Un buen café saboreado con gente que uno quiere -o al menos acepta-, alrededor de una mesa, conducirá naturalmente a abordar cuestiones cotidianas, en las que podrán ofrecerse las más distintas y disparatadas «soluciones para el país». Por ejemplo.
Como si cada uno que se llega a expresar tuviera la fórmula mágica para arreglar los desatinos que hacen quienes nos gobiernan -y los que nos han gobernado antes-, aunque más de uno de esos feligreses del café manifieste en algún momento frases que pudieran resultar verdaderas e incomprobables temeridades.

Política, fútbol y…
En Santa Rosa es habitual que grupos de individuos hagan un hábito de eso de sentarse a tomar un café con amigos… puede ser en algunas de las céntricas confiterías, pero también en el buffet casi al paso de una estación de servicios de la ciudad.
La política suele ser un tema convocante, y se podrán escuchar entonces los más antagónicos enfoques -algunas posiciones absurdas, verdaderos despropósitos-, y obviamente no pueden estar ausentes como tema el fútbol -sobre todo-, alguna vez matizado con algún otro deporte; y el comentario sobre alguna bella mujer que circunstancialmente anduviera por allí (sh! Que nadie lea o escuche esta frase!… aunque se trate de una verdad que todos saben que se produce). Son algunos «contenidos», entre muchos otros…

Distintas mesas.
Por ejemplo en una concurrida confitería se pueden observar varios grupos bien diferentes. En el salón del fondo algunos productores agropecuarios y un par de comerciantes que llegan a media mañana y que se reúnen allí desde los años ’70 (Quique Lana, Cacho Barrera, Oscar Logioio, Miguel Camacho y Carlos Soto), y repiten casi cuando cae la tarde (y se agregan Foca García, Carlos Frezzi, el Ruso Ferrari y Ricardo Bertón). Más allá, cercano al mediodía, la mesa donde se ubican algunos profesionales y otros amigos dedicados a distintos asuntos (Raúl Lordi, Ticho Fitté, Lalo Bonaguro, Dicky Pagohuapé, El Negro Segurado, Mariano Cortina y Abelo Rodríguez ); cerquita nomás Gustavo Gallego y su bandita (El Mono Corvalán, Carlitos De Fonteynes, Carlos Dacal, Caco Del Bo, y algún «invitado especial», en un elenco que no siempre es el mismo); por otro lado se ubican Horacio Dogliolo y su grupete).
En la vereda de enfrente -en la otra confitería- son varios, pero se destaca después de mediodía el encuentro de Abelito Bergonzi (¡café con canela pide!), el inefable Rulo Sabaidini, Leonardo Písula, Nicolás Seta, Floro Domínguez, Jorge Bosso y Raúl Posadas, que en realidad es un itinerante de diversas mesas.

La mesa futbolera.
Hay de todo y para todos los gustos. En las mañanas soleadas-a la sombra del único árbol que hay en esa vereda de la esquina de 9 de Julio y Avellaneda-, se ubica un grupo de personajes que se las trae: por estos días la formación que salía de memoria era Carlitos Fortuna (ex jugador de Belgrano), el Negro Vicente Cejas (crack de aquellos All Boys de tantos regionales), «Maravilla» Aguerrido -ex arquero que jugó en varios equipos-, el Flaco López (hombre de Colonia Barón), Luis Santillán (ex All Boys que pasa y se suma), y a veces se aproxima el mismo Gustavo Gallego (otro ex All Boys y varios equipos que siempre tendrá la salida rápida y la risa fácil).

Catarata de alegría.
Pero hay muchos más que por allí se agregan, como el ex entrenador de fútbol Lalo Suárez Cepeda, Cachito Peralta (ex delantero de Atlético Santa Rosa; el hombre de la radio y televisión Juan Carlos Carassay (casi siempre argumenta no tener cambio a la hora de abonar lo que tomó); y cualquier otro -entre ellos quien esto escribe- que se sienta atraído por esa catarata de carcajadas y buen humor… Una mesa mayormente futbolera (a la que suele agregarse cuando anda en Santa Rosa el Víctor Hugo Godoy, líder de Los Cuatro de Córdoba), pero que no le escapa a ningún rubro a la hora de opinar.
Decía que se juntan en diversos bares… los domingos por las mañanas en el buffet de la estación de servicio ubicada en Chile y Ameghino. Y allí el elenco forma con Gustavo Gallego (¡la piel marrón de tanto tomar café!), Ariel Solaro, Fidel Bretón y su voz cascada, otra vez el Mono Corvalán, Samuel El Gomero, Pony Feito y el Chonga Urcelay.

Los grandes del buen humor.
En esa mesa -que según el clima se puede armar también dentro del salón- campean las bromas, las anécdotas divertidas, las mentiras inverosímiles que siempre -o mayormente- tienen como ejes al Negro Cejas y Carlos Fortuna… Como si lo tuvieran estudiado se miran y arrancan… «Te acordás del Meme Villa…?», dirá uno, y ante el asentimiento del otro comenzarán a contar un cuento que -invariablemente- concluirá con la risotada de todos ante la mirada del resto de los concurrentes… Una escena que se repetirá durante dos horas sin parar: «¿Te acordás del viejo Rodríguez que vivía en…?», preguntará uno al otro, y éste asentirá aunque en realidad no tenga la menor idea de dónde vivía el viejo Rodríguez, o qué pasaba con él: pero será el pie justo para que el que está en uso de la palabra pueda desarrollar un cuento siempre gracioso… Casi brillante en su modo de ser contado. Y no hay exageración en esto. Ese dúo es capaz de hacer reír hasta a las piedras. De verdad…

Dos para el stund up.
Así siempre, muchas veces con las mismas ficciones -o no-, con cuentos que pueden tener un viso de veracidad, pero que invariablemente resultan hábilmente modificados para divertir… Al cabo anécdotas con algún que otro cambio para que los mismos que las escucharon antes -en incontables ocasiones- vuelvan a reír como la primera vez.
Es que el humor inacabable de aquellos dos «cuentistas» se manifiesta todo el tiempo y se renueva cada vez que abordan una de esas historias fabulosas, totalmente incomprobables. Cejas y Fortuna no lo saben, pero tienen una vena graciosa insuperable, que los podría poner tranquilamente frente a un público ávido de alegrías en lo que ahora llaman stand up (esto es contar cosas desde un escenario para que los demás se diviertan).

Siempre la buena onda.
En otras mesas pasará más o menos lo mismo: estará el que relate anécdotas que arrancarán las risas de todos, pero también el referente que logre cierta atención desde la solemnidad de narrar experiencias serias, o por conocer «la data» -antes se decía «la posta»- de tal o cual información.
Pero, alrededor de una mesa de café privará la buena onda, el momento distendido y la algazara será el común denominador de la reunión.
No faltarán los que, pasando por aquellos bares donde se producen esos encuentros cotidianos, probablemente reflexionen que «esos» personajes que están allí dentro a pura charla y risotada no tienen nada para hacer… Aunque obviamente cada uno de «esos» tenga sus propias ocupaciones -y sus propios problemas- que dejan de lado por algunos minutos para disfrutar de la mesa del café…

También ellas.
Se puede agregar que -en algunas céntricas confiterías-, se producen también encuentros de «ellas» que en sus mesas muestran tal vez el mismo grado de alegría, pero aparecen mucho más moderadas y discretas en su comportamiento… Sí, claro que sí, igualmente hay grupos de señoras que departen animadamente sobre quién sabe qué cosas… y son también infaltables habitué de la hora del café. Abonadas a distintos «cafés» de la ciudad están Alba de Insausti -que seguro se enojará cuando se lea en estas líneas-, Racha Cortina de Alonso, Suchi Álvarez , Rosita Iglesias de Grubisich, Cristina Pangallo, Katta Trapaglia, Nilda Valentino, Mirta Cangiano… y perdón si me olvido de alguna.
Aunque hay que dejar en claro que en esas mesas de «ellas», si bien el tono puede resultar muy alegre siempre será mucho más discreto, más moderado en los gestos que los encuentros de los hombres.
Por la mañana se juntan en un lugar, a la tarde en otro, y por allí eligen un tercer punto de encuentro. Pero allí estarán firmes.

Modernización y aislamiento.
Algún sociólogo -a lo que suman algunos psicólogos- sostiene que la tecnología, la cibernética, ha llegado para acompañar la modernización de las sociedades, con beneficios ampliamente comprobados en distintas áreas, que van desde la medicina, pasando por la automatización de los más diversos trabajos… Pero también, debe añadirse, esa irrupción ha tenido lo que podría ser su costado negativo, porque en tiempos de tanto individualismo profundiza esta tendencia que nos acerca al egocentrismo y a veces al aislamiento…
Lo vemos a diario, cada uno ocupado en su computadora en el lugar de trabajo, o prisioneros todos de los watsap de un celular -incluso en situaciones peligrosas como puede ser mientras se maneja un automóvil-, o en momentos muy simples, como podría ser compartiendo la mesa con un amigo, o una amiga…

Para combatir el desánimo.
Si hasta podemos ver en un restorán a alguna pareja -es muy común observarlo- que en vez de disfrutar de una situación romántica prefiere cada uno auscultar todo el tiempo sus celulares, como si les resultara imprescindible… En una incomunicación palpable a la que aportó -sin dudas- esa tecnología que llegó para la modernidad y se quedó para mostrarnos cada vez más lejos unos de otros.
El café… la mesa de café, es todo lo contrario. No soy psicólogo, ni presumo de saber de sociología, pero en un muy elemental análisis puedo expresar que esa reunión de varios minutos por día resulta una maravillosa terapia.
«Esos» que parecieran no tener «nada qué hacer», disfrutan largamente de esos momentos de tomarse un buen café… «A mi me tira la farra,/el café,/ la muchachada…», dice un viejo tango.
A mí… Sí, a mí me gusta el café, los momentos compartidos con amigos, ese ritual social de juntarse para hablar de cualquier cosa… Y reír de modo tal que, al menos por un rato, los problemas parecieran menos problemas…

Mítico lugar rosarino.
En la bonita ciudad de Rosario hay un mítico café -seguro que cada lugar tiene el suyo-, que tiene la particularidad de haber sido popularizado por el gran Roberto Fontanarrosa. El Negro, genial escritor y humorista, tenía junto a un grupo de amigos su lugar reservado en el Bar El Cairo, que era junto a su club de toda la vida -Rosario Central, claro- uno de los lugares preferidos para pasar largas horas de charlas y anécdotas.
Fue Fontanarrosa quien con sus cuentos popularizó el bar y lo que se dio en llamar La Mesa de los Galanes… Habría que hacer un punto aquí y decir que cualquier pretenciosa comparación con algunas de las mesas de nuestros bares santarroseños sería nada más que para rendir homenaje al querido escritor… y de alguna manera para homenajear «la mesa de café». Nada más. Y nada menos. La mesa de café de cualquier lugar donde fuere.
El bar El Cairo fue inaugurado en 1943 en la ciudad de Rosario y se hizo famoso por ser lugar de reunión de artistas e intelectuales.
Muchos de los cuentos y relatos ficticios del Negro Fontanarrosa se inspiraban en las charlas que se producían entre los integrantes de la mesa.
Como no mencionar que en esas historias convergen una maestra que dio origen a la composición tema «La vaca», entre otras tantas ocurrencias del genial humorista.
No hace mucho, quien esto escribe no pudo resistir ir a conocer -como cualquier turista que visite la ciudad de Rosario- el Bar El Cairo y La Mesa de los Galanes. Y se disfruta eso de sentarse frente a los amplios ventanales, y en algún momento si se deja volar la imaginación parecerá que en el aroma del café pervive el espíritu del gran Negro Fontanarrosa.