“Y al final… sí, soy una artista”

GUILLERMINA GAVAZZA, ENTRE LAS PIRUETAS DE LA GIMNASTA QUE FUE, Y LA MELODÍA DE UNA CANCION

Las voces mágicas de los artistas pueden turbar el alma del oyente. Y cuando Guillermina une su voz a la sutileza del teclado de Tachy Gaich, esa conjunción produce sensaciones únicas, e irrepetibles.
MARIO VEGA
Habla pausado, calmadamente, eligiendo las palabras para que expresen exactamente lo que quiere decir. Es como que, en el diálogo, hurga en sus recuerdos, quizás en sus susurros, en sus ternuras, en sus esperanzas… tal vez en sus desilusiones, que algunas pudo haber tenido, como todos.
Habla con calidez, sobre todo cuando refiere a sus más caros afectos… Guillermina Gavazza -La Guille, como la identificó su hermano Juan Pablo, cuando le pedí que me pasara su celular- es, al decir de los que dicen saber, una artista reconocida, y de singular talento. La claridad de su registro y la fuerza de sus interpretaciones son las cartas de presentación de una de las cantantes más importantes de la provincia.
Puede abordar diferentes géneros y, obviamente, eso es también un gran capital: cantar desde una zamba del Cuchi Leguizamón, pasando por un bolero de Manzanero, interpretar una obra de Roberto Yacomuzzi, ir a un tango de Expósito y Stampone, o a una chacarera del Cuty Carabajal.
Quien conozca de música podrá advertir que su personalidad, la ductilidad en el abordaje, hacen que cada canción esté en su lugar… con sus matices, controlando la tensión y la relajación en un segmento de la obra según sea necesario… y cada palabra puesta en el lugar justo. Siempre.
Alguien acuñó el enunciado: “Y la música será esclava de su majestad, la palabra”. Y La Guille, dicen, hace un culto de esa expresión… y de la puntillosidad de la palabra.

Un lugar bucólico.

Para charlar con ella me tuve que ir hasta “La Frontera”, que no es otra cosa que su hermosa casa-quinta ubicada en Toay. Sí, porque de “aquel” lado de la calle Siete Colores es Toay, y de “este” lado es jurisdicción de Santa Rosa.
El paisaje silvestre, sereno y espacioso, un hermoso caldén al lado de la entrada, el césped cuidado… una perra -¿ovejero alemán?- que debe ser brava por las noches. La casa grande y moderna, y metros más allá ese, “su” lugar… Una suerte de quincho de generosas dimensiones que parece haber sido pensado para que en algunos momentos torne en gimnasio, y luego sala de ensayos o el sitio ideal para las “juntadas” de músicos, cantores y poetas.
El mate listo… Julián, el fotógrafo, que se entusiasma por la escenografía y la luz ideal para la toma que el sol, ingresando por el amplio ventanal le propone… y la charla calmosa y distendida…

Gente conocida.
Gavazza es un apellido fuerte en la historia de la ciudad. En lo personal escuché muchas veces hablar de las hazañas deportivas de don Angel Segundo Gavazza, jugador de fútbol, básquet, y de otras disciplinas, ícono del Club Estudiantes… Pero también sus hijos -Belcha y Jeta para todos, el doctor Miguel Angel y el profesor Juan Carlos cuando devinieron en profesionales- se destacaron con la pelota anaranjada.
Pero también los Montero tienen lo suyo, claro que sí… recuerdo siempre a aquella distinguida mujer que en la familia llamaban China -María Herminia Montero, abuela de Guillermina-, maestra de la Escuela Normal, pero que alguna vez tuve circunstancialmente en clases de Castellano en el colegio secundario. Y obviamente también sé de Ana Lis (tía) y de su mamá Susana…
Tiene tres hermanos la Guille: Jimena, psicóloga; Juan Pablo, periodista; y Juan Cruz, entrenador de básquet del Club All Boys.

La influencia familiar.

Se crió en un ámbito familiar muy favorable, porque empezó a cultivar la música y la poesía a través de sus padres; y entonces hay que admitir que resulta evidente que la influencia de un espacio donde están latentes esos valores del arte florecen, con el tiempo, en la personalidad del artista.
“En mi casa siempre hubo mucho amor por la música. Papá era un melómano que los fines de semana se levantaba temprano y empezaba a musicalizar el día, cuando eso implicaba permanecer al lado del tocadiscos y poner un tema de los Huanca, uno de Zupay, dos temas de Paco de Lucía, dos de la negra Sosa…y así…”, empieza la recordación Guillermina.
Y sigue: “Yo los escuchaba apenas me despertaba, o en ese momento entre el sueño y la vigilia en que las cosas pareciera que entraran para quedarse siempre. Le gustaba mucho escuchar música en el auto, y a veces salíamos a dar una vuelta y estacionaba en un bosquecito de caldenes cercano a lo que hoy es el autódromo de Toay y decía: ‘escuchate esto’. Eso era música con él a solas…Y luego estaban las ‘juntadas’: papá con la guitarra, mamá escribía y tocaba el piano y juntos hacían canciones… y entonces la casa se llenaba de gente, de música, de poesía y de anécdotas”.

El valor de la palabra.

Se extiende sobre “Jeta” -conocidísimo profesor de educación física-, que “era un gran amenizador, un gran motivador. Sabía tender los hilos para que cada uno desarrollara un potencial que quizá ni sabía que tenía. Hacía eso, tendía los hilos y se corría de la escena. Pasional, sociable, se tomaba muy en serio cada cosa: desde dirigir un equipo de básquet hasta el rebozo de la milanesa. Hacer bien, con amor, lo que se encare, por más pequeño o improductivo que sea fue una forma de vivir para él”.
Susana la mamá, profesora de Letras trabajó en la Universidad en las cátedras de Literatura Argentina. Escribe y algunos de sus poemas están publicados en “Ronda de poetas jóvenes” y en “Umbral”.
“Nos supo contagiar el amor por la palabra; y es una escuchadora sabia, lúcida y calma. Sus retos infrecuentes le salían con una construcción lingüística muy curiosa que siempre nos terminaba provocando risas, primero a ella, después a nosotros…”, rememora. “De alguna manera sus hijos nos dedicamos a cosas que tienen el valor de la palabra en el foco: el periodismo, el psicoanálisis, la literatura, la canción…”.

La gimnasta.

No todos saben que, además de sus cualidades artísticas, Guillermina tiene una habilidad especial -seguramente también tiene que ver con los genes, paternos en este caso-, porque practicó gimnasia artística desde muy chica. “Empecé en el Club Independiente, cuando se iniciaba la actividad en la ciudad; más tarde el grupo pasó al Club Estudiantes… Entrenábamos fanáticamente: salíamos del club y seguíamos pirueteando en la placita Independencia, en la Maestros Pampeanos, haciendo verticales, rondó, flic flac… Fue un deporte en el que pudimos desarrollar inventiva, creatividad: teníamos que hacer series de suelo, componer, elegir músicas para eso. La verdad es que aún hoy me resisto un poco a perder esas habilidades, y de vez en cuando me pongo a tirar verticales”, y deja ver su amplia sonrisa.
Hizo la primaria en la Escuela Mariano Moreno, a media cuadra de su casa; y el secundario en el Manuel Belgrano. “Y la motivación ya entonces estaba en la música y la gimnasia artística… pasaba mucho tiempo con grupos y actividades que no tenían que ver con la escuela, pero la secundaria fue un tránsito divertido”, menciona ahora.

El coro de niños.
De chiquita se integró al coro de niños que años más tarde tendría a su cargo. Y guarda un recuerdo especial para Lucrecia Sánchez, aquella “dulce santiagueña, de frente amplia y peinado tirante, que con mucho humor nos enseñó a cantar jugando. El coro cantaba a capella, con unas túnicas largas rosas de cuellos inmensos. Adoraba a Lucrecia (falleció en un accidente), y fue la primera pérdida que lamenté”.
En esa etapa repartía el tiempo entre el colegio, el deporte y la música. “A los 16 años me retiraba del colegio los jueves a la mañana para cantar en el Teatro Español con Pampamérica, que en aquel tiempo trabajaba en el proyecto ‘Canto a la tierra que habito’, sobre la obra de Guillermo Herzel. En un plan de difusión escolar de la música pampeana la obra fue vista por más de tres mil alumnos de los colegios que pasaron por el teatro. Unos años después, con el mismo grupo, viajábamos a distintos puntos de la provincia con el proyecto ‘El folclore musical de La Pampa aplicado en las escuelas’, destinado a docentes de música. Incluía clases talleres, entrega de material impreso con letras, partituras y biografía de autores, entrega de material grabado con obras y arreglos posibles de aplicar en los colegios. Formé parte de este grupo 10 años”.

Pampeanidad, música y poesía.

Señala que sus comienzos estuvieron “asociados a proyectos muy institucionalizados, reconocidos por Cultura y Educación, en contacto con músicos y propuestas que de alguna manera eran reconocidos como ‘lo representativo’; pero más tarde empecé a preguntarme: ¿qué sería ‘lo pampeano’? ¿qué para las generaciones jóvenes? Así intenté ver, cómo dicen los poetas. los problemas universales humanos en el contexto pampeano… y entonces pienso que lo que se pierde, lo que ya no está ‘se dice’ con arena y viento como en Olga Orozco; o los amores se dicen con espina, como Bustriazo Ortiz : ‘a veces me rojeaba el desgarrón de los espineríos, cuando llegaba hasta la dulce costa de tu temblor’, dice el poeta. Y así comprendí que toda expresión estética es también política, y una de las dimensiones políticas en la música podría ser la preocupación por defender la diversidad, así como una política lingüística debería preocuparse porque no se pierdan las lenguas nativas, así como quien defiende la diversidad de especies protege las que están en extinción… Así, también, alguien puede decir que canta estilos porque nadie los canta sin que eso signifique dejar de amar otras músicas”, va definiendo.

Los bares.

Todos esos interrogantes coincidieron con una época en la que salía a cantar de la mano de Tachy Gaich y Miguel Juárez en bares y eventos de La Pampa y provincia de Buenos Aires. “Fue una ruta que necesité hacer, más de oficio, que también me dejó mucho… Salíamos todos los fines de semana en la trafic con sonido y luces; y a veces cantábamos en lugares en los que la gente no nos iba a ver a nosotros necesariamente, sino que salía a tomar algo y se encontraba con un concierto. Un público que no nos conocía, con condiciones técnicas que no siempre eran las mejores. Ahí nos veíamos obligados a desarrollar recursos… era un marco más de improvisación, una relación más simétrica con el público”.
Y en esas experiencias explorábamos “distintos géneros, cosa que Tachy sabe hacer muy bien. El contexto era cada vez distinto y nos ponía en la situación de ver cómo generábamos clima, identificación; nos planteaba cómo defender nuestra propuesta; qué voy a decir, qué hago con el cuerpo. Y fue aprender a mirar el público, entender la música como un acto de comunicación. Era al cabo prueba, ensayo, error… Foguearse!”. Guillermina tiene perfecto registro del camino recorrido, y parece que disfrutara al contarlo.

El canto colectivo.

Paralelamente a este recorrido Guillermina Gavazza siempre hizo algo que tenía que ver con el canto colectivo. “Canté en el Coro Universitario, formé primero parte de la agrupación ‘A Tempo’ con la que grabamos un disco y luego del trío de mujeres ‘Ad Libitum’, junto a Antonia Poggi y Claudia Lupardo. En ese momento dirigía los coros de niños y de adultos de Castex y daba talleres de Letras en la escuela media”. Una actividad que no sólo la obligaba a exponer su talento, sino a un sacrificio que pocos saben que un artista a veces está obligado a hacer. Porque necesariamente se trata de vivir.
Los estudios de Letras en la Universidad “también marcaron otro cambio en mi proceso interpretativo, cierta descentración, comprender que la técnica vocal, que la garganta es un medio al servicio de un texto, de una composición. La mayoría de las veces era la poesía la que dictaba el sonido de la interpretación, o incluso de los arreglos instrumentales. Hay varias dimensiones simultáneas que atender en la interpretación, el plano de la técnica, el plano del cuerpo, el del público, pero el propio mensaje que hay en los acordes o en la poesía, la composición, adquiere jerarquía sobre lo otro”, razona.
En su recorrida musical no faltaron las grabaciones: “Raicillas 2”, junto al trío Roldán, López, Carpio; “Opus 4 canta con los coros argentino”; “El folclore musical de La Pampa aplicado a las escuelas”,”Guillermina Gavazza con el grupo A Tempo”; “10 años del grupo Pampamérica”; “Hilo de mi sangre”; CD colectivo con canciones de Cacho Arenas “Canciones de La Pampa 1”; y el CD colectivo con obras de Roberto Yacomuzzi “Ellas las cantoras”.

“Hilo de mi sangre”.

Fue al grabar el disco “Hilo de mi sangre”, en 2007, que es cuando se reconoce a sí misma: “Al final… soy una cantora”. Y admite que es con lo que más se identifica… “siempre sentí mi trayecto en la música como un caminito muy natural, que empecé a recorrer sin darme cuenta, en el que me había dejado llevar por las circunstancias, entregada como una hoja a un vaivén que me había regalado preciosas sorpresas o más bien confiando en una intuición, confiando en toda esa impunidad que la juventud te otorga”.
Y reflexiona: “Hay cierta inconsciencia y desprejuicio en la juventud que es bueno aprovechar. En ‘Hilo de mi sangre’ incluyo dos temas de mis viejos: ‘El abuelo’, de mamá y música de Alejandro Gadán; y ‘A nosotros nos toca’, letra de Susana Montero y música de Juan Carlos Gavazza. De “Hilo de mi sangre” formaron parte también Tachy Gaich, Franco Ramos, Hernán Basso, Marcos Bustos, Walter Heimbinger, Mauricio Flores, Jorge López y Miguel Juárez. Y en cada tema se proyectaron imágenes producidas y editadas por Lili Tetzner.

Un hilo que se teje.

“Mi pregunta era cómo voy a abrir este rico legado familiar al mundo, cómo voy a transformar esta canción que nace en la cocina de casa para que sea otra y a la vez la misma… cómo se va a nutrir del aporte de los otros, de los músicos, de los nuevos oyentes. Recuerdo el texto con el que abrí en el Teatro Español: ‘Hay canciones que tienen el don de unirme y separarme de los míos. Sobre mi garganta escribe la mujer pequeña que luego será mi madre. Mi padre arrima la música al solo amparo de una guitarra. Lo demás llega con otros, siempre a tiempo para salvarme la vida de la mano de un desconocido. Es que el hilo de la sangre no es un hilo que se tiende, no es el hilo que los míos tienden como una promesa hasta mí. Es un hilo que se teje. Es el hilo que yo tejo hacia ellos con la música que encuentro’. Lo tengo muy presente”, afirma.

“La Frontera-ideas al borde”.

Hoy Guillermina está trabajando en la preproducción del próximo disco, seleccionando y grabando obras. “Al mismo tiempo estoy preparando un repertorio junto a Hernán Basso en bajo, Chelo Porcel y Mauricio Ponce en guitarras, pensando en incluir algunos de esos temas en la grabación”.
Después explica que con Jimena, su hermana, trabajan en un proyecto “en el que se puedan tender puentes entre artistas, modos de producción y públicos. Iniciamos ‘La Frontera-Ideas al borde’ que nace, en principio, como una inquietud familiar a la que se va sumando un equipo de trabajo. El nombre surge de una escena familiar: a mi bisabuelo le gustaba abrir la puerta del patio y quedarse parado abajo del umbral. En verano le reclamaban el ingreso del calor, en invierno el del frío… en todas las estaciones pampeanas, el polvo. Al final siempre lo hacían elegir: adentro o afuera. Supongo que la consigna era sustentable. Pasa que a veces uno solo quiere estar en el borde. En el borde de la casa. En el borde de las cosas…”, y se queda como pensando.
Quedó dicho, “La frontera-ideas al borde” es un lugar entre los árboles y los pájaros. “Un espacio que confía en el poder transformador de toda propuesta estética, en tiempos lastimosos para el país. De acá a fin de año están programados cuatro proyectos que incluyen escritura creativa, música y artes visuales”, puntualiza.
La primera actividad pública será el 2 de agosto en el Teatro Español. “Se trata de un conciertazo que tiene como protagonistas a las cantantes Luciana Jury y Clara Cantore. Dos intérpretes que estremecen, una de Buenos Aires, la otra cordobesa. La producción general es de Jimena; la escenografía y ambientación de salas a cargo de las artistas Florencia Pumilla, Paula Di Nardo y Silvana Staundinger. “Allí estaré como invitada compartiendo unas canciones”, agrega.
El 6 de agosto Clara Cantore ofrecerá -en “La Frontera”- un taller gratuito de autogestión para músicos.

La madurez.

La observo mientras habla con entusiasmo, y la veo serenamente feliz… un estado de gracia que no todos conseguimos. Y se lo digo: “Quizá, una interpretación madura llega, seguramente con el dominio de una técnica, pero sobre todo cuando a uno le han pasado cosas, le ha pasado un poco de vida: pérdidas, amores, gobiernos, hijos… Tal vez haya sido mi hija Bianca (7) quien más me enseñó sobre interpretación, la que me hizo activar esa mirada detenida sobre el mundo, ese ejercicio de mirar las cosas como si las viéramos por primera vez, que vaya a saber en qué momento perdemos”, reflexiona.

Bianca, la que todo lo transforma.

En un momento de la charla aparecerá Bianca, un saludo tímido, “aunque no es tímida” -revela la mamá-, y Guille que quiere seguir contando sobre ella. “Trabajo de tarde (en el CMC), y le dedico las mañanas… Ella toma hojitas de molle, las hace danzar un rato, las mira del derecho y del revés, las huele, las pone en círculo y les inventa un nombre… de repente forman un corazón, de repente una libélula. Si alguna vez aprendo a cantar con ese tempo detenido, como si hiciera música por primera vez, si aprendo algo de su curiosidad, del juego camaleónico que nos da permiso para ser muchas cosas al mismo tiempo, todas las que podamos, o permiso para tener 10 gargantas en una, entonces habré aprendido mucho de interpretación”.
Guillermina Gavazza… sí, al cabo, una artista. ¡Vaya Guille si sos una artista!

BUENOS TIEMPOS DE LA NIÑEZ
Un “no a la siesta”
Guillermina es de esas personas a las que les gusta volver sobre los buenos tiempos de su niñez, cuando vivía junto a su familia. Con sus hermanos, su melliza Jimena, y Juan Pablo, habían “fundado en el barrio el PIN (Partido Indurmecente), que convocaba a niños negados a dormir la siesta a organizar actividades en ese horario de la tarde. Escribíamos con lapicera uno a uno los argumentos del ‘no a la siesta’, y los postulados del partido, en un papel que luego pegábamos con engrudo en las columnas de luz del barrio”.
Y evoca: “Mi hermano Juan iba con la pelota al callejón de casa y a la vez que jugaba hacía el relato radial de sus proezas; mi hermana Jime, era especialista en agitar al vecindario”, se ríe con ganas al recordarlo.
En la misma manzana de los Gavazza vivían varios magistrados judiciales. Y vuelve sobre aquellos momentos: “Alguna vez no entendíamos bien porqué los autos de los jueces amanecían lacerados por ácido y las paredes grafiteadas con la leyenda ‘La justicia anda en Chevette’. Después de esos sucesos (¡¡¡) “en el barrio apareció repentinamente una guardia nocturna que merodeaba la cuadra. En esa etapa habíamos hecho una canción, con la melodía de una famosa obra clásica que comenzaba: ‘Los soldados del barrio/ con sus mil misiles subterráneos/ están, están cuidando/ que no le hagan daño a los autos/ pues como ya saben han sufrido un atentado, atentadua dua dua’. En ese contexto ‘la’ Jime subió al techo de nuestra casa y tiró hacia el patio del vecino funcionario judicial una caja de cartón con una inscripción en fibra que decía ‘Bomba’, lo que le valió posteriormente una confesión sentada en el chippendale del living inglés del vecino, frente al despliegue de policías que se había armado”.
Hoy el recuerdo le dibuja una sonrisa a la Guille… Porque al final eran solamente travesuras de chicos que, a la distancia, aparecen risueños… por más que los circunspectos vecinos en aquel momento pudieran haberse molestado, y mucho.

CANCIONES PARA
EL “OYENTE IDEAL”
Guillermina revela que cada vez, “en cada concierto, me construyo un oyente ideal, con una sensibilidad especial, a él le dirijo mis canciones… canto como si lo hiciera para él”. Y sigue: “¿Sabés una cosa? Es un oyente ideal, en una construcción que mutando, que cada vez es distinta, pero pienso que ese oyente ideal siempre tiene algo de papá. El no se perdía ni uno solo de nuestros conciertos, y al día siguiente de la tocata llamaba y me daba una devolución completa que yo valoraba mucho. Y pienso que quizás yo cante por su música remota para siempre envolvente”.