¿Y dónde está el piloto, eh?

Convengamos: incluso antes de que se hablara de su candidatura a presidente de EE.UU., Donald Trump era el candidato de todos los chistes. Su propia persona parece una caricatura, con su extraño pelo teñido, su maquillaje anaranjado y su siempre negado sobrepeso. Sin embargo, ahora que efectivamente es el piloto de la nación más poderosa del mundo, el chiste parece estar dando lugar a la preocupación: ¿será Trump, en realidad, un títere, un traidor?

Inteligencia.
Diez días atrás, el Departamento de Justicia estadounidense imputó a doce agentes de inteligencia militar rusos, por haber participado en los ciberataques que, durante la campaña electoral de 2016, procuraron menoscabar las posibilidades electorales de la candidata demócrata Hillary Clinton. La acusación estaba fundada en las conclusiones de siete agencias de inteligencia estatales, incluyendo a la CIA, el FBI, y los comités competentes de ambas cámaras del Congreso.
En ese momento, Trump se encontraba de gira por Europa, irritando a todos los tradicionales aliados de su país: acusando a Alemania de ser “cautiva” del petróleo ruso, a la primera ministra inglesa de estar manejando mal las negociaciones del Brexit, a la OTAN de estar “obsoleta”, y a la propia Unión Europea de ser “enemiga” comercial de EE.UU. Todo esto, mientras aprovechaba su estada en Escocia para publicitar un campo de golf de su propiedad personal.
Cuando el lunes pasado tuvo lugar en Helsinki el anticipado encuentro de Trump con su par ruso Vladimir Putin, la cuestión de la interferencia rusa en las elecciones de 2016 fue el tema central de las preguntas de los reporteros. Para sorpresa de todos, allí el presidente de EE.UU. descreyó de las conclusiones de su propio Departamento de Justicia, dando por cierta la negativa de Putin. “No veo por qué motivo lo harían”, dijo, refiriéndose a las maniobras que facilitaron su elección como presidente.

Traición.
Aún cuando al día siguiente ensayó una retractación poco convincente de estos dichos, la actitud general de Trump hacia Putin durante el encuentro sólo puede tildarse de obsecuente. De hecho, dijo que los EE.UU. habían sido “estúpidos” en no tener una mejor relación con Rusia, y que “ambas partes” eran responsables del conflicto. Todo esto, mientras su propia administración imputaba a agentes rusos no ya de meros delitos, sino de actos de guerra cibernética.
Ante la actitud de ponerse del lado de un mandatario extranjero y contra sus propios funcionarios, la palabra “traición” comenzó a circular en artículos periodísticos, redes sociales y declaraciones políticas. John McCain, acaso el dirigente republicano más respetado, afirmó que “ningún presidente antes se había rebajado de forma tan abyecta ante un tirano”.
Según más de un analista, la explicación más plausible para esta conducta -más allá de haberse beneficiado personalmente con la interferencia rusa- tendría que ver con la existencia de información comprometedora para Trump en manos rusas. No es un secreto para nadie que, durante una estadía en Moscú, el hoy presidente contrató a un grupo de prostitutas para “profanar” la habitación de un hotel donde antes se había hospedado Barack Obama, y que existen registros del escatológico episodio.
Cuando le preguntaron sobre el tema, y tras una risa nerviosa, Putin negó tener evidencia comprometedora contra Trump. En realidad, lo obligaron a mentir, ya que la propia pregunta era sobreabundante: no debe haber país en el mundo que se prive de hacer inteligencia contra los dirigentes de potencias extranjeras.

Nixon.
Aunque la cuestión no prospere -ya hay quien habla de someter a Trump a un impeachment por este episodio- la verdad es que no sería la primera vez que un dirigente republicano incurre en un acto de traición contra su propio país.
Aunque raramente se habla de ello, Richard Nixon, durante la campaña presidencial de 1968 contra el entonces vicepresidente demócrata Hubert Humphrey, conspiró para impedir que el gobierno de Vietnam del Sur participara de las negociaciones de paz que, con buenas posibilidades de progreso, se estaban llevando a cabo en Paris para acabar con la guerra en el país sudasiático.
También Nixon lo negó. Pero una serie de documentos -incluyendo la recientemente desclasificada colección de notas de su asesor, H. R. Halderman- prueban la verdad de esta fechoría, bastante más grave que el caso Watergate que terminó con su presidencia.
No es que este antecedente pueda servir de consuelo. Nixon, al menos, era un presidente serio. Si su administración fue el equivalente político del cine catástrofe, como la serie de películas “Aeropuerto”, el mandato de Trump se asemeja mucho más a las parodias “¿Y dónde está el piloto?”

PETRONIO