Hay menos chicos en los comedores

(General Pico) – Los comedores comunitarios en épocas de crisis asistieron a cientos de personas, pero hoy se fueron despoblando. La preocupación es ahora el precio de los productos de primera necesidad.
Hay menos platos en las mesas y pocas voces infantiles. Las caras cambiaron, otras no regresaron. Los comedores municipales ya no reciben a los cientos de chicos y adultos que iban a contener el hambre cuando la crisis hacia estragos en los hogares. En el barrio, ahora la preocupación es el aumento de los precios de los alimentos.
En tiempo de crisis se preparaban 16 kilos de polenta por día, o se pelaban dos bolsas completas de papa. Las manos de las cocineras no se detenían amasando pastas. Los cajones de fruta quedaban vacíos.
En el comedor municipal del Barrio El Molino almuerzan a diario entre 45 y cincuenta chicos por día. Lo hacen en dos turnos, enfundados con sus guardapolvos blancos: llegan o marchan a la Escuela 112 y a la Unidad Educativa 16.
“Hace algunos años alcanzamos a atender hasta 280 personas en tres turnos. Primero comían los chicos, y después los adultos. Desde las 7 de la mañana y hasta la tarde no parábamos de trabajar. Fueron momentos duros para todos”, dice Marta, encargada del Comedor y con 25 años de experiencia en la tarea.

Nutrición.
“El menú es equilibrado en proteínas y variado. Todos comen muy bien”, agrega Marta.
Desde el comedor, además, se asiste a 11 personas que retiran la vianda para comer en sus casas. “Se trata de gente que por su condición social, no pueden sostener su hogar, entonces desde acá, se brinda la comida diaria”, explica Marta. A su lado, una de las mujeres que trabaja en la cocina recuerda que en un tiempo el salón del comedor estaba abarrotado de personas. “Estábamos en forma continua lavando la vajilla, para volver a servir las mesas”, dice.
En el barrio muchas familias dicen que la puesta en marcha de las tarjetas sociales hizo disminuir la asistencia a comedores.
En el Barrio Alborada la situación es similar. Las mesas redondas con platos y vasos plásticos esperan por la segunda tanda de chicos para comer. Cada comida pueden acompañarla con agua o leche. Cursan sus estudios en las UE 13 y en las escuelas 237 y 84. El primer almuerzo se sirvió a las once de la mañana. 63 son los que asisten de lunes a viernes al comedor ubicado frente a la plazoleta 1° de Mayo y al monumento a los trabajadores. En el Alborada unas trescientas personas acudieron cuando la pobreza invadió sus casas y postergó sus vidas.

Monto bajo.
En el barrio, las familias admiten una mejora en las condiciones sociales, aunque consideran “muy bajo”, el monto habilitado en las tarjetas alimentarias. “Puede haber menos chicos comiendo en los comedores, pero en realidad no debería haber ninguno”, dice Alicia, separada y madre de dos chicos. “Tengo que trabajar diez horas por día para que no les falte nada a mis hijos. Igual no me alcanza”, cuenta.
La inflación y el descontrol de los precios asoman en las charlas de los vecinos que recorren los almacenes del barrio. con el plan social ya no se compra la misma cantidad de productos que hace dos o tres meses. El fantasma del pasado amargo aún permanece en el paladar de los que menos tienen.