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A seguir sacando lecciones del golpe en Bolivia

LA SEMANA POLITICA

Eso es necesario por una razón de elemental solidaridad con un pueblo hermano. También por el futuro de la democracia en Argentina, porque muchos de los golpistas de allá también operan acá.
SERGIO ORTIZ
La autoproclamada Jeanine Añez y sobre todo los factores reales de su gobierno ilegítimo, esto es la policía y las Fuerzas Armadas bolivianas, siguen dando motivos para la condena. Sobre el fin de semana fueron asesinados 8 manifestantes democráticos que la repudiaban y clamaban por la reposición del presidente derrocado.
Algunos crímenes fueron cometidos por las «fuerzas de seguridad» en su rol represivo, que no era el acostumbrado en tiempos de Evo Morales. Y otros corrieron por cuenta de grupos parapoliciales pagados con dinero y/o imbuidos del fascismo propio de la separatista Santa Cruz.
Esas formas tan dictatoriales, de una presidenta autoproclamada y basada en los altos mandos, en quiebre brutal con las normas del Estado de Derecho, y tanto derramamiento de sangre, incluso luego de las renuncias y asilo del presidente y vice, ilustran que fue un golpe cívico-militar.
Eso puso de manifiesto que la consigna democrática, parafraseada de la argenta «Golpe nunca más», dista mucho de estar vigente en América Latina.
Las clases dominantes de cada uno de los países tiene mucho que ver con esas desgracias, tanto con la vieja generación golpista de los ’70 como con las continuidades civiles de Piñera, Bolsonazi, Macri, Duque, Abdo y otros especímenes.
De todos modos, sobresale el rol protagónico del imperio. Primero por medio de Donald Trump y luego por expresiones del Departamento de Estado, Estados Unidos defendió el golpe de Estado y felicitó a los «militares victoriosos», avalando el ilegal mandato de Añez. Fue tan grosera esa posición que hasta Alberto Fernández, interesado en mantener una buena relación con Washington con diversos argumentos (como pedirle que facilite la renegociación de la deuda con el FMI), salió a criticarlo con vehemencia.
Además de esa represión impiadosa, que busca quebrar la resistencia popular con centro en El Alto y estabilizar un gobierno de facto muy cuestionado a nivel mundial, la seudo presidenta tomó otras iniciativas que la pintan de cuerpo entero. Por ejemplo, rompió relaciones con Venezuela y ordenó la salida de Bolivia del ALBA (Alianza Bolivariana de Nuestra América). Y, coherente con ello, dispuso la expulsión de 725 médicos cubanos que colaboraban con la salud en el Altiplano; cuatro de ellos fueron detenidos. Esto es muy parecido a lo que hizo Jair Bolsonaro contra los médicos cubanos. Esas expulsiones son un atentado a la salud de sus respectivos pueblos. Y también una ofrenda política al Salón Oval, en busca de conseguir una cobertura de salud, política, para el gobierno neoliberal en Brasilia y el golpista en La Paz.

Sólo unas diferencias.
El 15 de noviembre de 1781 las fuerzas bárbaras del colonialismo español, que aún algunos neofranquistas siguen diciendo que fue una obra de bien, asesinaban a Tupac Katari. Le cortaron la lengua, lo descuartizaron y asesinaron igual que a su esposa e hijos, exponiendo partes de su cadáver para escarmiento de la población aymara y de otras etnias.
La historia muestra que se repiten esas barbaridades contra los aymaras que tan bien representa Evo Morales Ayma. Sumando a los muertos ya consignados en Cochabamba, el golpe lleva asesinados 15 ciudadanos de piel oscura y pertenencia a pueblos originarios, detestados por Añez.
La diferencia es que ahora no te desmiembran tirándote con cuatro caballos sino con disparos de fusil u otras armas de fuego. Y eso sí, te calumnian por los modernos medios de (in) comunicación, para que la culpa recaiga en las víctimas. En el caso de Bolivia, para que se diga que el golpe de Estado no es el que ocurrió el 10 de noviembre sino el supuesto fraude, que cada día queda más claro no existió, en las elecciones del 20 de octubre.
Esto vuelve a poner en la palestra pública, del vecino país y el nuestro, el rol de esos medios concentrados. Esos medios en Bolivia han invisibilizado la represión. No existe. No se vio nada. Y es más, a los periodistas extranjeros que estaban registrando los hechos represivos se los amenazó y presionó para que se retiraran del lugar y se fueran de Bolivia. El hecho, muy lamentable, podría tener algo de bueno: que a Rolando Graña (América) e incluso a enviados de Todo Negativo (TN), les permitieran reflexionar sobre cuáles son los gobiernos autoritarios que vale la pena denunciar. Si el blanco es Evo Morales y el que años atrás presidió Cristina Fernández de Kirchner, o es la títere Añez.
Hasta ahora el presidente electo de Argentina mantiene su criterio de no insistir con una nueva ley de medios, admitiendo las razones de Clarín para conservar sus 237 licencias audiovisuales que la ley de 2009 quiso limitar a favor de la democracia. Sería bueno que reflexione a la luz de los acontecimientos en el vecino país y busque acuerdos con las entidades integrantes de la Nueva Coalición para una Radiodifusión Democrática y sobre esas bases considere una nueva iniciativa legal. Eso fortalecería la democracia en los medios y en el país, para el turno político que comenzará en diciembre.
Por otra parte en el zarpazo de Bolivia está el ADN criminal de las clases dominantes de Santa Cruz, patentizadas en la familia Camacho, que supo tener el control de gasíferas afectadas por en 2005 la nacionalización de Morales. Santa Cruz es la capital también de la soja y la exportación. Allí se produce la mixtura entre el fascismo político, el empresariado rico y las iglesias evangélicas que envenenaron la mente de muchísimas familias pobres y medias. Las encandilaron con consignas religiosas: mucho opio para el pueblo.
No es antojadizo considerar que así como Santa Cruz no le perdonó a Evo sus nacionalizaciones y su redistribución a favor de los indígenas, acá puede suceder algo parecido con los popes de la Mesa de Enlace sojera. Algunos dirigentes ya presionaron a AF a que no se le ocurra elevar las retenciones a la soja porque podrían volver los cortes de ruta. El 2008 está fresco.

«Ni un tantico así, nada».
Ha sido lamentable la postura de Mauricio Macri en relación a Bolivia.
Han pasado siete días desde el derrocamiento del presidente de esa nación y todavía no condenó lo ocurrido. Silenzio stampa, diría el Coco Basile. Incluso la bancada de Cambiemos dio asco, en las sesiones especiales del miércoles en el Congreso. Si el macrismo no condena el golpe en Bolivia, ¿qué garantía de democracia será como oposición 2020-2025?
Su silencio es complicidad y tiene mucho de aval a la represión ejecutada por los golpistas y de subordinación al plan de la administración Trump.
Lo de Macri en relación a La Paz es igual a lo que hace respecto a Venezuela, donde ayer recrudecían intentos golpistas del autoproclamado Juan Guaidó, también con respaldo de Washington. Ya van dos autoproclamados. ¿Quién será el tercero?
Todos esos engendros pagados por el Departamento de Estado, igual que los apoyos a Sebastián Piñera, asediado por la rebelión popular que no cesa, y a «Kautsky» Moreno, Iván Duque, Bolsonaro y al Cartel de Lima, o sea lo más podrido de la OEA, suponen una tendencia continental.
No es que Trump se equivocó una vez, en Bolivia. La paternidad del imperio está presente en todas las maniobras políticas y/o militares que enlutan a América Latina. Antes se decía, «Pobre México, tan cerca de Estados Unidos y tan lejos de Dios». Ahora se puede afirmar, «Pobre América Latina, tan cerca de EEUU».
Hablando de Dios, ojalá que esta mañana en la plaza de San Pedro el Papa Francisco diga cosas concretas contra el golpe y a favor de sus víctimas. Además sería muy necesario que cuestione a la Conferencia Episcopal Boliviana, presente en la ilegítima asunción de Añez. Si eso no es pecado, ¿qué es?
Hasta el momento de su cruce mediático con Trump por su adhesión a los golpistas del altiplano, Alberto Fernández buscaba mantener el mejor vínculo posible con la Casa Blanca.
En su entorno argumentan que necesitan esa ayuda para renegociar con el Fondo. En general los presidentes entreguistas y neoliberales de Argentina razonaron de ese modo: Carlos Menem necesitaba buen diálogo con Bush padre y Bill Clinton para salvar la convertibilidad; Fernando de la Rúa con Bush hijo para negociar el megacanje y el blindaje; Macri para conseguir que Trump diera luz verde al crédito con el FMI, etc.
Esa subordinación y escaso valor no sirve para nada. A veces puede ganar un poquito de tiempo a cambio de perder muchos millones de dólares y credibilidad social. Y luego igual se precipita el conflicto con la superpotencia venida a menos en la región y el mundo.
En política exterior AF se viene apoyando en la línea centrista del PJ, expresada en Felipe Solá, y en la derecha expresa, de Sergio Massa y Jorge Arguello. Y anda por esa angosta avenida del medio, que ahora puede ensancharse con AMLO y el «Grupo de Puebla».
Aunque no sea santo de su devoción, debería atender a lo que sentenció Ernesto Che Guevara en noviembre de 1964: «no se puede confiar en el imperialismo ni tantico así, nada». Si eso le parece muy guevarista, tiene esta otra, bien peronista, «la única verdad es la realidad».