Abundancia de Molochs en los cruces de caminos

Señor Director:
La impresionante serie de siniestros viales habidos en este enero en territorio pampeano admite una diversidad de lecturas, sin excluir el ahora abundante ejercicio de usar la culpa como arma arrojadiza contra funcionarios y ex funcionarios y entre funcionarios de distinta jurisdicción.
Digo eso de la culpa (utilizada como arma arrojadiza) porque parece que este año, cuando se debe enfrentar una elección crítica para gobierno y oposición, la culpa parece haberse independizado de la intención o la incapacidad o el descuido de quienes han ejercido o ejercen el gobierno. Está ahí, en algún lugar, como están las armas en un arsenal. Parecen descansar, pero en verdad su disponibilidad se convierte en una atracción irresistible para quienes se ven apremiados por la necesidad de acusar y descargar culpas. Este juego no es novedoso ni en la política ni en otros quehaceres humanos, pero se ha acrecentado a partir de que ahora es cosa corriente y en crecimiento que un gobierno nuevo acuda a ese arsenal tanto para ganar una elección como para justificar la demora en madurar de los frutos prometidos de su gestión.
Creo que hay pocas cosas novedosas en el quehacer humano y que con frecuencia lo que hay es otra manera de mentar lo mismo. Cuando se lee la historia de la religión, se ve que las primeras civilizaciones relataban sus peripecias como quehacer o capricho de los dioses. Así, por caso, cuando abundaba la muerte o desaparición de viajeros, se instalaba un Moloch Baal en los cruces de caminos y se tranquilizaban los ánimos asumiendo que los desaparecidos habían sido devorados por un dios siempre necesitado de ese combustible para mantenerse vivo y activo. Se podrá decir o pensar que aquellos eran tiempos de creencia fácil y lo que ahora llamamos “gobierno anterior” puede ser presentado como causa de todos los males, en ese lejano entonces era pensado como la acción de seres no humanos, expresión del imperio insoslayable de poderes superiores al hombre. Así también, cuando los cartagineses terminaron perdiendo la guerra contra Roma, la nobleza de la ciudad se dijo que algo había disgustado a Moloch y entonces resolvieron sacrificarle sus propios hijos pequeños para que volviese a serles favorable. Como se aprecia, esa nobleza cartaginesa estaba actuando así porque algo pesaba en su conciencia el hecho de que, hasta entonces, el alimento de bebés para su Moloch era impuesto como obligación del pueblo llano.
La relación con los dioses siempre ha sido problemática para los hombres, porque los pensaban como insaciables y lo hacían así por la simple razón de que ellos, los mortales, son los insaciables, solo que con poderes limitados. Que de disponer del poder de los dioses, procederían (ellos, los humanos) con el desparpajo que los griegos atribuían a Zeus, capaz de convertirse en lluvia para filtrarse en el refugio de la princesa que su padre había encerrado para ponerla a cubierto de la libido del señor del Olimpo. O de convertirse en cisne porque Leda era sensible a la belleza y no se resistiría a acariciarlo. Esta proyección en la divinidad de la limitada capacidad humana para satisfacer su insaciable antojo, ha llevado a pensar que los dioses son creaciones humanas que expresan su verdadera índole. Y ahora, un nuevo Bauman, en lugar de hablar de comunidad líquida, podría hablar de la inocuidad o prescindibilidad de ese tipo de dioses porque la acumulación de fortuna en el uno por ciento de la población mundial está generando una situación de poderío que el mismo Zeus envidiaría.
Quizás terminaremos por desconfiar del lenguaje, haciéndonos eco de aquello que un esclavo dijo a su amo: que la lengua es, a la vez, lo mejor y lo peor a que ha podido acceder el hombre. Esopo, se recordará, satisfacía a su amo cuando lo mandaba al mercado a traerle lo mejor en oferta y volvía mandarlo, luego, a traerle, lo peor.
Atentamente:
Jotavé