Actualización democrática

Pasada la jornada electoral -cuyo resultado dejó a todos los sectores involucrados con algo para lamentar- volvieron las actividades habituales, y con ellas, continuó el juicio oral y público que se sigue por violaciones a los derechos humanos cometidas en la provincia durante la última dictadura militar.
Los horrorosos testimonios que continúan vertiéndose allí no podrían ser mejor recordatorio para refrescar un concepto básico: no importa lo imperfecta que sea la democracia en general, y la argentina en particular. Siempre será mejor poder elegir a los gobernantes, controlarlos, y eventualmente decidir también sobre su continuidad en el poder.
Decir que la democracia es el mejor sistema político conocido, no implica, desde luego, negar la necesidad de su perfeccionamiento y actualización. Y las experiencias recientes parecen indicar la conveniencia de reexaminar algunos aspectos, en particular, del proceso eleccionario.
Uno de ellos es, sin dudas, la irrupción de internet y sus contenidos. Resulta notorio, por ejemplo, que durante el pasado fin de semana, mientras regía la veda de propaganda electoral en todos los medios de comunicación, era imposible acceder a internet en cualquiera de sus buscadores o redes sociales, sin encontrarse con el indeseado mensaje de algún candidato.
La veda no sólo es una imposición legal: es también una necesidad imperiosa para el votante, que luego de verse sometido a un bombardeo de mensajes electorales (en buena parte, banales) necesita imperiosamente un momento de paz y reflexión antes de ultimar la decisión de su voto.
Aún cuando las compañías de las que depende la contratación y difusión de esta publicidad puedan no tener domicilio legal en el país, debería ser posible la regulación de ese tráfico informativo, y la aplicación de sanciones, tanto a los emisores de esos mensajes publicitarios como a los candidatos que lo contrataron, a sabiendas de la ilegalidad de ese proceder.
Pero no terminan allí los desafíos que internet le plantea a la democracia. Es bien sabido que en ese ámbito, y particularmente en las redes sociales, proliferan mensajes provenientes no de ciudadanos, sino de robots o “trolls” destinados precisamente a corromper el ámbito del debate público e influenciar a los potenciales votantes. En nuestro país esto ya es evidente. Pero a nivel mundial, las consecuencias que se presencian han sido gravísimas. Prácticamente no hay dudas de que “trolls” rusos -en cuanto ha sido posible detectar su origen- intervinieron perniciosamente en las campañas electorales de Estados Unidos y Francia, con los resultados conocidos. En Inglaterra está en curso una investigación para determinar si algo similar no ocurrió durante el voto que decidió la salida de ese país de la Unión Europea.
Pero internet no es el único fenómeno para el cual nuestra constitución no fue diseñada. Nuestro sistema -al igual que el norteamericano, en el cual se basa- no fue pensado para una sociedad con desigualdades económicas tan drásticas como las que se advierten en el presente, donde la elite más adinerada concentra en su poder una enorme porción de la riqueza nacional.
Ya desde los antiguos griegos se percibió el riesgo de una sociedad económicamente desigual: los ricos tiranizarán a los pobres, y éstos, a su vez, terminarán por rebelarse contra esa tiranía. El resultado -se decía ya entonces- es que en lugar de gobernantes virtuosos, en el poder se alternarán oligarcas y demagogos.
El problema no parece de fácil solución, ya que atenta contra uno de nuestros principios filosóficos básicos, cual es, la igualdad de todas las personas. La solución a que se arribó en el mundo clásico -y que aún puede verse, por ejemplo, en el sistema británico, con sus cámaras para lores y comunes- fue la de crear estructuras estatales que reflejen esa inequidad económica, y que permitan la participación efectiva y controlada de todos los sectores sociales en el proceso de gobierno.
Desde luego, proponer la importación del sistema británico sería ridículo. Pero a menos que se debata seriamente la incidencia de la desigualdad económica en el sistema político, la democracia argentina continuará mostrándose impotente para armonizar los intereses de todos, y las “grietas” ser harán cada vez más pronunciadas.