Agua para todos

Un hecho insólito y paradójico fue el que protagonizó días atrás el gobierno de Mendoza. Insólito porque recurrió a las fuerzas de seguridad para evitar una marcha pacífica de miles de personas cuyo objetivo final -que no pudo concretarse- era plantar un olivo, símbolo de la paz, que había sido bendecido por el Papa. Miembros de diversas iglesias y de comunidades indígenas también participaron del movimiento, de carácter eminentemente popular.
Lo paradójico radica en que esos miles de pacíficos manifestantes, llegados desde casi toda la provincia y especialmente del sur -General Alvear, Bowen, San Rafael y aledaños-, protestaban contra la aplicación del fracking, una técnica de perforación no convencional destinada a la extracción de gas y petróleo. Esa técnica, muy resistida en algunos ámbitos, es defendida por el gobernador provincial que, con su autorización e implementación se identifica, una vez más, con las políticas que lleva adelante el gobierno nacional. El riesgo cierto del fracking es que cualquier falla en los tubos de la perforación es un seguro de contaminación de las capas de agua que atraviesa a lo largo de sus aproximadamente tres mil metros de profundidad.
Al margen de la lectura política del hecho, es interesante advertir que, en definitiva, la implementación del movimiento surgió de las “asambleas del agua” que se manifestaron en la provincia, ejerciendo un derecho, el mismo que niegan a los pampeanos en su reclamo por el río Atuel. Los organizadores de la marcha dijeron, con razón, que “la defensa de la casa común y del agua es muy sensible para los mendocinos que entienden que sin agua no se puede vivir”. Seguro que sí, y la sentencia vale también para los pampeanos, privados de un recurso fluvial hace casi un siglo.