Al final todas son pruebas a superar

SEÑOR DIRECTOR:
Aníbal Aguirre fue piloto de Aerolíneas Argentinas hasta su jubilación, en los ’70. Entonces se preguntó ¿y qué hago ahora con mi tiempo?
Esta es una pregunta frecuente en los jubilados de los años en que la duración de la vida individual pasó de los sesenta y de los setenta, para comenzar a ramonear la ternura brotada de los ochenta, de los noventa… Un biólogo dice ahora que con sólo tocar algunos genes podríamos llegar a los doscientos, los trescientos. Los biólogos no son filósofos y por eso no les corresponde preguntarse para qué.
Aníbal Aguirre se dijo que le interesaría conocer cómo se maneja una empresa de aviación. El manejó aviones, pero siempre sintió que la empresa lo sobrevolaba. ¿Cuáles serían sus secretos? Se anotó en una universidad de La Plata y comenzó a cursar Administración de Empresas. Le interesaba el camino, no el final: lo que iba a ir sabiendo en tanto cursaba, no el título. Había terminado de aprobar todas las materias y justo entonces pareció que le llegaba la hora final, cuando tenía 77 años. Tuvo que enfrentar el nuevo desafío, tarea que le consumió veinte y pico de años. Finalmente, recompuso su apariencia física y comunicó a la universidad que ya estaba en condiciones de prestar juramento y recibir el diploma. La universidad tenía los papeles en regla y lo sumó a su última lista de egresados. Los medios de difusión mostraron a Aguirre con su mujer (más de sesenta años de casados), su flamante diploma y sus trajinados 95 años de edad. Ahora tal vez no sepa cómo se maneja una empresa en la realidad, pero sí como debería ser manejada si se la quiere ver próspera y durable. Recuérdese que su empresa fue Aerolíneas Argentinas, la maltratada y hace poco “recuperada” (y lo que rondaré, morena).
No se ha divulgado la filosofía de Aníbal, de modo que será preciso manejarse con conjeturas. Cuando se inicia una carrera de cualquier nivel, la meta está más allá del diploma: se piensa en lo que el diploma habilita. Se podrá atender la salud de las personas, intervenir en sus pleitos, construirles la vivienda, organizarles la empresa… y, si se da el caso, ofrecerse como ejecutivo y proponer a los accionistas un viaje de placer en una de esas burbujas que si bien suelen explotar con estruendo, raramente dañan a los CEOs.
Aníbal no parece estar interesado en iniciar ese tipo de experiencia. Es posible que le baste tener la teoría de la buena administración para entretenerse al contrastarla con las noticias que hablan de burbujas que explotan, capitalistas que se arriman al calor del Estado y ejecutivos y asesores de inversiones que se esconden hasta la próxima, luego de atesorar sueldos fabulosos e indemnizaciones increíbles. Hay que tener en cuenta que la crisis que sacude al planeta es conocida por los efectos que se sienten, pero la mayoría de las víctimas no tienen base para entender cómo ha sido esto posible. Si el propio Greenspan, veterano de la Reserva Federal, dice estar en estado de shock, ¡cómo estarán los que simplemente entregaron su dinero a un corredor de Bolsa, a una asesoría de inversiones, a un banco de gran apariencia! Ni qué decir de los muchos que, al perder su trabajo o su casa y su tranquilidad, son el pato de esa boda infernal. Aníbal podrá ilustrar a sus descendientes y a sus vecinos porque quiso y pudo saber cómo es la cosa.
Dicen que, en los altos años, la gran aventura es la de saber, informarse, conocer la base teórica y manejar los instrumentos de la crítica. Salir de la nesciencia en la que vegetan las grandes mayorías humanas, por ser ésta, según se va viendo, la condición para que minorías cada vez más reducidas, tengan cada vez mayor fortuna y salgan de la burbuja un minuto antes de la gran explosión. Hay que unirse en el deseo de que nuestro Aníbal Aguirre disfrute de sus años, aunque su diploma quede ahí, olvidado en alguna pared, sin uso pero con todo su enorme poder testimonial.
Atentamente:
JOTAVE