Algo más que acoso y violencia sexual

Señor Director:
Desde hace semanas me he venido ocupando de lo que la prensa internacional llama “Oleada Weinstein”, sobre casos de acoso y de violencia sexual en escenarios laborales. He entendido que son parte del fenómeno creciente de reacción femenina y parte de la batalla feminista que se está escenificando en casi todo el mundo. Ahora advierto que las revelaciones trascienden este importante escenario y avisan de un estado de cosas que compromete a toda la sociedad humana.

Weinstein es el apellido de un importante productor de cine, de Hollywood. Una de las mujeres que trabajaron en su empresa productora de películas lo acusó de acoso sexual y pronto hicieron lo propio otras colaboradoras que habían guardado silencio. Weinstein advirtió que esta vez no sería fácil y hasta quizá imposible zafar y optó por salvar lo salvable. Le cambió el nombre a su empresa y la puso en manos de un hermano. Se supone que ahora dedica su tiempo a atenuar el efecto de las denuncias. Sucedió que este escándalo parece haber sido el detonante de una situación explosiva que pronto tuvo manifestaciones en otros escenarios de los Estados Unidos y de occidente. En el episodio más reciente de esta cadena de explosiones el actor que venía sobresaliendo por protagonizar la serie House of Card, de Netflix, llamado Kevin Spacey, al ser acusado de acoso sexual por una actriz, a la que luego se sumaron otras, optó por decir que, si bien no recuerda el episodio del que lo acusan, quería pedir disculpas públicamente a quien o quienes puedan sentirse afectadas. Para reforzar este descargo, hizo saber que es gay y que ha tenido relaciones con personas de uno y otro sexo. Netflix, a su vez, avisó que anticipará el final de la serie.
El factor determinante de la oleada Weinstein ha sido la decisión femenina de romper su silencio y afrontar las consecuencias. Es la mujer la que protagoniza el oleaje, pero también es cierto que es la sociedad la que tiene mayor sensibilidad y apertura a favor de investigar con seriedad cada denuncia.
La oleada ha excedido ahora el escenario del espectáculo, para trasladarse a otros quehaceres en los que se desempeñan varones y mujeres, los primeros como expresión de la cultura machista. Acosar, “tirarse lances” y generar encerronas eran parte del repertorio del sexo dominante en toda la escena social. De pronto se hizo presente también en el escenario político. La conducción de la Unión Europea abrió cauce a denuncias de casos en el parlamento de la UE y dispuso que se cree un modo de investigar cada denuncia que resulte confiable a los ojos propios y extraños.
En Gran Bretaña, la primera ministra Theresa May acaba de proponerle al presidente de la cámara de los Comunes (diputados) que debe haber tolerancia cero en esta materia. Hay denuncias de acoso en dicha cámara y ya son casi cuatro decenas de diputados conservadores los que han sido objeto de acusaciones de acoso o violencia sexual y existen razones para creer que la lista seguirá engrosándose.
La oleada Weinstein opera con potencia mucho mayor a la de las olas que forma el viento en la laguna a ambos lados de nuestra 35. En este lugar, que acaba de ser escenario de una tragedia, se afronta la difícil tarea de conservar la transitabilidad de dos rutas. En el caso de la oleada sexual, que parece destinada a crecer en todos los escenarios del mundo donde ha predominado el varón, ya ha desnudado que en todos ellos puede haber habido abusos sexuales que, en verdad, eran “cosa rutinaria”, al punto de que si había alguna denuncia (pocas hasta fecha reciente) se la silenciaba. Además, el avance de los casos descorre telones y cortinas y la luz hace posible esperar que, a la par de la cuestión sexual, tenga desarrollo equivalente la revelación del carácter endémico de la corrupción en todas sus manifestaciones posibles.
Como decía el Hamlet shakesperiano “algo huele a podrido en Dinamarca”.
Atentamente:
Jotavé