Algoritmos bajo la alfombra

DOMINICALES

Cuando hace algo más de 20 años, una computadora llamada Deep Blue (“Azul profundo”, qué lindo nombre le pusieron) venció en un match de ajedrez al entonces campeón del mundo, Garry Kasparov, varios pares de cejas se elevaron preocupados. ¿Se había hecho realidad, al fin, el fantasma de “2001, Odisea del espacio”? ¿Estábamos al borde de un mundo dominado por computadoras? Por suerte, al poco tiempo esta preocupación corrió la misma suerte que la hecatombe nuclear, la invasión de ovnis y el calentamiento global: la olvidamos, barriéndola bajo la alfombra.

Veinte años no es nada.
No es un secreto para nadie que en veinte años las computadoras han evolucionado en forma exponencial, y que posiblemente hoy cualquier ordenador hogareño, con el programa adecuado, pueda emular la proeza de Deep Blue, que por cierto, tenía el tamaño y el aspecto de una heladera.
Fue necesaria otra película, “Inteligencia artificial”, para sacar el fantasma de abajo de alfombra, y de un tiempo a esta parte, la palabra “algoritmo” se ha vuelto casi obligatoria a la hora de demostrar inteligencia.
Aclaremos, sin embargo, que la palabra designa algo mucho más común de lo que pensamos. Un algoritmo no es otra cosa que un conjunto metódico de pasos para hacer cálculos, resolver problemas y tomar decisiones. Una regla de tres simple es un algoritmo. Una receta de cocina también.
Ahora, cuando un algoritmo funciona como un programa de computación sofisticado, y tiene a su disposición en forma instantánea toda la información disponible en el planeta sobre un tema determinado -como el ajedrez- entonces la cosa se pone inquietante.

Superfluos.
Las computadoras hacen desaparecer puestos de trabajo, vaya novedad. Como diría nuestro reciente visitante, el brasileño José Teixeira, mientras esos trabajos perdidos fueran de obreros industriales, cajeros de supermercado o hasta choferes de ómnibus, parecía importar poco. Pero resulta que ahora el juego ha cambiado bastante, y los algoritmos pueden reemplazar, con creces, a las profesiones más sagradas.
IBM, la misma compañía que creó a Deep Blue, tiene ahora un algoritmo llamado Watson, que ya mismo está en condiciones de efectuar diagnósticos de enfermedades con mayor precisión que un médico humano. No podía ser de otra manera: Watson tiene en su memoria todos los tratados de medicina, conoce todas las enfermedades presentes y pasadas, y conoce todos los fármacos disponibles, como así también sus compatibilidades y contraindicaciones. A diferencia de un médico humano, Watson nunca se cansa, ni tiene hambre, ni se enferma. Además, es de esperar que se lleve muy bien con los tomógrafos, resonadores magnéticos y demás computadoras usadas hoy masivamente para diagnosticar dolencias.
A los abogados les espera un futuro no menos sombrío. Imagínese el lector un algoritmo que disponga de una memoria que incluya todas las leyes vigentes. En Argentina rondan las 27.500 (aunque estén vigentes “sólo” unas 5.241). A lo que hay que sumar las leyes provinciales, ordenanzas municipales, decretos, resoluciones, disposiciones y demás deposiciones de los distintos organismos públicos. A ello habría que sumarle la colección de todos los fallos dictados por todos los tribunales desde los albores de la nación. Ningún abogado podría acumular tal conocimiento.
De hecho, varios tribunales en EE.UU. han comenzado a usar un algoritmo llamado COMPAS a la hora de fijar la sentencia a cumplir por los que cometen delitos. Para lo cual se basa no sólo en toda la información jurídica disponible, sino que también hace un cálculo de probabilidad de reincidencia por parte del sujeto en cuestión, con base a decenas de parámetros que incluyen su educación, su historia personal y (por supuesto) su grupo étnico.

Conócete.
Como se ve, no es cosa del futuro, sino del aquí y ahora. Quien haya interactuado con Spotify o con Amazon, y haya recibido las sugerencias de estos algoritmos, ya habrá experimentado la molesta sensación de que estos sujetos nos conocen mejor que nosotros mismos. Esto ha llevado a sostener que deberíamos confiarles a los algoritmos nuestras decisiones más importantes, como la elección de pareja, o la emisión de nuestros votos para cargos electivos.
La buena noticia es que no hay indicios de que las computadoras desarrollen una conciencia, como el HAL de “2001”. Serán (ya son) mucho más inteligentes que nosotros, pero no son conscientes. La inteligencia es la capacidad de resolver problemas. La conciencia es la capacidad de tener sentimientos.
La mala noticia es que todos estos algoritmos que ya nos gobiernan en buena parte, son propiedad de grandes corporaciones que los han registrado como patentes. Por ende son inaccesibles, y no hay forma de controlar cómo realizan sus procesamientos de datos o arriban a las soluciones que nos afectan. Tenebroso, ¿verdad? ¿Dónde está la alfombra más cercana?

PETRONIO