Armenia mon amour

DOMINICALES

Aunque a los 94 años ya tenía ganado el derecho de hacer mutis por el foro, no deja de causar tristeza la muerte del cantante francés Charles Aznavour, autor de más de mil canciones y actor en más de sesenta películas. Aún cuando hasta el final siguió llevando la vida agitada de una estrella internacional, fue bendecido con una muerte tranquila en su casa en la campiña, junto a su mujer de más de sesenta años.

Diáspora.
En realidad Aznavour era su nombre artístico. Su apellido real era Azavourian, ya que, aunque nacido en París en 1924, era hijo de una pareja de armenios, sobrevivientes del genocidio cometido por los turcos contra esa nación del Cáucaso. Sus padres en realidad planeaban emigrar a Estados Unidos, pero al no conseguir la visa se quedaron en la capital francesa, donde abrieron un restaurante y fundaron la familia: quién sabe qué hubiera ocurrido con el niño Charles si recalaban en Nueva York…
En nuestro país se hizo enormemente popular tras su debut en Sábados Circulares, un programa de TV que hoy resulta inconcebible. Para ese momento ya su fama internacional estaba más que cimentada, por su larga relación profesional con Edit Piaf, y su rol estelar en “Disparen sobre el pianista” de Francois Truffaut. Su relación con Argentina se inició con su confesa y temprana admiración por Carlos Gardel.
Artista humilde pero firme, su gran talento le permitió superar las limitaciones. Un hombre pequeño, cuya presencia escénica era enorme. Un cantante de voz cascada, pero dueño de un fraseo impecable. Y sus canciones… ¡más de uno desearía haber compuesto sólo una fracción de ellas! Como la gastronomía armenia, destilaban un sabor agridulce, pobladas como estaban con historias de amores perdidos. Eso sí, perdidos en los canales de Venecia, o en alguna buhardilla bohemia de París: así da gusto sufrir.

Patriota.
Lejos de renegar de sus orígenes étnicos, Aznavour siempre se reivindicó armenio, y dedicó su vida, su fama y su fortuna a apoyar a su sufrido pueblo. Fue portavoz internacional del reclamo contra Turquía por el genocidio que ésta insiste hasta hoy en negar. Fue campeón en los esfuerzos por ayudar a Armenia cuando un terremoto dejó 45.000 muertos en 1988. Poco después sería designado embajador itinerante por las autoridades armenias, un blasón que exhibía aún con más orgullo que su Legión de Honor francesa.
Habrá muerto feliz de ver finalmente a su nación en un momento primaveral como el que vive desde comienzos de este año.
Aunque pocos se enteraron en Occidente -acaso porque el dato no se corresponde con el relato del supuesto “puño de hierro” ruso sobre las ex repúblicas soviéticas- el pasado 8 de mayo asumió un nuevo primer ministro en Armenia, Nikol Pashinyan, un periodista de poco más de 40 años. Pashinyan había sido encarcelado dos veces por causas políticas. Su partido “Contrato Cívico” es todavía un enigma ideológico difícil de encuadrar en categorías occidentales, pero por las dudas ya fue tildado de “populista” por su apoyo a los derechos de las mujeres, la educación pública y el combate a la pobreza.
Su ascenso al poder fue producto de una verdadera “revolución de terciopelo”: una seguidilla de manifestaciones populares pacíficas y actos de desobediencia civil, que terminaron por destronar a una casta burocrática, demasiado ligada al pasado autoritario, y fuera de sintonía con un pueblo que ha abrazado el pluralismo y la tecnología, y que clama por el goce pleno de los bienes de ese hermoso país.
Después de haber sufrido la opresión histórica de los romanos, bizantinos, los persas, los mongoles, los seljucos, los otomanos y los rusos, ya va siendo hora de que la independencia conquistada en 1991 se haga realidad y traiga felicidad.

Los nuestros.
Pensándolo bien, da para preguntarse cómo es que estos hechos recientes no son más conocidos en nuestro país. O cómo es que no tenemos intensas relaciones con Armenia, país del que provino una oleada de inmigrantes hace un siglo, de los que hoy se cuentan unos 100.000 descendientes entre nosotros.
Un repaso somero de sus exponentes más notorios permitirá sopesar la enorme presencia armenia entre nosotros, sobre todo en el mundo de los negocios.
Están, por supuesto, los Kalpakian, del negocio de las alfombras. Está Eurnekian, del negocio de los aeropuertos (entre otros). Está Nalbandian, en el negocio del tenis, como estuvo Karadajian, en el negocio de las peleas truchas. O Gostanian, del negocio de los billetes truchos. Para no mencionar a Ekmedjian, que en vida cultivara el curioso negocio de demandar derechos de réplica, o a la estrella del momento, Melconian, quien se destaca en el negocio de la venta de humo.

PETRONIO