Atuel: qué difícil es hablar de “hermanos”

“La hermanita perdida” es el título de una las canciones de Atahualpa Yupanqui que ha llegado más profundamente a los argentinos sensibles a la (mala) suerte de las islas Malvinas, el archipiélago usurpado por la corona británica. El uso del término “hermana” o “hermano” no es ocioso, pues no solo en el plano de los vínculos humanos esa palabra contiene un poderoso significado, también en el campo de la política es un término cargado de resonancias.
Desde los albores de nuestra historia nacional y continental, el discurso político apela con harta frecuencia a ese vocablo. La expresión “provincias hermanas” ha sido uno de los apelativos que con mayor asiduidad encontramos en el vasto repertorio de documentos, artículos y, cómo no, también en la literatura. Otro ejemplo: “hermanos latinoamericanos” es una muy sentida expresión que acuñaron los luchadores de la independencia continental y que persiste con innegable vigencia hasta nuestros días.
Ahora bien, enfocándonos en nuestra actualidad provincial, en un reciente debate sobre los padecimientos causados por el comportamiento insolidario de otras jurisdicciones argentinas en cuanto al manejo del agua de los ríos interprovinciales surgió, precisamente, el gran dilema: ¿podemos los pampeanos sentir a Mendoza como una “provincia hermana”? La duda podría muy bien extenderse, desde luego, a la provincia de San Juan, ya que las acciones y posturas de ambos estados cuyanos están lejos de poder asimilarse a actitudes fraternales.
Difícilmente, una entidad que se considere hermanada con otra puede, como ha hecho Mendoza, proceder con tal grado de insensibilidad sobre un recurso natural tan importante como un río, perjudicando a otro Estado que, para peor, se encontraba por entonces en inferioridad administrativa y política. ¿Cómo es posible adjudicar la condición fraternal a quien convirtió en desierto a miles de kilómetros cuadrados, provocando una tremenda diáspora y perjudicando gravemente la economía y el ambiente? Por si no fuera bastante, se empecinó en desestimar los permanentes, y justos, reclamos pampeanos y ni siquiera admitió una mínima cesión de caudales desoyendo disposiciones de la Nación.
Esa hermandad rengueante se evidencia, además, en otros aspectos que llegan a la desaprensión: si por un lado cortó los escurrimientos del río Atuel en su exclusivo beneficio, por otro, cuando el volumen de agua excedió, por su abundancia, la capacidad de sus embalses, la dejó escurrir por los antiguos cauces aunque con un agravante: no se dignó avisar de la anomalía. Ese desprecio por la necesidad ajena, que ya había manifestado en ocasiones anteriores, es el que está castigando en estos días a los pobladores del oeste pampeano que se sorprendieron con caudales de diez y más metros cúbicos por segundo ingresando a la provincia sin una sola advertencia por parte de los organismos oficiales mendocinos que son, justamente, los que ordenan y permiten esos escurrimientos.
Así el viejo sistema de cauces del río Atuel en La Pampa revivió súbitamente, aunque con un peligroso agravante: las modificaciones provocadas por las fuerzas naturales en tantos años sin agua causaron peligrosas derivaciones y desvíos obligando a la construcción apresurada de defensas para proteger a los pobladores rurales de la zona y, también, algunas áreas urbanas.
Con semejantes antecedentes cuesta demasiado reconocer la condición fraternal de la provincia cuyana. Sin embargo corresponde no dejar pasar por alto una cuestión: en última instancia no es el pueblo mendocino el responsable de esta política antifraternal y antinacional; en el problema inciden intereses de círculos económicos y políticos estrechos pero muy poderosos. Como ha dicho un poeta pampeano refiriéndose a la cuestión: “la culpa está más alta / no es culpa de ellos”.