Aunque bajen las aguas hay que seguir remando

Meses atrás, al comenzar los anormales escurrimientos de los ríos Salado-Chadileuvú y Atuel dentro de los límites de nuestra provincia, desde esta columna se instó a aprovechar la oportunidad para intensificar la acción política en torno al problema, porque es sabido que el menor peso político de La Pampa ha conspirado casi siempre para que sus reclamos no sean escuchados o se deriven hacia la inacción.
Esta vez la anterior y dura experiencia de salinización del río Colorado hizo que el meneado Tapón de Alonso -oportunamente abierto por el gobierno provincial- pasara a jugar un papel relevante ante el temor de las provincias que aguas abajo tienen tierras bajo riego; y si por un lado las reacciones de Río Negro y Buenos Aires fueron desmedidas en sus presentaciones ante la Corte Suprema, por otro sirvió para que ambos estados valoraran y reconocieran -mencionándolo en sus escritos judiciales- un concepto que La Pampa hasta ahora venía proponiendo en soledad: la necesidad de crear un organismo de cuenca para el Desaguadero-Salado-Chadileuvú-Curacó-Colorado. Es cierto que el otro aspecto de ambas presentaciones asumía la cuestionable idea de que La Pampa debía hacerse cargo del pasivo ambiental salino, sin reconocimiento alguno, sin embargo lo verdaderamente importante fue ese apoyo a la visión integradora de la cuenca.
Desde esta columna se propuso, siguiendo el consejo martinfierrano, “machacar en caliente” y aquellos resultados, aunque envueltos en polémica, pueden considerarse positivos. El problema es que la temperatura política ha comenzado a descender con la disminución de los escurrimientos y el posible cese de caudales, lo que conducirá indefectiblemente al olvido o la postergación del tema. No es una presunción gratuita; meses atrás, en el apogeo de la creciente, la comisión de Ambiente del Senado de la Nación acordó reunirse en esta ciudad para considerar el problema, lo que hubiera sido un gran paso político. La reunión se postergó y, finalmente, se convino realizarla en Buenos Aires; pero hasta ahora no se ha concretado y nada indica que, con el problema diluido, se realizará. Lamentablemente fue una oportunidad perdida.
Ahora, con los caudales en retroceso y el presumible paulatino desinterés por parte de los afectados es fundamental que la provincia persista en la reconocida idea de unidad de cuenca. Los regantes del valle inferior del Colorado, acaso los más amenazados por cualquier variación en la salinidad del agua, han reconocido esa necesidad en forma colectiva; ahora hay que llevarla a la arena política y técnica, con la vista puesta en la actitud de las provincias cuyanas, especialmente Mendoza. Meses atrás, cuando se habló de concretar la idea del comité de cuenca del Desaguadero la provincia cuyana, fiel a sus antecedentes, no se pronunció y dijo que solamente iba a escuchar. Sabemos qué resulta de esas estrategias.
Lo positivo es que, a pesar de las dificultades, la idea de la unidad de cuenca ha crecido, amparada en la evidencia de que el todo es consecuencia de las partes y que si no se armoniza el conjunto, tarde o temprano volverán a manifestarse los problemas.

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