Ayudó sin preguntar patria ni la religión

SEÑOR DIRECTOR:
Confieso que nunca había leído el nombre de Irena Sendler (Sendlerowa) hasta que supe que había muerto el lunes 12, a los 98 años de edad.
Es verdad que no me he dedicado en particular al tema del lado más oscuro de la II Guerra. Toda guerra es de por sí oscura, pero puede distinguirse una negrura mayor cuando se deja de lado el detalle de las operaciones bélicas para averiguar qué pasaba con la gente, la que no combatía y que trataba de seguir viviendo en circunstancias tan duras. Con todo, he sabido de la Schindler (una alemana que salvó a cientos de judíos incluyéndolos en su lista de obreros necesarios), pero fue porque esta mujer vino a la Argentina apenas pasada la guerra y vivió entre nosotros hasta hace pocos años. Me ha atraído más, en cambio, conocer el detalle de la resistencia al ocupante desde el lado civil porque he pensado que cuando un hombre decide hacer semejante apuesta es porque ha podido decir no a los miedos habituales que hacen que la mayoría espere aunque no haya esperanza razonable. He estado atento, asimismo, a casos como los bombardeos a las ciudades y sobre los civiles, tanto de los que soportó Gran Bretaña como el que los aliados realizaron sobre Dresde, del que fue testigo un soldado norteamericano, entonces prisionero de los germanos y más tarde autor de un estremecedor relato de esa matanza. Las guerras permiten dirigir la mirada hacia una multitud de aspectos cada vez que uno se sustrae de la atracción tradicional que implica el relato de las grandes operaciones y de las actitudes que toma el hombre al sentirse instalado en ese infierno.
Es bueno conocer estas historias. Digo por la Schindler y, ahora, por la Sendler. Esta mujer era enfermera en Varsovia cuando los nazis ocuparon Polonia. Dado su trabajo, ganó cierto grado de confianza. Cuando se creó el gueto de Varsovia (1941 a 1943) fueron recluidos allí unos 450 mil judíos, hombres y mujeres de toda edad. Sobrevivieron 71 mil. Las condiciones infrahumanas en que vivieron esas personas provocaban frecuentes riesgos de epidemia. Los alemanes temían en especial al tifus y por eso permitieron que el servicio sanitario entrara y actuara en el gueto. Así entró la Sendler y pudo asistir a la agonía de esa gente. “Una persona necesitada debe ser ayudada de corazón, sin mirar su religión o su nacionalidad”, se dijo Irena (según su relato de muchos años después). Pronto tuvo la certeza de que todos estaban condenados a morir, ya en el gueto, ya en alguno de los campos de concentración (hacía los cuales partían siempre trenes repletos). Pensó que podría salvar a algunos niños. Las madres se opusieron comprensiblemente, porque debían dejarlos en manos extrañas y pensaban que no volverían a verlos. Irena ideó un sistema de cambio de nombre y consiguió que muchas familias polacas aceptaran a esos niños en adopción. Los sacó de mil maneras: en ambulancias, en canastos de ropa, en ataúdes (como enfermos o muertos por tifus). Puso cuidado en crear un registro donde consignaba el nombre de esos niños y la nueva identidad, a fin de que fuera posible el reencuentro con sus padres. Vano esfuerzo, porque la gran mayoría de esos padres moriría en el gueto o en los campos de concentración. ¿Cuántos niños salvó Irena? La cifra suena increíble considerando las circunstancias: más de dos mil quinientos, el doble que los de la lista Schindler. Los nazis llegaron a saber qué hacía Irena. La detuvieron, la torturaron y la condenaron a muerte. Los encargados de la ejecución fueron sobornados y la dejaron huir, al tiempo que la incluían en la lista de muertos.
Irena viviría largamente. Durante años nadie habló de ella. Mucho más tarde el gobierno polaco la declaró heroína nacional y muchos de aquellos niños la buscaron para darle testimonio de su afecto. Israel la distinguió también. Ella ya estaba en un asilo y el alzheimer le ganaba su última batalla.
Atentamente:
JOTAVE