Bienvenido sea el debate

Se encuentra en tratamiento en el Congreso Nacional una iniciativa del oficialismo que propone bajar a los 16 años la edad a partir de la cual sería posible integrar los padrones de votantes, y por ende, participar de la vida democrática.
Cualquier debate sobre iniciativas que tiendan a ampliar los horizontes de la democracia debería concitar la adhesión de quienes están comprometidos con este sistema político. Al menos en teoría, cuantas más sean las personas que voten mayor será la representatividad de los dirigentes electos y, acaso, menor la posibilidad de error de los votantes.
Sin embargo, la iniciativa es vista con recelo desde parte de la oposición. A no dudarlo, ello obedece primordialmente a razones cortoplacistas, como por ejemplo, la especulación sobre si esos votos favorecerán al oficialismo. No es ninguna casualidad que, por estos mismos momentos, se esté debatiendo, particularmente en el ámbito metropolitano, si los estudiantes secundarios deben o no recibir cursos de formación política, e incluso si deben definirse ideológicamente y militar en partidos o agrupaciones estudiantiles.
El fondo del debate es claramente ideológico. Como lo atestigua la experiencia de los años noventa, a la derecha neoliberal le interesa reducir al máximo posible los niveles de democracia y participación política, porque de otro modo la implantación de sus políticas antipopulares no resulta sustentable en el tiempo.
Por el contrario, las fuerzas populares tienen todo el interés en garantizar el más amplio acceso de la población a los derechos políticos, lo cual implica derribar en lo posible todas las barreras de edad, sexo, raza y condición económica. En el caso de los jóvenes, la baja de edad para votar resulta coherente con la reciente reforma que bajó también la edad para adquirir plena capacidad civil, que de 21 años pasó a 18. Uno de los jueces de la Corte Suprema, al hablar del tema, advirtió sobre la incongruencia que implica el hecho de que un menos de 16 años sea penalmente responsable de sus actos y, simultáneamente, no tenga capacidad para votar a las autoridades de un Estado que está en condiciones de juzgarlo. Consultado sobre si un joven tiene “conciencia” a los 16 años como para sufragar, replicó: “si no tiene conciencia para votar, tampoco le podríamos imponer una pena”.
Incorporar más jóvenes como votantes es construir ciudadanía, lo que implica no sólo otorgar mayores derechos, sino también generar compromiso y obligaciones para con el país y su sistema político. Se estaría así avanzando en la dirección adecuada para revertir la actitud ambigua -por no decir hipócrita- de algunos sectores sociales para con los jóvenes, a los que se acusa de abúlicos o desinteresados, pero al mismo tiempo se les coartan los canales de participación; a los que se idealiza como sujetos dignos de la mayor protección legal, pero en los hechos se los condena a la indigencia y la ignorancia; a los que se acusa de superficiales, pero al mismo tiempo se los bombardea con la descomunal maquinaria publicitaria de la sociedad de consumo.
Quienes hoy dicen que los jóvenes no están preparados para votar -y, de hecho, critican a los nuevos dirigentes políticos por el sólo hecho de ser jóvenes- son los mismos o están muy cerca de los que no tuvieron empacho en su momento en mandar a una generación de jóvenes a la guerra, tal como lo puede atestiguar el colectivo social que que está cumpliendo cincuenta años por estos días.
Bienvenido el debate, entonces, porque el camino que se intenta, desde luego, no estará exento de dificultades. Pero en cualquier caso será una crisis de crecimiento, de incorporación de nuevas voces al coro político. Que a los viejos desafinados se los conoce de sobra.