Brasil y una historia que ahora carece de sorpresa

DOMINICALES

La destitución de Dilma Rousseff de la presidencia de Brasil forma parte de una “muerte anunciada”, como han coincidido en expresarse varios comentaristas.
Hay dos maneras de comentar el suceso: emocionalmente, porque la caída de esta presidenta, por motivos ajenos a la calidad de su desempeño, produce una reacción de rechazo y protesta. En mi caso, en un comentario anterior, expuse mi concepto sobre esta mujer, la primera llegada al poder en la mayor economía de la región. Ahora me alejo del acontecimiento para verlo en un encuadre histórico mayor. La misma actitud adopté para el caso argentino, si bien el nuestro se ha producido dentro del esquema institucional.
Vale preguntarse si la vía democrática, que retomásemos en l983, sigue siendo confiable o si han aparecido factores que de alguna manera determinan o condicionan el comportamiento ciudadano. La posibilidad de dudar no es novedosa. La democracia ha dado importancia a factores previos capaces de influir en el acto de votar. Por ejemplo, la necesidad de escuchar “todas las campanas”, no solo en vísperas del trance electoral sino en la vida corriente para que el votante se informe y pueda asumir la responsabilidad de su voto.
No se ha previsto ni tendría sentido un juicio de responsabilidad al respecto. La democracia ya tomó una decisión al optar por el voto universal y obligatorio, no obstante constar que el nivel de preparación de los ciudadanos es siempre desigual y se acentúa cuando hay diferencias socioeconómicas o cuando hay exclusión formal o de hecho para el acceso a los medios educativos. Baste recordar que, no obstante la formalidad democrática de la constitución, se discutió si un iletrado (o un no propietario) puede votar a conciencia. Y el voto de la mujer llegó mucho después de presumir la “universalidad” del voto. Esta contradicción ha sido aceptada y la humanidad de nuestro tiempo busca su superación al redefinir los derechos humanos y al proponerse eliminar las exclusiones formales o de hecho que subsisten. Lo social condiciona lo político.

Utopía.
Consideraciones de este tipo (imposible de desarrollar aquí) permiten entender que la democracia es y será siempre un proyecto, un proceso perfectible: una “utopía”, que no desdeña el sistema de la decisión popular mediante el voto, sino porque ese “lugar que no existe” es, sin embargo, la estrella que hemos escogido para orientar la marcha hacia formas de convivencia en constante superación. Tal es el papel real de la utopía y la historia de la aventura humana es eso: una marcha hacia algo que no existe, pero que se construye al marchar.
La experiencia revela que esta marcha no es ni continua ni armónica. Que tiene momentos de descanso, así como se dan etapas de aceleración o de retroceso.

Proceso.
Dilma cae porque es parte de un proceso virtuoso que ha encontrado un obstáculo mayor. El relato histórico está lleno de estos hechos. En nuestra región, repite (con variantes de época) el proceso que se dio en los años setenta cuando vimos surgir y establecerse dictaduras que, como es propio de estos regímenes, parten de la idea de que la historia ha terminado o que debe ser parada y corregida según un supermodelo, verdad única y final. La explicación que tuvieron esas dictaduras es que fueron una creación pensada para imponer una división del poder mundial luego de la II Guerra. El objetivo se hizo visible cuando las potencias dominantes en occidente definieron zonas de predominio y de su dominio excluyente con respecto al resultado diferente de esa guerra, la cual no mostró un vencedor principal sino dos o quizás tres, según el proceso de posguerra que destacó los centros de Estados Unidos, el occidente de Europa (ahora dependiente de su aliado atlántico), Rusia y China. Se recordará que el sector atlántico (que no renunció al poder en el Pacífico) tomó entonces decisiones que han condicionado el acontecer mundial hasta nuestros días. Y que fue en esas circunstancias cuando asistimos a la primera declaración expresa del “fin de la historia” (Fukuyama).
Tan no terminó la historia que ahora asistimos a la lucha por el dominio mercantil y financiero de la gran cuenca del Pacífico y otra vez los poderes ultranacionales imponen en su zona de dominio, ya no las infaustas dictaduras de los 70 sino la eliminación de ensayos regionales de desarrollo propio, como fueron el Mercosur, la Unasur y esa ruta, ahora cortada.
El análisis de esta experiencia revela que estamos condicionados desde afuera.
Jotavé

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