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Calaveras con ojos que nos miran

DOMINICALES

Esta semana nos regaló la imagen casi surrealista de los diputados independentistas electos en Cataluña durante los últimos comicios, saliendo custodiados de la cárcel para asumir sus cargos… sólo para luego ser llevados nuevamente a sus celdas. Quien creyera que los presos políticos eran cosa del pasado en las «democracias occidentales» bien haría en mirar nuevamente esa foto. Y con ese trasfondo, se conoció el deceso, a los 103 años, de una gloria catalana, la luchadora antifascista Neus Catalá.

Huérfanos.
Cuando en 1939, culminando la guerra civil, las fuerzas de Francisco Franco entraron en Barcelona, la joven Neus -quien pese a postularse para enfermera en el frente fue destinada al frente de un orfanato de guerra- condujo a 182 huérfanos a su cargo hacia Francia, en una penosa marcha a través de los Pirineos nevados.
Esta epopeya -que concluyó con la ubicación de esos niños en hogares sustitutos en el país galo- es sólo una muestra del carácter de esta mujer extraordinaria, que de niña trabajaba en la vendimia en su pueblo de Els Guiamets, donde protestaba porque las mujeres recibían una paga menor que los hombres (un reclamo que, por cierto, resultó exitoso).
A poco de instalarse en Francia el país fue invadido por los nazis, y nuestra heroína se unió a la Resistencia, en la que colaboró como combatiente y como contrabandista de armas y documentos escondidos entre sus ropas. Fue capturada y deportada al campo de concentración de Ravensbrück, que albergaba a más de 132.000 mujeres y niños, de los cuales unos 92.000 murieron de hambre, de enfermedad o ejecutados. Ella sobrevivió.
De allí fue transferida al campo de Flossenbürg, donde fue parte de un grupo de tareas forzadas en la fabricación de armamentos, ingeniándoselas para sabotear la producción y entregar millones de balas y bombas falladas al ejército alemán, un sabotaje para el cual empleaban moscas, cucarachas y hasta escupitajos en la línea de producción.

Sobreviviente.
Catalá sobrevivió también a este segundo campo del horror. Cuando la rescataron, en piel y huesos, su salud estaba seriamente comprometida por la inanición, las torturas sufridas en su arresto, y también por las inyecciones «experimentales» a las que los nazis sometían a sus prisioneras, para evitar que menstruaran y se embarazaran.
Pese a ello, tuvo dos hijos de su segundo matrimonio -con el exiliado español Félix Sancho- y, ya reinstalada en Francia, retomó su militancia comunista y antifascista, y comenzó la publicación de una serie de trabajos autobiográficos memorables. En «De la Resistencia y la deportación», por ejemplo, rescató el conmovedor testimonio de 50 mujeres españolas que habían compartido cautiverio con ella en Ravensbrück.
Su obra no se limitó a explicar el horror nazi, sino que puso especial énfasis en el protagonismo de las mujeres en esa parte de la historia, transformándose -como dijo al homenajearla el presidente de Cataluña, Quim Torra- en «una clara voz por la libertad y en contra de la barbarie».
Sólo pudo regresar a su país de origen en la década de 1970, tras la muerte de Franco. Nunca pudo tolerar que el dictador fascista español hubiera evitado la suerte de Hitler y Mussolini.

Calavera.
Según su propia memoria -«Testimonio de una sobreviviente», de 2007- al ser liberada del cautiverio nazi, Neus era poco más que «una calavera con ojos». Pero esos ojos profundos y penetrantes, testigos del horror, se mantuvieron abiertos hasta estos días, para recordarnos aquellas épocas aciagas.
Aunque hoy nos resulte inconcebible, en aquella guerra se aliaron los EE.UU. y Europa con Rusia y China, tal era el espanto que les causaba el enemigo común. Ahora, aún desaparecido el conflicto ideológico que planteaba el socialismo vigente en el Este, las potencias se entretienen en guerras comerciales y otras no tanto, sin percibir que en sus propias entrañas se está incubando nuevamente la bestia que creían haber derrotado en 1945.
Lamentablemente esos ojos implacables de Neus Catalá sobrevivieron para ver, en España, el resurgimiento del fascismo más rancio en la fuerza política Vox, que obtuvo varios escaños en las Cortes. No es que hubiera desaparecido, sólo estaba convenientemente camuflado en las huestes corruptas y autoritarias del Partido Popular. Al parecer, el insecto se ha liberado de su cascarón.
Al menos a quienes la sobrevivimos nos queda su testimonio, su valentía y su dignidad. «Nunca jamás lloré delante de un nazi», cuenta en su biografía «Cenizas en el cielo». Sólo en la oscuridad de la noche se permitía el llanto. «Me robaron el sueño, pero nunca pudieron robarme mi vida y mi libertad».

PETRONIO