Calles, nombres y algunas sorpresas

Hace ya poco más de un año que el Concejo Deliberante de Santa Rosa sancionó la ordenanza por la cual se eliminaba el nombre del ex presidente Julio Argentino Roca de la avenida principal de la ciudad, la cual pasó a designada, en toda su extensión, con el del libertador José de San Martín.
En una ciudad acuciada por el colapso de su estructura cloacal, con serios problemas de desabastecimiento de agua, pavimentos y desagües obsoletos y otras urgencias no menores, resulta saludable que la comunidad se haya tomado un respiro para debatir durante largas jornadas sobre la permanencia de este homenaje. Y que, finalmente, basada en razones de derechos humanos y de respecto a los pueblos originarios, haya elegido eliminar de la nomenclatura urbana a uno de los políticos más importantes de la historia argentina en el filo de los siglos XIX y XX.
Con el paso de los meses puede afirmarse que el cambio de nombre introducido ha sido aceptado por la comunidad, que ha vuelto a preocuparse -y con justa razón- de los problemas más urgentes ya señalados. En esa clave deben leerse las elecciones internas del partido gobernante, donde el actual intendente obtuvo un cómodo último lugar.
No obstante, cabe preguntarse si este ejercicio de memoria histórica, ahora dejado de lado, no debería ser objeto de una atención un poco más permanente por parte de los ediles santarroseños. Esto viene a cuento de una nota de investigación histórica publicada por un conocido especialista en el suplemento Caldenia del pasado domingo 16 de agosto, donde se hace una semblanza de Enrique Valerga, un comisario de principios del siglo XX, cuyo nombre designa a una importante arteria del barrio Villa Santillán.
A juzgar por el artículo -rigurosamente basado en los periódicos de la época- el comisario Valerga era un personaje que, en nuestros días, podría denominarse “de la pesada” o cultor de la “mano dura”. Llegado al territorio tras un oscuro pasado en la baja política porteña, tanto en Santa Rosa como en Toay generó polémicas por su conducta arbitraria y muchas veces ilegal.
Así, por ejemplo, cuando siendo juez de paz de Toay, fijó domicilio en una confitería, donde trasladó su oficina pública, a la cual usaba como comité de campaña política en contra del intendente local, lo cual le valió una fuerte sanción. O cuando, atendiendo a una confusa denuncia en la oficina de correos de Santa Rosa, procedió a la detención arbitraria de dos prohombres de la ciudad (uno de ellos, el Dr. José Oliver, también inmortalizado en una calle capitalina).
Contrariamente a lo que podría esperarse, Valerga duraba muy poco en los cargos que se le confiaban -invariablemente por conflictos por él generados- y fue objeto de numerosas investigaciones penales, de las que resultaba invariablemente indemne gracias a sus fuertes conexiones con el poder de turno. Una de esas investigaciones, por ejemplo, involucraba el facilitamiento de la fuga de un preso peligroso.
Como se advierte, se trató de un hombre notorio en los albores de la vida santarroseña, aunque -claro está- cabe preguntar si es ése el tipo de notoriedad que amerita un homenaje tan importante como inmortalizar su nombre en una calle de la ciudad, junto a benefactores de la humanidad como Pasteur, Zola o Lope de Vega, con los que forma esquina en la nomenclatura urbana. Valerga habrá tenido sus virtudes -se menciona su rol en el combate de un incendio rural- pero a no dudarlo éstas ni se comparan con las dotes de estadista que ostentaba el defenestrado Roca.
Este es apenas un ejemplo de las sorpresas que pueden encontrarse entre los nombres de las calles capitalinas. Sólo con emplear el criterio de la lucha por los derechos humanos, muchos otros -como éste- ameritarían un borrón y cuenta nueva. Un pase al olvido no sólo merecido, sino plenamente vigente en la mente de los santarroseños de hoy.