Cambios regresivos en América Latina

Con el comienzo del siglo XXI se empezó a gestar en América Latina una singular coincidencia política: acaso por única vez en la historia varias naciones comenzaron a acordar una agenda común para la defensa de sus intereses comerciales y políticos, marcando claras diferencias con el poderoso vecino del norte. Se llegó a poner en funcionamiento una suerte de mercado común que prometía mucho ya que facilitaba un intercambio comercial directo.
Pero aquel movimiento regional adoleció de una cierta ingenuidad al descuidar las fuerzas conservadoras que, desde siempre, formaron parte de la historia sólidamente vinculadas a intereses de Europa, primero, y de Estados Unidos, después, que no veían con buenos ojos esa tendencia política en lo que siempre consideraron su patio trasero. Solo que esta vez, para solucionar el “inconveniente”, no pusieron en marcha como antaño sus marines ni alentaron golpes militares sino que apelaron al gran frente reaccionario de aliados internos.
Con más astucia que fuerza, la labor de desgaste de los gobiernos populistas de la región que, bueno es decirlo, estaban lejos de ser revolucionarios, se basó en los grandes medios de comunicación que constantemente -y apelando con frecuencia a falsedades- fueron demoliendo la imagen de los gobernantes hasta conseguir derribarlos en las urnas o en los parlamentos en amañados procesos destituyentes que contaron con la complicidad de fuertes sectores empresariales y, también, de enclaves reaccionarios enquistados en las estructuras judiciales.
De los cinco países que apostaron a aquellos cambios de orientación política -Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador y Venezuela- los dos mayores ya se han derrumbado con durísimas consecuencias para sus pueblos, en tanto que Bolivia y Ecuador, de menor peso político, resisten los ataques que ya han comenzado a asediarlos, pagando el atrevimiento de haber querido abandonar sus roles de proveedores-consumidores en la distribución del mundo capitalista actual. Venezuela es un caso aparte ya que, por estar ubicada sobre “un mar de petróleo” resulta esencial a los intereses norteamericanos que, desde el mismo inicio de lo que se denominó la “revolución bolivariana” (acaso el más radical de todos estos movimientos) consideró a la nación caribeña “un peligro para Estados Unidos”. Con esa beligerante expresión Washington intenta justificar su intervención en los asuntos internos de Venezuela y su apoyo explícito a la oposición que pretende destituir al gobierno.
El premio Nóbel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, ha dicho que en estas experiencias se aplicó la metodología del “golpe de Estado blando”, como antes en Honduras y Paraguay, con el fin de advertir a los actuales y futuros gobiernos del continente que intenten ampliar márgenes de soberanía y redistribuir la riqueza con mayor equidad. Domesticar a gobiernos y recolonizar América Latina es el objetivo. Lo que la derecha no logra conseguir por las urnas, buscará alcanzarlo mediante la destitución ilegal de presidentes, la privatización de empresas del Estado, y la entrega de recursos naturales, expresó el dirigente del Servicio Paz y Justicia.