Caminos de la lengua en los años de la web

Señor Director:
Uno está obligado a seguir el rastro de la lengua con la mayor aproximación posible, pero esta tarea se ha tornado hasta penosa con la comunicación digital.
Si bien procuro no perderle pisada al habla real, si llamamos así a la que tiende a ser expresión de época, confieso que hace poco empecé a prestar atención a una práctica que tiene el Diccionario Oxford (inglés, de la universidad de Oxford): cada año da cuenta de cuál es la palabra cuyo uso ha crecido más durante los primeros once meses. Me había parecido que era un quehacer algo superfluo y hasta peligroso, pero he tenido que aceptar que es también una manera de dar cuenta de lo que está pasando en nuestro tiempo, cosa que puede ayudarnos a imaginar hacia dónde vamos o adónde queremos llegar. Además, no ha habido más remedio que aceptar que la comunicación digital marca el ritmo del medio que usamos para comunicarnos y que, de hecho, impone los cambios que le son necesarios para el uso del lenguaje. Como si dijésemos que una cosa era la comunicación a través del diario y del libro y otra cosa es con la computadora. Y, además, que las academias cada vez son menos atendidas en su papel de fijar, brillar y dar esplendor, como pretende nuestra RAE.
Veamos algunas novedades. La de mayor resonancia pública es una práctica de Oxford (su Diccionario) de anticipar en lo posible la palabra que ha aparecido o que ha tenido mayor uso en el año que está por terminar. La de este año, que fue anunciada hace pocos días, es “post-verdad”, que en español aconsejan decir posverdad. Este año dicha palabra ha crecido un 2000 por ciento, especialmente estimulada por el Brexit y por la elección de Trump en Estados Unidos. Brexit es el nombre del referéndum en el que triunfó la decisión de apartar el Reino Unido de la Unión Europea. También ha sido muy usada para dar cuenta del fracaso de la paz colombiana con una fuerza revolucionaria, en ocasión del plebiscito, para el cual se descontaba el triunfo del sí. Pero fue no. También vale para el acontecer político en la Argentina y Brasil. Parece que esta voz fue presentada o creada por un periodista en l992. En un artículo en la revista The Nation, Steve Tesich, al referirse a la primera guerra del Golfo, decía que “nosotros, como pueblo libre, hemos decidido libremente vivir en el mundo de la post-verdad (post-truth) donde la verdad ya no es importante ni relevante”. Poco antes de la reciente elección en USA, el diario Independent decía que “hemos pasado a vivir en el mundo de la post-verdad. La verdad se ha devaluado tanto que ha dejado de ser el ideal para el debate político y éste es ahora una moneda sin valor”. Y en el diario The Economist se leía que “Trump es el principal exponente de la política de la post-verdad, que se basa en frases que se sienten verdaderas, pero que no tienen ninguna base real”. A su vez, Oxford explica que el término denota “circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública. Los sobrepasa la apelación a la emoción y la creencia personal”. En suma, que posverdad (dicho en español), si bien tiene antecedentes de uso, ahora es la sustancia del discurso político. La verdad ha sufrido una derrota humillante en su pretensión de dar rango al mensaje. Lo que interesa políticamente es ganar poder o permanecer en el poder. El escritor argentino Rodrigo Fresan lo dice así: “Esto supone que la verdad ya no importa. Que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y la creencia personal”. Que “lo más gracioso, loco, ocurrente, imprevisible… el rumor, el insulto, la descalificación, lo falso y lo chistoso va delante de lo certero y auténtico”.
No ignoramos que el discurso político siempre tuvo un componente dirigido a la emoción y la creencia, pero lo que se pretendía es que esto adornase lo sustancial, lo que el orador trataba de comunicar
Atentamente:
Jotavé