Caminos sin brújula en el andar por la política

Señor Director:
Hay más de una opinión acerca de la política y también sobre los políticos.
Cuando se logra que las personas escépticas de la política se expresen, son pocas las que pueden hacerlo porque para tener opinión se requiere conocimiento y capacidad crítica. Quienes se explayan dicen generalmente que el político es indigno de confianza porque oculta lo que piensa y calla lo que realmente estaría dispuesto a hacer. Y que es altamente corrompible.
Corrupción y corruptibilidad es el cargo que más se repite, no pocas veces expresado por ciudadanos que no pueden exhibir una conducta intachable. Al parecer entienden que hay una corrupción mala y una corrupción normal, si no buena, que corresponden respectivamente al hombre público y al ciudadano que se mantiene al margen del compromiso activo con el interés general. Al observar este modo de pensar, he dado opinión en el sentido de que el hombre no es naturalmente incorruptible y que para no corromperse debe operar sobre sí mismo para poder decir no a la tentación. No veo diferencia esencial entre el político y el que no lo es; lo que los diferencia es el escenario en que actúan y, por cierto, su conducta real y demostrable. También creo que la ejemplaridad se da en cualquiera de ambos escenarios, pues en los dos hay tensiones derivadas de la competencia, del choque de intereses y de la envidia. He conocido y admirado a políticos de notable integridad, más o menos en la misma proporción que en el espacio de lo privado.
En estos días he repensado estas cosas con relación a un político británico destacado, el laborista Tony Blair, quien, no obstante proceder de familia conservadora, se afilió al laborismo y luego fue el más joven de ese partido en llegar al cargo de primer ministro, en el que permaneció durante tres períodos consecutivos. Como premier se anotó en la buena tradición laborista al mejorar sensiblemente el sistema gratuito de salud, logro del laborismo de posguerra. Una singularidad que se le observó fue que, siendo aún premier, pasó de la iglesia anglicana a la católica, lo que le acarreó críticas y enemistades, incluso en su partido (en el que muchos permanecen al margen de la religión). Finalmente, perdió crédito ante propios y extraños cuando se unió al presidente Bush (EEUU) y llevó a su país, con Estados Unidos, a la guerra con Irak. Incluso fue él quien dijo en los Comunes que había constancias de que Irak tenía armas de destrucción masiva. En estos días, un libro elaborado por tres periodistas británicos revela que Blair, desde que renunció como primer ministro (en 2007), acumuló una fortuna de unos cien millones de euros y adquirió propiedades urbanas por unos 40 millones. ¿Cómo pudo? Organizó (como Clinton) el negocio de las conferencias, que le ha procurado unos 15 millones; se hizo nombrar (recomendado por Bush) miembro del cuarteto para pacificar medio oriente, región que ha llegado ahora a ser un polvorín, pero que le ha permitido tomar asesorías con emiratos y otros gobiernos de la región. El emir de Kuwait le pagó 40 millones de dólares por servicios de consultoría. Abu Dabi le paga un millón por asesoría estructural global. Un acuerdo con una petrolera china le da una remuneración por contrato cerrado del dos por ciento y una remuneración de 60 millones. Morgan Chase le paga tres millones al año. Kazajistán le da trece millones al año por asesoramiento económico y de gobernanza. Emiratos Árabes Unidos le rinde 45 millones al año. ¿Será, todo esto, el premio por haberse “jugado” cuando hubo que invadir y destruir Irak? El libro se titula Blair Inc.
Otros hombres de la izquierda europea (izquierda revolucionaria o social democracia) no figuran en listas tan fulgurantes, pero cada vez están más lejos del poder, reemplazados por derechas extremistas o por partidos que retoman banderas y tratan de abrirse paso (Grecia, España, Irlanda).
Atentamente:
JOTAVE