Campos inundados

El medio millón de hectáreas aptas para la agricultura bajo agua sumado a la imposibilidad de aprovechamiento en lo inmediato de otra gran superficie, crea un panorama inquietante a la economía pampeana. Con la ironía de pertenecer al sector semiárido, y aún seco, de la llanura pampeana, una inundación generalizada nunca o casi nunca fue preocupación para los gobiernos provinciales a tal punto que una obra preventiva no se concretó totalmente ni se previeron consecuencias, insinuadas por lluvias abundantes de años atrás.
Hoy el mundo experimenta un cambio climático de características planetarias en el que la acción humana tiene incidencia, por más que los intereses económicos -y los políticos que a ellos se subordinan- lo nieguen. En la región pampeana, considerada en su proyección nacional, esa aseveración aparece dolorosamente confirmada. Un irracional desmonte en pro de la siembra de soja, despreciando la enorme utilidad del bosque y su fundamental papel como retentor del agua que escurre, ha sido un factor importantísimo en los anegamientos.
Décadas atrás la experiencia había indicado que el desmonte de las sierras de Córdoba epilogaba en inundaciones en la llanura que estaba hacia el este de la que algunos ríos son emisarios. Aquella advertencia se olvidó muy pronto, incluso se potenció con el gran negocio de la soja. Pero el aprovechamiento de la naturaleza tiene sus límites y ahora nos enfrentamos a su dura reacción frente al exceso. En nuestra provincia dos años sin producción efectiva sobre un gran territorio y un latente riesgo de salinización en los campos abren un serio interrogante sobre parte del futuro provincial. Muchos productores, que vienen de dos años seguidos con exceso de agua, atraviesan serias dificultades financieras. Mientras tanto las oficinas medioambientales del gobierno nacional -tanto en materia de incendios como de inundaciones- siguen mirando para otro lado.