Castillos en el aire

En estos días, la municipalidad ha lanzado los llamados “talleres participativos” que deberían servir de base para la elaboración del publicitado Plan Estratégico cuyo objetivo es nada menos que la planificación de la ciudad para las próximas décadas. La intención, vale adelantar, es buena, pero la forma y la metodología que se emplea para cumplir ese objetivo plantea serios interrogantes que ponen en duda si es este el camino para pensar la ciudad del futuro cuando aún no se sabe si saldremos de la crisis presente.
La ciudad está hoy inmersa en una crisis fruto del desordenado crecimiento y el incumplimiento de los planes trazados para su ordenamiento pero también por las urgencias políticas electorales que ampliaron el espacio urbano con elefantiásicos barrios de viviendas sin servicios. Sufre además una crisis hídrica, sanitaria y ambiental que conjuga la imprevisión de las consecuencias de traer a la ciudad agua de acueductos a la cuenca cerrada de la ciudad con deficiencias constructivas de la red de agua potable que descarga millones de litros diariamente a las napas, una red colectora cloacal obsoleta en buena parte del trazado y mal construida en otro y la ausencia de un sistema de desagües pluviales que evite los anegamientos.
La municipalidad no tiene los medios para encarar ella sola la solución de esta crisis. Aún con la ayuda de la provincia, que está realizando el Plan de Mitigación, no alcanza. La Nación ha comenzado recién a realizar el llamado nuevo Plan Director que debería ser una hoja de ruta para iniciar un plan de obras que, se anticipa, llevará años y decenas (si no centenares) de millones de pesos.
No es sólo el problemas hídrico el que hoy acucia a Santa Rosa. Algo más profundamente estructural que simples errores de imprevisión la acecha. La Universidad, que participa en la coordinación de los talleres, tuvo en su planta docente, investigadores de la talla de Fernando Aráoz que advirtió hace casi medio siglo que íbamos al desastre si no se tomaban medidas. Aráoz profetizaba con sólidas bases documentales y metodología científica que las ciudades de más de 100 mil habitantes comenzaban a ser onerosas, antieconómicas y lugares hostiles para la vida social. Esa advertencia repetida en su cátedra de Geografía Humana en la década del 70 y del 80 fue olímpicamente desoída por quienes tuvieron responsabilidades municipales.
Hoy la profecía de Aráoz se está cumpliendo y los santarroseños la sufren.
Pero aún con todo lo grave que resulta el desastre hídrico, la imprevisión, la interferencia político-electoral en las decisiones claves del crecimiento y de la infraestructura, hay un punto central que no está siendo incluido en el análisis.
Santa Rosa, como el resto de las ciudades y pueblos de La Pampa fue condenada a la subsistencia cuando La Pampa se provincializó con un modelo centralista que tiró por la borda más de medio siglo de experiencia municipal autónoma y privó de recursos a las comunas que pasaron a ser inviables sin ayuda provincial. La Pampa tiene una “deuda con Santa Rosa” suele oírse, pero esa deuda no se puede pagar solo buena voluntad y una pocas obras. Solo se saldará si se cambian los términos del reparto de la renta provincial de manera más equitativa entre provincia y municipios que devuelvan la autonomía económica a los municipios para soñar, diseñar y construir la ciudad que quieran. Hasta tanto eso ocurra, pensar en la ciudad de 2050 sin ese cambio será como construir castillos en el aire.