Caza, carne y su mala relación con lo cruel

Señor Director:
¿Llegará el momento en el que el acto de comer se vea alterado por una suerte de complejo de culpa?
Me pregunté lo anterior por haber leído, el lunes 7, que alguien vinculado con la Caza Mayor y Menor, dejó escuchar esta frase: “Producir carne es más cruel que cazar”.
Esa persona defendía la Caza Mayor, quizás porque alguien opinó antes que la caza en cualquiera de sus formas es cruel.
Veamos. La voz cruel es adjetiva. La RAE la presenta diciendo “que se deleita en hacer sufrir o se complace en los padecimientos ajenos”.
No parece pertinente su uso para la actividad llamada cinegética, porque el cazador no está atento a lo que la presa pueda sentir. Su acción se agota, en cuanto a lo emocional, en sí mismo: quiere hacerlo porque le hace sentir parte de un quehacer humano que viene desde antes de la humanización, es decir, antes del momento en que el hombre asumiese principios y valores que condicionan su conducta. Cazar era la manera de asegurar el alimento propio y el de quienes dependiesen de su habilidad.
El mandato de la vida, para cada ser vivo, es el de conservar su existencia, por lo menos hasta haber contribuido a la continuidad de la especie. Ésta es una imposición anterior a la aparición del hombre en el planeta. Ninguna forma de vida elige tener necesidad de apropiarse de algo de lo otro para subsistir. O come o muere y deja morir a quienes dependen de su capacidad de proveer alimento. Este imperio condiciona nuestro albedrío. Los sentimientos de amor y de solidaridad que se irán constituyendo desde la etapa prehistórica chocan luego con este mandato inscripto en los genes. Lo histórico del hombre, lo humano, se constituye a partir de la aceptación de que lo que haga (el proceso de culturización) no implica negarse a aceptar ese imperio que puede expresarse diciendo “come o mueres”.
Algunos primitivos honraban a sus víctimas antes de matarlas y prepararlas para su alimento. Tal vez el rezo que precede al acto de comenzar a comer sea un desarrollo de dicho antecedente. Sería algo así como decirnos que puesto que no podemos dejar de comer (porque otro mandato de la misma índole nos dice “Creced y multiplicaos”) honremos nuestro alimento y comprometámonos a ahorrar sufrimientos a nuestras necesarias víctimas.
Si matar para comer no es un acto opuesto a las categorías morales, entonces “los que producen carne” (criadores, matarifes y los que cierran el círculo mercantil) realizan una actividad indispensable, no reprochable moralmente, salvo que se cause un sufrimiento evitable. Hacen lo mismo que el cazador. Pero, estamos hablando del hombre cazador: el que, desde la prehistoria, salía y se exponía al buscar, lidiar y matar la presa necesaria. ¿Acaso el cultor actual de la caza mayor obra en función de tal necesidad? Más bien, parece que repite un rito aunque ahora se esté horro de necesidad. ¿Debería decirse, en tal caso, que actúa cruelmente?
Responder a la pregunta anterior obligaría a otro desarrollo, por ahora prescindible.
He referido en varias ocasiones el caso de una tribu de las costas del Caribe. Aparece relatado en una de las notas que siguen a la novela titulada Moby Dick (Herman Melville, 1851). Da cuenta de una tribu cuyo territorio se veía acosado por grupos que pretendían desalojarla. Esto obligó a desarrollar un sistema de defensa al cual fueron asignados los varones jóvenes. Estos soldados mataban y morían en la defensa del territorio, a cambio de lo cual los mayores y las mujeres se hacían cargo de todas las tareas del asiento de la tribu, incluyendo producir o cazar el alimento, tener hijos, criarlos… Pasado el tiempo, el acoso externo cesó, pero los varones jóvenes no alteraron su quehacer: ejercicios militares durante toda la jornada y retorno a casa, a comer, a procrear, a aguantar llantos y reniegos… Quienes contaron esta historia, dijeron que ya las mujeres empezaban a rebelarse.
Atentamente:
Jotavé

Compartir