Centenario de la gesta que superó su ámbito

Señor Director:
Estamos en el año centenario de un movimiento que se conoce como Reforma Universitaria que comenzó en la universidad de Córdoba, la primera en crearse en la colonia hispana y la más aferrada hasta entonces (y aún después, en ciertos rasgos) a su tradición secular.
Viví y trabajé durante tres meses, en los 70, en la ciudad sede de esa universidad y tuve oportunidad de conocer muchos de los momentos y los rasgos de ese movimiento inicial y básicamente estudiantil (comenzó con una huelga de alumnos). En la despedida de que fui objeto me obsequiaron libros sobre la historia de la ciudad que hicieron posible que me adentrara en su singularidad. Volví tiempo después con el objetivo de buscar profesores para Ciencias Humanas de La Pampa y entonces viví la experiencia estremecedora de ser recibido por el encargado del decanato de mi interés, quien se presentó de uniforme y ametralladora en mano. En el lugar donde fui invitado a pasar se veían armas en varios asientos. Pude cumplir mi cometido y facilitar el regreso a La Pampa de alguien que había sido mi alumno en la Escuela Normal de General Pico.
Esos libros y otras lecturas me dieron conocimiento de la Reforma ahora centenaria y me ayudaron a imaginar la singularidad de ese movimiento, pues se produjo en el centro de estudios que conservaba sin grandes cambios muchos usos y tradiciones coloniales, así como expresaba, en su conducción, las cátedras y la forma de proveer los cargos, la presencia de una clase social mucho menos cambiada que la de la sede porteña de la universidad. Recuerdo que una vez que caminaba por el centro de la ciudad con el gobernador de facto, me sorprendió que muchos vecinos se detuviesen a su paso y batiesen sus manos. Esto ni lo había imaginado en Santa Rosa, Buenos Aires, Esquel y otros sitios donde me he desempeñado.
Cito estos recuerdos para que se pueda imaginar el marco cultural dentro del cual se escenificó la Reforma, cuya posibilidad y, sobre todo, el éxito inicial fue posible porque entonces era Yrigoyen el presidente, el primero elegido por voto secreto y obligatorio. Ante la perturbación creada por el movimiento estudiantil Yrigoyen optó por intervenir la universidad y el interventor Matienzo convocó la asamblea universitaria para elegir los decanos de las tres facultades de entonces, por el voto democrático de los partícipes. Fue indispensable que algo hubiese cambiado también en Buenos Aires para que triunfase la Reforma.
El Manifiesto Liminar de este movimiento merece ser leído para resistir todo ensayo de retroceso. Lo releí en la evocación que hace el escritor Mempo Giardinelli: “Desde hoy contamos con una vergüenza menos, una libertad más. Los dolores que nos quedan son las libertades que nos faltan… Estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana”.
La reforma repercutió en las universidades argentinas y en las más importantes de América latina. Tal fue su trascendencia.
Su importancia no implica la certeza de que las vergüenzas superadas y las libertades ganadas supongan otra realidad que la que pueda resultar de la toma de conciencia acerca de las libertades que aún faltan y de las vergüenzas que aún sobran. Hoy mismo se oye el reclamo de las universidades públicas por el ahogamiento de partidas presupuestarias significativas y por iniciativas que comprometen rasgos básicos de la educación pública, universal y gratuita. Está bien, pues, honrar y conocer la intimidad del movimiento reformista, siempre que se tenga en cuenta que la batalla final contra la desigualdad aún no se ha dado. Y posiblemente seguirá demorándose, pues depende de la capacidad de defender lo ganado y la voluntad de ir por más en la meta quizás utópica de una igualdad plenamente realizada. Su fortaleza está en la conciencia de la naturaleza del proceso vivido y el saber que no fue obra de dioses sino de hombres.
Atentamente:
Jotavé