Con buenas y malas y de las que reconfortan

Señor Director:
Escribo esta nota el sábado 2, luego de leer la edición impresa de nuestro diario (estoy apegado al papel, sin desdeñar las novedades).
Se destaca la decisión de la mayoría de la Corte Suprema de Justicia que ha producido satisfacción en La Pampa, pero que vale por sí misma en cuanto pone la norma internacional, avalada por una experiencia secular, del derechos de arribeños y abajeños sobre los cursos naturales de agua. Ahora habrá que seguir ganando esta batalla, pues los tiempos que corren revelan un apego muy disminuido a los grandes principios jurídicos.
Lo primero que he leído este sábado ha sido la noticia sobre la muerte de Eduardo Ferma, en Santa Rosa, a los 81 años. Lo conocí cuando éramos todavía jóvenes y ya se destacaba por su dominio del dibujo. Luego y a lo largo de más de medio siglo no habremos tenido más de tres o cuatro encuentros personales. Pero ambos “nos sabíamos”. Ignoro lo que él apreciaba en mí y no sé si él intuía el motivo de mi valoración de su persona. Reconocía sus capacidades artísticas, pero hubo detalles que me hicieron querer a la persona que era: una de ellas fue su relación matrimonial, lo profundamente que lo afectó la enfermedad y muerte de su esposa. La otra era la persona que vivía en su intimidad, la persona que él había dado forma y contenido desde sus años iniciales en Jacinto Aráuz. Para decirlo brevemente: era una buena persona, con la singularidad de que imponía naturalmente al otro a instalarse en ese escenario. Proyectaba y provocaba las relaciones desde esa condición. Se lo recordará por sus dotes artísticas. Para mí estas habilidades eran una proyección natural de su condición de ser naturalmente generoso, sensible y querible.
En la edición del día anterior (viernes 1) nuestro diario recogía el relato de un personaje que solamente aparece en la noticia cuando es parte de una situación delictiva o muy trágica. El suceso se desarrolló en una pequeña población del sur rionegrino, Maquinchao. El personaje se llama Atilio Lepiante, peón rural. Este hombre vive con su madre y ella enfermó y debió ser trasladada a General Roca, en el norte de Río Negro. Atilio sentía que debía estar a su lado, pero la modestia de sus recursos hacía impensable el viaje y la estada en la ciudad. Él no había salido de su ámbito rural. Alguien le habrá dicho o habrá recordado que en esa situación muchas personas piden ayuda y generalmente la reciben. Fue a la estación de radio local y así hizo trascender su problema y su necesidad. En pocos días le reunieron 13.576 pesos. Viajó, halló a su madre en proceso de reponerse y ambos pudieron emprender felizmente el regreso.
Entonces se produjo el hecho singular. Atilio volvió a la emisora, contó que ya estaba su madre con él. Supongo que sorprendió al comunicador cuando sacó de su bolsillo un fajo de dinero y le dijo que es lo que le había sobrado de lo que le dieron. “Cuidé esta plata como se debe cuidar lo ajeno”, explicó y ahora quería ponerla a disposición de quienes contribuyeron a constituir ese capital o para quien tuviese la misma necesidad que él. La suma era de diez mil pesos. Había gastado tres mil y pico, y no sabía si también podría devolver tal suma.
¿Cuánto gana este hombre como peón rural? ¿Cómo hace para sustentarse y sustentar a su madre? Recuérdese que no sabe leer ni escribir. Para las tareas rurales elementales le basta con el lenguaje oral. El peón en ciertas explotaciones ganaderas vive una vida de silencios, a menos que le hable a las vacas, las ovejas o con el paisaje. El hombre ha vivido milenios solo con la oralidad. Sería interesante conocer mejor a la madre y su relación con este hijo. Puedo conjeturar que ella ha sabido dar lo suyo, su experiencia de la vida, al hijo.
Descontando que el relato sea verídico, he creído necesario repetirlo aquí y exponerlo. No tanto como excepcional, pero sí como ayudar a dejar de lado algunas miradas prejuiciosas.
Atentamente:
Jotavé