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Concentración de la tierra

El Censo Nacional Agropecuario recientemente finalizado suministra datos, llamativos y a la vez inquietantes, referidos a la cantidad de explotaciones existentes en el país. La estadística está indicando claramente una franca disminución desde el último de estos inventarios, realizado en el año 2002. De acuerdo a las cifras procesadas por el Indec el número total de establecimientos agropecuarios disminuyó en alrededor de 61.000 unidades, a las que podrían sumarse unas 50.000 más que, por razones diversas, no pudieron acceder al requerimiento censal. La reducción en el lapso transcurrido está por encima del 20 por ciento, una cifra que debería preocupar. A partir de esos valores se puede determinar sin demasiado esfuerzo que se está imponiendo una tendencia hacia establecimientos con mayores superficies, es decir, una concentración de la tierra en menos propietarios.
Este fenómeno también se está registrando en nuestra provincia pues la cantidad de explotaciones pampeanas, en el mismo período intercensal, disminuyó en un 10 por ciento.
Este proceso reconoce diversas causas que han sido analizadas por algunos destacados especialistas, pero lamentablemente no figura en la agenda de la política a pesar de su gran importancia socioeconómica. La irrupción de grandes empresas, muchas de ellas de capitales especulativos, en el negocio agropecuario como las políticas estatales erráticas hacia el sector son algunas de las razones que explican la expulsión de chacareros pequeños y medianos y la irrupción de nuevos y poderosos jugadores que llegan a acumular superficies medidas en centenares de miles de hectáreas.
La desaparición del pequeño productor tiene hondas repercusiones sociales y económicas en el corto y mediano plazo porque va en sentido contrario al desarrollo de un mercado múltiple y activo, indirectamente ligado a muchas otras producciones. Ese escenario obliga a meditar sobre el significado y alcance de la expresión «el campo», trasformada últimamente por el macrismo -beneficiado y beneficiario de las políticas vigentes- en «el campo somos todos»
La estadística permite observar que, detrás de ese «somos todos», acuñado en los años de una Argentina autoproclamada como el «granero del mundo», se está experimentando un cambio acorde con los nuevos vientos del neoliberalismo. Cuando el capitalismo de principios del siglo pasado necesitó una matriz productiva basada en la mano de obra barata no vaciló en disponer las cosas para conseguir una inmigración masiva que pusiera en producción tierras vírgenes hasta entonces, aunque sin ceder su propiedad. En la actualidad las nuevas formas de división internacional del trabajo, con fuerte incidencia de técnicas que disminuyen notablemente la necesidad de mano de obra, hacen que el pequeño productor vaya desapareciendo, desplazado por los grandes capitales que están detrás de lo que se denomina el agronegocio. Un lúcido analista de la realidad nacional lo ha resumido así: «la tierra, en la Argentina, sigue en el mismo acelerado y peligroso proceso de hiperconcentración ya harto denunciado: cada vez son menos los propietarios de mayores extensiones de tierra, y cada vez son menos los productores genuinos».
Por lo demás el establishment rural argentino, siempre hábil en la defensa de sus intereses de clase, creó un peligroso apotegma cuyo contenido aceptó sin mayores objeciones casi todo el arco político: «la expansión de la frontera agropecuaria». Esa expansión, válida dentro de ciertas reglas y cuidados ecológicos, no tuvo en cuenta para nada el riesgo ambiental y condujo al desmonte de millones de hectáreas de bosques nativos, con costosas consecuencias que ya se sufren.
Queda muy claro que los números del Censo Nacional Agropecuario no son meras estadísticas para académicos sino serias advertencias estrechamente vinculadas con las políticas que se imponen en el país.