Consecuencias de aquel dislate

Las dificultades que por estas horas deben afrontar los técnicos de la municipalidad de Santa Rosa para “domar” a la Laguna Don Tomás habla de una situación de extrema gravedad. Son bien conocidas las causas de este estado de colapso y de ellas se ha escrito abundantemente en esta columna. En apretada síntesis: falta de planificación, de adecuado mantenimiento de las redes de agua y cloacal, de anticiparse a los problemas, de escuchar a los que saben del tema, de resolución a la hora de realizar obras preventivas, de compromiso con la función pública, etc.
De lo que se debe hablar ahora es de revisar todo el sistema de abastecimiento y de eliminación de líquidos de la capital pampeana, porque es enorme la cantidad de recursos económicos que, junto con el agua, se pierden en la laguna. El momento es oportuno porque el estado caótico de la ciudad ha obligado -además de atender diariamente las emergencias- a un plan de obras generales que debe iniciarse cuanto antes.
Todavía hoy cuesta creer el descomunal derroche de recursos económicos y humanos que se vienen invirtiendo en transportar el agua por centenares de kilómetros a través de un oneroso acueducto -que para peor tiene serios problemas constructivos y se rompe con harta frecuencia- para que luego de llegar a nuestra ciudad buena parte del líquido termine arrojándose a la Laguna Don Tomás. Pero no solo eso: de allí debe derivarse hacia otra depresión, el Bajo Giuliani, que en estos días de intensas lluvias muestra un estado de colmatación que obliga a pensar en otro trasvase hacia un sector más bajo todavía. Todo el sistema aparece como el colmo de la improvisación y la chapucería, y la ecuación general -económica y ambiental- es deficitaria por donde se la mire.
Oportunamente, cuando se presentó hace casi dos décadas el proyecto del acueducto del río Colorado hubo aplausos generales y profecías que parecían extraídas de una película de ciencia ficción. Muy pocas voces, en aquellos años de obsecuencia generalizada, se opusieron apelando a uno de los argumentos más elementales: el riesgo que implica importar agua a una cuenca cerrada como lo es la que aloja a la capital pampeana. Hoy aquellas advertencias -que solo formularon la Fundación Chadileuvú, el Consejo Profesional de Ciencias Naturales y este diario- terminaron convirtiéndose en un calamitoso presente. Todos los años, cuando llega la temporada de lluvias, llega también la zozobra porque todo el sistema está saturado y se reduce sustancialmente la capacidad de absorber el exceso de agua. De ahí la necesidad de sacar el líquido hacia otro bajo y de ir pensando ya en otro más, en lo que conformaría un rosario de lagunas artificiales producto de un dislate descomunal.
Lo que esperan los santarroseños es que se haya aprendido de los errores, que no se repitan las “soluciones” extravagantes y onerosas realizadas con dineros de todos, y que de una buena vez la obra pública esté al servicio de la sociedad de los ciudadanos y no de la “sociedad” entre funcionarios y empresarios.

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