Corte Internacional que no cumple sus objetivos

Señor Director:
La Corte Penal Internacional generó expectativas que aparecen como no cumplidas al cabo de dieciocho años de su creación y doce años desde su apertura en La Haya.
Dichas expectativas no fueron compartidas por una minoría de naciones. El que dispuso esta creación en l998 reunió la voluntad de l20 estados miembros, mientras que cuarenta se pronunciaron en contra. La diferencia es sideral, pero entre los que no la aceptaron se contaron potencias que integran el quinteto del Consejo de Seguridad, donde cinco miembros tienen poder de veto. En esta gestión no se apela al veto, pero la resistencia a la CPI se ha estado manifestando de manera eficaz. También hay que tener en cuenta que la CPI no forma parte de la ONU, aunque se relaciona con ella a través del Estatuto de Roma. Esto la diferencia de la Corte Internacional de Justicia
Dos libros recientes dan cuenta de los motivos de la frustración de las expectativas más favorables. Lo que se quería era una Corte internacional para “atender los crímenes más graves que afectan al conjunto de la comunidad internacional” que no deben quedar impunes. La resolución originaria especifica cuatro objetivos principales: condenar el genocidio, los crímenes de lesa humanidad, los crímenes de guerra y el crimen de agresión.
El periodista Eduardo Febbro escribe (desde París, para Pág./12) que, conforme las coincidencias que expresan ambos libros que acaban de publicarse, esta Corte fue “encadenada, asfixiada, cortada en sus acciones y, entre las sombras, vaciada de contenido por las grandes potencias”, en especial Estados Unidos, de todo lo cual ha resultado “una inoperancia interna que hiela la sangre”. Los autores de tales libros son Estefanía Maupus (“El joker de los poderosos: la gran nada de la CPI”) y Juan Branco, que trabajó en la CPI y es ahora docente universitario (Yale). Su libro se titula “El orden y el mundo, una crítica de la CPI”. Branco dice de ella: “Una mezcla de inoperancia y sumisión política completa”.
Como se aprecia, ambos autores coinciden en expresar una decepción absoluta ante lo actuado por el organismo judicial en lo penal. Maupus lo explica así: la CPI “ha sido un instrumento en manos de los grandes poderes, tanto de los gobiernos africanos como de las potencias mundiales”. No hay sino palabras de desaprobación para el desempeño del fiscal de esa corte, el argentino Luis Moreno Ocampo, quien desarrolló esas funciones durante diez años. Investigó en nueve países africanos y dejó como saldo 32 sospechosos, solamente tres veredictos, un absuelto y ocho todavía procesados. Un caso que resume lo actuado es el del congoleño Thomas Lubanga, con un desfile de testigos comprados y cero resultados. En el caso de los palestinos (Gaza) ni siquiera se logró la intervención de la CPI. La abogada Fatou Bensouda reemplazó a Moreno Ocampo en 2012 y se apresta a abrir el legajo por la actuación angloamericana en Irak 2003.
El Tribunal Penal, pues, se ha mostrado impotente o inoperante y, según Febbro, los poderes centrales (las grandes potencias) “son las que validan justicias e injusticias”.
Llama la atención que haya dos libros referidos a este Tribunal Penal y que ambos coincidan en el juicio que les merece su desempeño hasta 2010. Creo que es un balance decepcionante y doloroso, pues su creación permitió esperar que existiese ya una justicia penal independiente de las grandes potencias. Creo que esa esperanza tiene su propio valor, pero se manifestó prematuramente. En todo caso, el balance de lo actuado por el Tribunal Penal Internacional en sus diez primeros años, mide la distancia entre la posibilidad y la realidad de contar con un gobierno mundial que pueda entender en los intereses y las situaciones que afectan a la comunidad humana como tal. Por ahora digamos con Martín Fierro que “el tiempo solo es tardanza” de lo que viene llegando.
Atentamente:
Jotavé

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