Crece el motorismo y falta una escuela

El que sigue atento a las noticias sobre el acontecer mundial, habrá podido advertir que si algo crece hasta adquirir tamaños inquietantes, es la cantidad de vehículos automotores.
Es cierto que también habrá advertido otros crecimientos cuantitativos importantes. Ni hablemos del incremento en grados de insuficiencia de la distribución de los bienes, en particular del alimento, la atención de la salud, el vestido y la vivienda en el mundo. La pobreza crece exponencialmente y ha recibido un empujón con la suba del costo de los alimentos básicos.
Quedémonos, en esta nota, en el caso de los vehículos dotados de motor. ¿Cuánto creció el parque de Santa Rosa en dos años? ¿Cuánto crece año a año, mes a mes, día a día? Tal vez, hasta se podría medir el crecimiento minuto a minuto. Lo que en esta ciudad sucede, se repite hasta en los pequeños pueblos y en prácticamente todo lugar poblado del mundo. Algunas ciudades europeas ya han dispuesto que los autos no entren en sectores del centro. París ofrece, además del metro, el alquiler de bicicletas para avanzar desde los límites establecidos para el invasor (el auto).
-Ché, si esto sigue así, va a haber que aprender a caminar sobre el techo de los autos, porque terminarán llenando todo el espacio en calles y carreteras.
No diré que he escuchado esta frase ni dejo de advertir su grado de exageración, pero la escribo porque traduce la impresión y el estado de ánimo que surgen al observar el crecimiento de la cantidad de automotores de cuatro y de dos ruedas.

El nuevo auto del pueblo
Al terminar la segunda guerra los alemanes lanzaron al mercado su “auto del pueblo” (volkswagen). Habían advertido que la clase alta ya estaba servida y daba señales de saturación. Había que mirar hacia abajo, hacia la clase media y al sector del trabajo asalariado con empleo en blanco. Comenzaba, si bien se mira, el balanceo característico de la posguerra, que culmina en nuestros días: había que ampliar el mercado consumidor y, al mismo tiempo, se hacía indispensable mirar que las personas sin coche propio tuviesen medios suficientes para pagar con regularidad sus cuotas. Nacía una “justicia social” a la medida del mercado, que crea los pobres, pero que no se puede permitir aniquilarlos. El consumidor asumía su papel protagónico y comenzaba a llenar la escena.
El coche del pueblo cumplió su papel hasta hace muy pocos años. Los automóviles, en general, se pusieron al alcance de un mercado consumidor ampliado. Sin embargo, las fábricas producen cada vez más y necesitan seguir marcando récords. La mecánica del capitalismo es implacable: producir más para ganar más o, al menos, para mantener un nivel alto de ganancias. La mirada ávida recorrió el mapa y se detuvo en algunos puntos de Asia, en particular en China, la India, el sudeste y, en general, en toda esa humanidad populosa que ha entrado violentamente en la era consumista.
Al mismo tiempo, las petroleras siguen succionando el vientre de la tierra y obtienen precios cada vez más altos por el barril.

Entonces llegó el Tata Nano
Los primeros en descubrir ese universo de nuevos dueños de coche fueron los indios, sencillamente porque viven en medio de él. India ha despegado con violencia y ya tiene rendimientos industriales de primer mundo. Pero una enorme parte de su población (más de mil cien millones de almas) no puede llegar al coche promedio que producen las flamantes fábricas. Entonces alguien recordó al volkswagen y dijo: -Vamos a hacer el nuevo coche del pueblo. El complejo Tata creó su Nano, que sale al mercado a 2.500 dólares (unos ocho mil pesos).
Pero, claro, ahí están los imitadores. Otro grupo económico indio, Bajal, se dijo que no debía dejar el campo libre a sus rivales. Renault y Nisan pensaron lo mismo y se aliaron con el indio. Anuncian el utilitario más barato del mundo. O sea, que lo ofrecerán por debajo de los 2.500 dólares del Nano. Ya es posible preguntarse si llegará un momento en que a uno lo forzarán a aceptar un coche, por monedas o por nada, a fin de que las fábricas no paren ni todo el comercio se derrumbe.
¿Qué harán los otros gigantes, los de Estados Unidos, Europa y sus seudópodos que tienen aferrado a casi todo el mundo?
Cuando los nuevos escarabajos o cucarachas o como se les llame comiencen a ser vomitados por las fábricas habrá comenzado el momento de aprender lo que se ve en las películas norteamericanas: que el ladrón que huye y el policía que lo sigue en las calles de la urbe, van saltando y corriendo sobre los coches.
JOTAVE