Criatura misteriosa la de un creador de historietas

Joaquín Lavado, un dibujante argentino que reside desde hace años en España, ha recibido el premio Príncipe de Asturias, que es uno de los más apetecidos en el orbe de la lengua hispana. Es el de Comunicaciones y Humanidades por sus creaciones y principalmente por una criatura que alumbró su talento hace cincuenta años.
Un colega argentino quiso expresar el gusto que le ha dado saber de esta distinción, dedicando su tira diaria (en Página/12) al acontecimiento. Dice que “lo intuíamos”, dibuja una caricatura del Quino actual llevado por el aire por una bandada de aves y explica que lo intuido es que “el verdadero Principito era Quino”.
El ropaje del hombre dibujado es el del personaje de Antoine de Saint-Exupery. Vincular al Principito con la Mafalda de Quino no sé si le había ocurrido antes a alguien, pero al pensar lo de Rep (Miguel Repiso) se tiende a admitir que existe esa identidad profunda, si bien el Principito declara intacta su capacidad de creer y esperar, en tanto que Mafalda prefiere expresarse como escéptica, pero deja entender que habla del advenimiento de otra forma de vivir y esperar diferente de la que impera.
Mafalda no cayó en gracia en los círculos dominantes de los años 70 argentinos y Quino tuvo que convertirse en criatura del exilio. ¿Qué expresaba Mafalda tan sospechoso hacia a su autor? Creía que lo que veían los ojos en aquel tiempo no agotaba la realidad posible, que detrás de esa renuncia al ensueño o la utopía, existía otro modo de entender y otra manera de relacionarse entre los humanos. Sólo que, nacida en un momento en el que el ensueño estaba muy golpeado y visto como subversivo, convirtió en sospechable al hombre que sólo tenía un arma: su lápiz. De Sarmiento se canta que quiso alumbrar su ideal “con la espada, con la pluma y la palabra”. Sabemos que la espada fue una suerte de desvarío y que lo suyo fueron la palabra y la pluma. El dibujante sólo tiene sus lápices o pinceles y debe decirlo todo a partir de las imágenes. Las palabras que pone en su historieta, si las pone, son pocas y esconden su verdadero significado para que lo caliente el corazón y lo descifre la inteligencia. Y eso lo hace sospechable.

Quino
Nuestro ahora Príncipe de Asturias ha dicho, todavía con la emoción de haber sido reconocido en ese nivel de creador, que dejó de dibujar Mafalda y no ha sentido la necesidad de retomarla en casi cincuenta años porque no ve que ella pueda decir ahora muy otra cosa que entonces. Aunque ya no hay exilio en la Argentina, el mundo no ha cambiado gran cosa. O ha cambiado nada. De la misma manera, la criatura de Saint-Exupery no se repitió. Fue una fugaz presencia en el desierto en el que había caído el avión del novelista (Antoine). Y dijo todo lo que tenía que decir luego de su experiencia en el asteroide y en los mundos que había podido recorrer hasta ese momento.
Otros autores, cuando logran un personaje exitoso resisten poco a la tentación de seguir con él. Cuando conservan autenticidad repiten su éxito, pero ellos (esos autores) impresionan como que no entienden a su criatura, quizá porque la han creado respondiendo a voces interiores que no pasan por el control de oportunidad que hace de guardián inteligente para que uno no se exponga en un mundo que rara vez puede soportar la verdad. El Principito fue también irrepetible y Saint-Exupery siguió con sus aviones (incluso llegó para pilotear en la primera línea de pasajeros que tuvo la Argentina y dejó un relato valioso en Vuelo Nocturno). Quizás esperaba sin decírselo un nuevo encuentro con su criatura. Que salió de él pero que no era del todo suya. Nuestro Quino se había negado a dar razones de su decisión de no volver a presentar a Mafalda y recién ahora, en sus altos años y tocado por un premio que no esperaba, dice que (cree) que no volvió a dibujarla porque ella tendría que estar diciendo lo mismo que dijo en su inicial presentación. La explicación sale de su reflexión ante la catarata de homenajes que ha recibido con motivo del cincuentenario ya no de él sino de su criatura, de Mafalda.

Razón
Cuando alguien dijo que “el corazón tiene razones que la razón no entiende” (y quien lo dijo fue Blaise Pascal en el siglo XVI) no sabía que esta frase se desligaría de su obra y hasta de su nombre. ¿Significaría que quien habló por su boca fue algo que habita en las profundidades de lo humano y que lo dice una sola vez y espera por ver cómo se procesa su mensaje y en qué medida produce cambios de conducta? “Chi lo sa”. Alguien lo dijo así en lengua italiana y también esta expresión no tardó en desprenderse de su autor y de su época y quedó como flotando en el aire, desde donde sigue aguijoneando al hombre: no sabemos, pero siempre lo hemos sospechado.
Jotavé