Críticas, silencios y poca coherencia

El diccionario de la RAE define el término coherencia como la “conexión, relación o unión de unas cosas con otras”. En el campo del discurso político o de los medios de comunicación este concepto adquiere gran relevancia porque define el grado de consistencia o autoridad de quien emite opinión o información. En pocas palabras, cuando alguien dice una cosa y hace otra es catalogado de incoherente. Precisamente, de la incoherencia de algunos medios y protagonistas políticos debe hablarse ante algunas expresiones leídas y escuchadas recientemente.
Hace un par de meses, cuando se debatió públicamente el memorándum de entendimiento con Irán, como una forma de destrabar la investigación del atentado a la AMIA que dejó 85 muertos en 1994, hubo fuertes críticas de parte de la comunidad judía, de la oposición política y de los medios de prensa enfrentados con el gobierno. Todos ellos cuestionaron que el juez y el fiscal de la causa viajen a Teherán a tomar declaración indagatoria a funcionarios y ex funcionarios de ese país, sospechosos de estar vinculados al caso. En esas horas se gastaron páginas en los diarios y horas en radio y televisión para cuestionar que aún así los imputados podrían negarse a declarar, como si esa alternativa no constituyese un derecho que tiene cualquier ciudadano que es citado a indagatoria en la Argentina.
En estos días acaba de conocerse que otro juez federal viajará a Alemania para indagar a ex directivos de la empresa Siemens, en el marco del expediente que investiga el pago de coimas a funcionarios del gobierno de Carlos Menem para autorizar la confección de documentos de identidad. Ello se debió a que Alemania, como lo había hecho Irán, rechazó la extradición de los ejecutivos a la Argentina, pero autorizó que el magistrado les tome declaración en Munich. Ellos están acusados -y así lo ha reconocido la propia empresa alemana-, de haber pagado sobornos para quedarse en 1998 con la concesión de ese servicio.
Y acá es que debe hablarse de incoherencia, porque aquellas mismas voces críticas que objetaron el entendimiento con Irán ni siquiera abrieron la boca frente al caso alemán, pese a que se trata de una situación idéntica. La única diferencia es que Alemania es un país europeo, occidental y cristiano, en cambio Irán es una nación asiática e islámica, con un gobierno nada dócil ante Washington y sus aliados.
Más allá en el tiempo existe otro antecedente similar de gran impacto mundial. El 21 de diciembre de 1988, el vuelo 103 de la aerolínea norteamericana Pan Am explotó sobre la ciudad escocesa de Lockerbie cuando volaba de Londres a Nueva York. Murieron las 259 personas que iban en la aeronave y 11 residentes de la citada localidad. A fines de 1991, las autoridades británicas acusaron del hecho a dos ciudadanos libios presuntamente vinculados a los servicios de inteligencia de su país, pero Libia se negó a entregarlos a pesar de las sanciones impuestas por el Consejo de Seguridad de las Naciones. Al final, el 3 de mayo de 2000, uno de ellos fue condenado y el otro no. El juicio se hizo en un tercer país, Holanda, y no se escuchó ningún cuestionamiento en ese momento ni después.