Cuando el amigo “más fiel” se vuelve molesto

Señor Director:
Una interesante nota de nuestro diario, del pasado martes, plantea la pregunta de si se podrá convivir en Santa Rosa con la multitud de perros que se puede ver instalados en la vía pública.
La cifra que se menciona impresiona, a pesar de que por lo general estos seres no se muestran agresivos y más bien dan muestras de estar en una cierta forma de disponibilidad: “¿No querría para usted este hermoso ejemplar de su “amigo más fiel?”
Si bien la frase “amigo más fiel” parece equívoca, como sacada de la letra de una canción que no se refería a los perros, sino a los hombres, propone una manera de reflexionar acerca de esta contingencia urbana, que ignoro si será más riesgosa que el colapso de las cloacas y el ascenso de la freática, por no aludir a otras contingencias que nos vienen asustando: el tarifazo o los casos de corrupción y su uso político.
La relación del perro con nuestra especie comenzó hace una ponchada de milenios. Por alguna razón los canes prefirieron la compañía humana a las contingencias de la vida selvática, donde sus parientes, los lobos, empezaban a desarrollar su fama de enemigos implacables que les ganó primero un lugar en mitos y tradiciones y luego los encaminó a la extinción. Sucede que nuestra especie se ha asumido no solo como diferente sino como superior con respecto a todas las formas de vida que ha gestado prodigiosamente nuestro planeta. El ser “amo y señor” de los seres no reconocidos como sujetos de derechos, nos llevó a acoger al perro como el guardián ideal de “nuestros” rebaños y demás propiedades, reservándonos siempre la opción de disponer de sus crías y de eludir las familiaridades excesivas. Satisfechas estas condiciones, el perro ha seguido siendo admitido en nuestra compañía cuando ya no moramos en espacios abiertos, en los cuales casi siempre las vaquitas y otros animales bien cotizados, “son ajenas”. Ahora la grey racional está en la etapa de apiñarse en conglomerados urbanos, donde el espacio de la morada va eliminando los “profundos patios” (como se decía de las casas coloniales) y se condiciona a la necesidad estricta con tendencia a estrecharse más y más.
Ya no tiene fundamento aquella expresión “¡Camine a la cucha!” que nos hacía sentir amos y señores, a falta de medios para tener y disponer de otros domésticos a nuestro servicio, incluyendo a los racionales. Hubo un tiempo, vale recordarlo, que podíamos comprar a un varón o una mujer en el habitual remate de esclavos, así como hubo un tiempo en el que el varón debía ocupar la vanguardia de la tribu o del pueblo en marcha y la mujer quedaba a cargo de la laboriosa retaguardia, incluyendo la gestación y la crianza de los críos y, casi siempre, las necesidades de los canosos que prolongaban su existencia más allá de su capacidad de trabajar y producir.
La presencia de tanto can en calles y veredas significa que ya no encuentran persona humana que los acepte, bien por la estrechura de la vivienda, bien porque ahora en muchas ocasiones el hogar queda vacío durante gran parte del día, porque los mayores de ambos sexos trabajan y los niños están en lugares de atención colectiva.
Conmueve, sin embargo, observar que la larga convivencia de hombres y perros ha generado costumbres que se resisten al imperio del progreso. Así, creo, son todavía mayoría las personas que sienten la necesidad de tener un perro y hasta aceptan que se los fabriquen a la medida del espacio de que disponen. Admira ver cómo se dan tiempo para atenderlos en sus necesidades naturales, sacándolos a paseo a horarios determinados. Claro está que ya ha aparecido la profesión de cuida perros que releva de esta obligación por un módico salario. O no tan módico, pues también esta tarifa debe estar creciendo.
Algo subleva ante el conocimiento de un estado de cosas que ha comenzado por hacer de la calle el lugar de los perros, quizás como antesala de alejamientos mayores.
Atentamente:
Jotavé

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