Cuando el libro sale a la búsqueda de su lector

Señor Director:
En la pasada semana se supo que los organizadores de la fiesta anual del turismo de Mendoza han decidido eliminar del programa la elección de una reina. Otra noticia llamativa, en Santa Rosa, fue una “feria” el libro en una acera de la calle General Pico.
Los “reinados” femeninos en países que desde su independencia han carecido de monarcas (reyes, reinas, princesas) han sido muy frecuentes hasta que el movimiento feminista cobró fuerza y se comenzó a hablar de que estas propuestas exponen y concurren al proceso de “cosificación” de la mujer característico de la cultura machista. El concepto de la voz cosa tiene un uso más bien ilimitado, tanto que la RAE comienza por decir que se refiere a todo lo que tiene entidad ya sea corporal o espiritual, natural o artificial, real o abstracta, de modo que el sustantivo puede ser predicado de todo lo conocido y a lo que atribuimos alguna forma de existencia. En segunda acepción, cosa es el objeto inanimado, por oposición a ser viviente. Luego se ve que hay un uso muy amplio de esta voz. Hasta reemplaza a nada cuando decimos no valer cosa. Pero también hay “cosa de entidad, de sustancia, de consideración, de valor”. Hay, se ve, un uso muy liberado de esta voz. Vale la pena echar una mirada al diccionario. En derecho, cosa se usa como contrapuesta a persona o sujeto: sería el objeto de las relaciones jurídicas. Hay un tango que avisa que “cualquier cosa resultaste”, en sentido despectivo, pero también hay cosa de oír y cosa de ver, o sea lo que es digno de ser oído o visto. Es una de las entradas largas del diccionario. Y, claro, también hay una entrada para cosificar: convertir algo en cosa, con la idea de una desjerarquización, de una reducción.
Creo que este uso se acentuó en el siglo pasado, pero siempre hay antecedentes. He dudado del uso para descalificar ciertas épocas, como las de los “reinados” simbólicos, siempre reservados a la mujer, no al varón, cuando en la realidad ha sido más notorio el rey que la reina, con sus excepciones. Y cuando la cosificación es algo que se intenta en las formas más frecuentes de la propaganda comercial, no por la figura femenina que puede aparecer. También aparece el varón, casi con la misma frecuencia, así como el niño, la madre, la abuela: todo exaltado no por sus valores intrínsecos sino como consumidor. Si hay cosificación el fenómeno afecta a todo lo humano, a la sociedad entera. Incluso en la política, en particular en la actual era de la posverdad y de la estimulación de las emociones para condicionar la conducta. No es, pues, cultura machista, sino la cultura del mercado, de la ganancia como valor determinante y patrón de medida.
En cuanto a las ferias de ofrecimiento de libros en el frente de una casa, para ser vistos y comentados desde la acera, digamos que es una de esas ideas tan características de nuestro tiempo, que estimula los emprendimientos. Hay ferias periódicas del libro, algunas de gran magnitud y no se advierte que decaigan. Es como si el autor saliese a buscar su lector. Hay una nota de rebeldía en este ensayo, como que las ferias y las librerías estuviesen muy condicionadas por las editoriales y la intermediación. Hay algo de verdad en esto, pues el libro, un vez salido del dominio de su autor (y a veces antes, como condicionantes de la creación) se convierte en objeto de comercio, cosa mercable. Incluso hay alianzas entre autores consagrados e intermediarios. ¿Acaso no producen libros que los desmerecen cuando se ha agotado su capacidad creadora? Los hacen por oficio.
¿Será que en la sociedad en que vivimos todo está amenazado o en proceso de cosificación? En el pasado los autores (letras, artes, artesanías, así como de otros objetos útiles y necesarios) debieron salir a hacerse su lugar. A encontrar a su lector o a su contraparte necesaria. Y lo llamativo es que el lector también sale a buscar a su autor. Y se encuentran.
Atentamente:
Jotavé