Cuando lo que mata es el agua en nuestro pago

Señor Director:
No es que mate (todavía) ese gran manto de agua que cubre una parte considerable de lo que era “la pampa semiárida”, pero ya hay relatos de los que se salvaron “raspando”.
Lo que se oye es el coro de quejas de los que sufren el impacto por el cambio de situación en las poblaciones “sitiadas” por las aguas que bajan incesantes desde el norte (Córdoba) y se frenan en el oeste (Meridiano V). Y por quienes tienen campos cubiertos en gran parte por el desplazamiento de la masa líquida y que, de pronto, “descubren” canales cordobeses que aparecen sin preaviso y que son sospechados de clandestinidad, pero luego resulta que son obras “planificadas” para que el agua discurra según el nivel natural, por lo menos hasta el Meridiano V, que ni siquiera es un meridiano sino la línea donde se frenó la expansión bonaerense cuando estas tierras salieron de su larga esclavitud política y hubo que trazar límites a la nueva provincia. Desde entonces y con mayor frecuencia, se erige en un muro de represa para interrumpir el discurso de las aguas hacia el lejano mar.
La pesada carga que recae sobre La Pampa resulta de ser una tierra “abajeña” no terminal (sin costas al mar o a reservorios permanentes). En el caso de la cuenca del Chadileuvú y la del Atuel, las aguas bajan cuando sobran en el norte y van dejando de bajar porque los arribeños amplían sus zonas de cultivo y multiplican sus represas ejercitando la ley del más fuerte y el de más peso político. Y cuando esas aguas vuelven a llegar como consecuencia de lluvias y nevadas excepcionales en el norte, divagan lentamente hacia nuestro sudoeste, pero entonces ni Buenos Aires ni Río Negro aceptan que entren en el Colorado (su camino hacia el mar) porque están cargadas de sal y arruinarían su zona de canales para riego en el semiárido sur. Para impedir ese extremo se ideó el “tapón de Alonso”, cada vez menos necesario porque ahí están unas inmensas lagunas salinizadas en territorio pampeano. Hace mucho que dejó de llegar agua suficiente por el cauce del Salado para llenarlas. Las aguas que bajan de las viejas provincias tienen la entrada libre en La Pampa, pero aquí deben quedarse, como si siguiésemos siendo una gobernación nacional.
O sea, que tanto con el Atuel-Salado como con los escurrimientos desde San Luis y Córdoba, frenados en Meridiano V, La Pampa hace de estación de llegada pero no de salida. Hace de reservorio para casos extremos.
Ahora sabemos que el problema no es ocasional (en ocasión de lluvias por encima de la media anual), sino que también algo ponemos de nuestra parte, como lo revela lo que tardó en formarse y manifestarse nuestra conciencia de los ríos. INTA muestra que el ascenso de la freática y la formación de una masa de agua que avanza como una mancha ominosa desde el norte al sur, es en cierta medida la consecuencia de una mala relación con el suelo, porque cedimos a la tentación de desarrollar cultivos inapropiados y hemos venido reduciendo la capacidad de absorción de gran parte de la poca tierra laborable con que contamos.
Las lluvias por encima de la media pueden ser cíclicas o pueden ser manifestaciones de un fenómeno mayor, el cambio climático, y también soportan la incidencia de lo que llaman el factor antrópico, lo que el hombre hace mal (y no siempre de manera indeliberada) por no respetar los ritmos naturales. Y sabemos, asimismo, que es factor antrópico la demora en hacer lo que hay que hacer en materia de obras necesarias para embalsar las aguas sobrantes o para evitar los fuegos de la estación cálida, que avanzan inexorablemente en la destrucción del bosque nativo. Si bien somos víctimas de trato injusto por nación y viejas provincias también recibimos castigo por nuestras demoras en hacer lo que se sabe qué es necesario hacer (o deshacer) para no seguir ayudando al cambio climático y para medrar o siquiera sobrellevar las nuevas condiciones que van surgiendo.
Atentamente:
Jotavé