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Cuando los ídolos vienen cayendo

Vivimos una época iconoclasta. La lista de artistas defenestrados por escándalos sexuales crece día a día. Hoy, sin ir más lejos, se estrena un documental que promete destruir lo poco que quedaba del aura de Michael Jackson, al que se revelará como un pederasta reincidente, con base en el testimonio de dos de sus víctimas. Es demasiado temprano para hacer predicciones pero la ola es tan poderosa que amenaza obliterarlo todo, a los artistas y a su obra también.

Barenboim.
Parece haberle tocado el turno al genial pianista y director argentino -además tiene las nacionalidades española, israelí y palestina- Daniel Barenboim. Lo particular en su caso es que las acusaciones no vienen por su conducta sexual, sino por su tarea como director de orquesta, que algunos músicos han comenzado a cuestionar como autoritaria y humillante.
Barenboim es conocido no sólo por su genio musical, sino también por su personalidad y valentía política. Al fundar la Weast-Eastern Divan Orchestra, integrada por músicos de todo el Medio Oriente -Israel inclusive- fijó postura sobre la viabilidad de la convivencia entre los pueblos y las culturas. También en su patria de adopción tuvo actitudes polémicas y críticas, como cuando condujo un concierto con obras de Richard Wagner, excelso compositor alemán conocido por su antisemitismo.
Hoy, que se encuentra en proceso de renegociar su contrato con la Orquesta Sinfónica de la Opera Estatal de Berlin, han comenzado a surgir cuestionamientos de músicos bajo su dirección, que lo acusan de «bulling». Pero es que la tarea de dirección orquestal necesariamente implica un ejercicio intenso de la autoridad: acaso sea una de las faenas más complejas que pueda acometer un ser humano, por la delicadeza del material, y por tener que lidiar con personas altamente sensibles como son los músicos, más aún los del mundo clásico.

Timbales.
Uno de los quejosos es un timbalista (Willi Hilgers) que ya dejó la orquesta, ofendido porque el maestro solía corregir su trabajo, y hasta hacerle repetir sus partes en solitario delante del resto de la orquesta, lo que lo hizo sentir humillado al punto de la depresión. Barenboim respondió de manera exquisita: «ese timbalista tenía un sonido hermoso, y era capaz de proveer lindos colores -dijo- pero tenía debilidades rítmicas, lo cual era problemático». Revelar que un percusionista tiene problemas rítmicos equivale a una descalificación completa.
El maestro le adjudica a su nacimiento en Argentina cierto toque latino en su carácter. Y, por supuesto, reconoce que, como todo el mundo, tiene malos días. Pero -tal como él lo explica- «si un director quiere elevar su ensamble a nuevos niveles de calidad, siempre causará algún sufrimiento. Una orquesta no puede funcionar en cualquier tempo. Alguien tiene que guiar, tomar decisiones, y en definitiva, hacerse responsable del resultado».
Nadie hubiera discutido estos asuntos en épocas del gran Arturo Toscanini, famoso por su temperamento explosivo. Pero aquellos eran tiempos de guerra. Ocurre quizás, que las sensibilidades actuales, acostumbradas a la «corrección política» ya no toleran el ejercicio franco de la autoridad. Pero ¿cómo satisfacer estas demandas dentro de una orquesta sinfónica, que no es una estructura democrática?
Acaso nadie haya pintado mejor estas complejidades que Federico Fellini en «Ensayo de orquesta», donde -acaso en una metáfora de la sociedad italiana- retrata la compleja personalidad de los músicos de una orquesta y las penurias de su director, al que acaban reemplazando por un metrónomo gigante y llevando todo al caos.

Bullies.
No es casualidad que en tiempos de Donald Trump y de Steve Jobs -conocidos por su estilo de conducción personalista y autoritario- se cuestionen estos comportamientos.
Alguien hizo notar, no hace mucho, cómo en los programas de cocina por TV a veces se observan -de parte del chef a cargo- actitudes lindantes con la crueldad, que serían inaceptables en cualquier otra línea de trabajo. Y los norteamericanos, siempre amantes de la estadística, acaban de publicar un estudio en el que se demuestra que, contrariamente a la creencia común, los liderazgos «duros» no son los que obtienen los mejores resultados.
Según Rebecca Greenbaum, profesora de la Universidad de Rutgers, en su estudio «procuramos encontrar algún aspecto positivo en los liderazgos abusivos. Hicimos una gran cantidad de investigación, y no pudimos encontrar ninguno». Y es que -según explica- «la productividad en el corto plazo puede incrementarse, pero con el tiempo el desempeño del personal se deteriora, y la gente comienza a abandonar el equipo».

PETRONIO