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Cuando Mercedes leyó a Bustriazo

PUNTO DE VISTA

WALTER CAZENAVE
Los 54 años de la primera actuación de Mercedes Sosa en el Festival Folklórico de Cosquín han sido recordados con múltiples manifestaciones; abarcaron desde un homenaje multitudinario en la primera noche del festival (algunos de cuyos organizadores desdeñaron a la cantante medio siglo atrás) hasta un inesperado y completo recordatorio de su vida y obra en la agenda diaria del buscador Google, en Internet.
Semejante evocación para quien fuera una de las más representativas cantantes del mundo entero trajo a la memoria un mínimo sucedido que -creo- merece ser recordado.
Allá por el comienzo de los años sesenta del siglo pasado hacía yo mis primeras armas en el periodismo en el desaparecido diario Zona Norte, de General Pico. Por esos días Mercedes Sosa llegó a la ciudad para una actuación. No era todavía la cantora famosa pero ya había trascendido largamente por su voz, su personalidad y las canciones que interpretaba. Su actuación formaba parte de una de aquellas nutridas embajadas de artistas que recorrían el país durante los años de vigencia del folklore en la Argentina.
Me tocó en suerte hacerle una entrevista, que resultó extensa y enjundiosa, en la que habló sobre el canto y sus razones y su convencimiento de que el artista verdadero debía «cantar opinando». Por allí andará aquel impreso, si es que todavía existe alguna colección de Zona Norte.
Aquella noche en que actuó la cantora fue calurosa. Iba yo rumbo a la redacción del diario, caminando por la vereda del Hotel Pico, cuando vi a Mercedes sentada junto a uno de los grandes ventanales que daban a la calle 17, abierto a pleno por el calor, pese a que era más de media noche. Al pasar hizo un gesto cordial y me dijo:
-¿Qué hacés Cazenave? ¿Qué llevás ahí? ¿Pruebas de galera?
Yo quedé más que sorprendido que se acordara de mi apellido, apenas mencionado durante la entrevista que habíamos tenido. Lo que portaba era un manojo de poesías de Juan Carlos Bustriazo Ortiz, que me había hecho llegar la amistad de Alicia Vidondo. Respondí:
-No, señora. Son poemas de un escritor pampeano.
-A ver… -Dijo, y tendió la mano en una cordial invitación a sentarme a su mesa.
Tomó los papeles y los leyó durante algunos minutos. Después, mirándome a los ojos sentenció:
-Esto es muy bueno. Si me los das yo tengo amigos que podrían ponerle música.
Yo vacilé. Eran tiempos en que no existían las fotocopias y me dolía desprenderme de aquellos textos de un Bustriazo poco conocido y todavía inédito. Pudo más el respeto y trascendencia de quien tenía enfrente, y se los entregué.
Nunca más tuve oportunidad de hablar con Mercedes Sosa; si lo hubiera hecho le hubiera preguntado qué fue de aquellos poemas que en unos instantes habían conmovido su sentimiento.